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Ahí estaba. A un metro del vano de la puerta. Compuesta, vestida de domingo y exhibiendo sus encantos otoñales. Había peinado su pelo gris con un rodete bajo, lo que pese a sus prejuicios le hacía idéntica a la abuela de Tweety. Menuda e impecable, con esa falsa apariencia de fragilidad que escondía una fuerza que sus setenta y pico de años de pelea no habían sido capaces de menguar. Me miraba por encima de sus anteojos ovalados de montura metálica que por la vivacidad de sus ojos, impresionaban como elementos decorativos más que terapéuticos. En las manos sostenía en una fuente de vidrio tapada con un repasador a cuadros rojos y blancos. Mientras me caían las fichas, pensaba en lo afortunada que era esta buena señora (perdón, señorita) por el hecho de que el lobo feroz no residiera en la comarca porque la hubiera considerado candidata ideal para el almuerzo.

Como decía, allí estaba ella frente al vano de la puerta. Yo del otro lado y a su merced. Me maldije en silencio por haber caído en el viejo truco de los dos golpecitos en la puerta de un consultorio de hospital en plena siesta de verano, pero era demasiado tarde para flagelaciones inútiles, así que opté por una fórmula de consuelo. Pensé que no había nada para hacer y que esta dulce viejecita no tenía aspecto amenazante ni parecía contar con recursos como para poner en peligro mi integridad física. Descartada la potencial letalidad de la anciana. La saludé con una respetuosa inclinación de cabeza que sonó más a tic que a reverencia y con ese gesto la invité a pasar al consultorio, a lo que ella, hecha un cascabel, accedió.

–  ¿Cómo le va a mi doctor? … tanto tiempo … Calor ¿no? … raro para esta época del año ¿No le parece?

Esa apropiación de mi persona a través del título me encendió la luz amarilla. Es un camino clásico que siguen muchos de los pacientes que el día de mañana son un problema y nos amargan la vida. Cuidado, me dije, precaución y alerta ante el menor indicio de avance del enemigo. Yo no era suyo ni tenía interés de serlo, de modo que el objetivo primario de sacármela de encima habría de implicar una extirpación más radical y agresiva que afortunadamente no causaría dolor sino un profundo alivio.

– Le traje una chocotorta. La señorita que atiende en mesa de entradas me dijo que era su preferida …. espero que le guste

Era una conspiración porque ya había más de una persona implicada en este ataque alevoso que vaya a saber qué fines perseguía. Inés, la secretaría de mesa de entradas sabía
perfectamente que una de las cosas que yo odiaba con empeño era la Chocotorta. Ella lo había padecido en carne propia en una celebración de la Guardia cuando trajo una enorme y pretendió que me comiera una porción. Ante las reiteradas negativas de mi parte y haciendo gala de sus extraordinarios reflejos y perspicacia, me preguntó si acaso no me gustaba. Le respondí sin rodeos que la detestaba con toda el alma y la sola idea de comerla me ponía los nervios de punta y el estómago como una centrífuga a velocidad máxima. Algo se rompió en mi relación con Inés que hasta ahí había sido perfecta pero a partir de mi honestidad brutal y agresiva hacia su obra culinaria, nada volvió a ser como antes e incluso en los ojos de Inés creí ver un par de veces una expresión de resentimiento, por no decir de odio. Las evidencias hablaban. Era la autora intelectual de la
Chocotorta de doña Ester y  yo percibía la situación como un acto de terrorismo.

– Gracias, doña Ester, no se hubiera molestado ¿Qué le anda pasando?

No había terminado de depositar la pregunta de cortesía en sus oídos ávidos cuando la vi que comenzaba a enrojecer, de golpe se le llenaron los ojos de lágrimas mientras hacía esfuerzos enormes por contener el llanto. Su cuerpito pequeño se estremecía y parecía un arbusto a merced del viento, así se la veía, desamparada, demasiado menuda para la silla, como una niñita de muchos años que había dejado la inocencia allá lejos en el tiempo, abandonada al lado de la esperanza. Afortunadamente recuperó la compostura con tanta velocidad como había empezado a perderla. Carraspeó, respiró hondo, le dio una mirada al repasador a cuadros que seguía cubriendo la fuente de vidrio, con lo que me obligó a destaparla y mirar esa cosa marrón que ni en mis peores pesadillas pensaba comer.

– Se ve fantástica, Ester. La torta, digo … usted también se ve muy bien, por supuesto, si me permite

Me di cuenta enseguida que con ese comentario estúpido estaba caminando al filo del abismo porque no me quedaba otra opción que mandarme un pedazo de esa puercada repleta de dulce de leche, lo que iba a significar un triunfo, al menos parcial de la señorita que con ese movimiento hacía cabeza de playa y se preparaba para la invasión final. Silencio de ambas partes. Reconozco que había prejuzgado el efecto de la chocotorta sobre mi organismo porque no la sentí tan horrible. Incluso si debo ser sincero, me pareció rica, muy rica, diría deliciosa y mientras iba por mi segunda porción delante de los ojos exultantes de Ester que miraba satisfecha el éxito de su estrategia rica en hidratos de carbono, tomé conciencia de mi error táctico. Había dejado descubiertos todos los flancos por un pedazo de torta y ella podía elegir por donde le parecía mejor hacer pasar su ejército. Era tarde y por ello, perdido por perdido, decidí dar cuenta de la segunda porción, por cierto bastante más generosa que la primera, en un par de bocados. Segundo error y grave también porque no se puede atinar defensa alguna con la boca llena y en ese sentido, mi enemigo era temible porque si en una cosa era experta, era en aprovechar los silencios y yo le acababa de ofrecer uno en bandeja, listo para usar.

– Usted no sabe lo que este tener mi edad y estar sola, sin nadie a quien llamar. El teléfono de mi casa no suena casi nunca y no sé lo que son visitas. En los últimos años, nadie me ha venido a ver y me paso las tardes mirando la tele y esperando porque ni tejer sé y de tanto esperar y esperar, me empieza a doler el pecho, me agito y el corazón me late con fuerza. Se me pone la boca tan seca que no puedo ni hablar. A veces esto se me pasa solo, pero otras veces tengo que llamar a la ambulancia para que me atiendan y siempre me dicen lo mismo que son los nervios que me tengo que buscar algo para distraerme, me ponen una inyección de calmante que me deja hecha un trapo por un día entero y se van … usted no se imagina, doctor, lo que es ser vieja y encima pobre como yo porque no me alcanza la jubilación para pagarme alguien que me ayude en la casa.

Del otro lado del escritorio, yo trataba de derribar al vuelo cada una de las palabras de Ester para evitar que me llegaran a los oídos. Intentaba al menos dañarlas, quitarles
fuerza para que no pudieran conmoverme. Era agotador, me sentía como un tenista devolviendo pelotas con una raqueta en cada mano, a lo sumo manteniendo un empate con un enorme esfuerzo y sin la menor pizca de gloria, hasta que llegó un momento en que mi cuerpo y mi mente dijeron basta al mismo tiempo. Tiré las raquetas, me di por derrotado y con la mirada fija en la bolsa llena de estudios que a esa altura eran como un anexo de Ester, dije son lo que me quedaba de voz las palabras mágicas

–  ¿Me permite los estudios Ester? Los miro y le cuento lo que veo, si no le molesta, por supuesto

–  Cómo me va a molestar, mi doctor, pero no quiero que piense que vengo para eso solamente, pero ya que me lo pide así

Mientras ordenaba los estudios, me iba poniendo en situación. Me imaginaba explicándoles que los huesitos a cierta edad necesitan más calcio y que sería bueno que se
acostumbrara a un yogur por día y unas cuadras  de caminata, decirle con sutileza que esos dolores en la espalda tenían que ver con la postura y que la mayoría de las rodillas de vez en cuando crujen. Me veía diciéndole que la vaselina no hace daño si se toma con prudencia, pero que es mejor todavía una buena dieta con fibras que de paso ayuda con el colesterol y que un poco de acidez no significa que tenga gastritis por más que su médico de cabecera se lo haya  dicho alguna vez. Mientras mi imaginación volaba entre ecografías, análisis, electrocardiogramas y radiografías de tórax, separé un papel que me llamó la atención y hasta el día de hoy no sé por qué. Empecé a leerlo por  instinto probablemente. Era un informe de biopsia de un lunarcito que Ester me comentó que le sacaron porque al dermatólogo no le gustaba. ‘Melanoma extensivo superficial’ decía el
informe, ‘Nivel de Clark IV: Penetra en dermis reticular’. Mala cosa, pensé. Muy mala cosa.

Levanté la vista y me encontré con los ojos mansos de Ester, preguntando.

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