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La situación es más o menos paradigmática. Un residente (mientras más nuevo, mejor candidato) tiene una obligación que cumplir, en general de orden académico o a veces asistencial. En el primer caso, será la preparación de un ateneo, la presentación de un caso clínico o la evolución de una cantidad determinada de paciente en la sala. El contexto también es típico y se reitera caso a caso. Un ambiente de presión y de asimetría, en el cual un grupo, por antigüedad que es una forma pasiva de persistencia, por tradición o por las razones que fueran, se siente obligado a demostrarle a los que recién empiezan que el camino hacia a la gloria médica es complicado, lleno de escollos y lo que a simple vista impresiona como una sobrepoblación de peajes, algunos de ellos tan costosos que rayan lo inaccesible. Este grupo de los nuevos, de los verdes, de los recién salidos de la factoría de médicos, camina con paso cauteloso y una cierta dosis de miedo un entorno hostil que los recibe de cualquier modo, menos con los brazos abiertos. “Hay que pagar derecho de piso”, con su variante “todos pagamos derecho de piso”, ambas sentencias emergiendo del primer grupo, del grupo de los veteranos que llevan años en el asunto, de los que se asume (no siempre con razón) tienen el conocimiento y saben cómo funciona el sistema, cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, dónde se puede exprimir y en qué partes es mejor dejar que el jugo salga solo.
Palabras que viniendo de quienes vienen, suenen como mensajes de advertencia y a la vez se hacen sentir como golpes en la boca del estómago, porque uno supone que quien ha logrado experiencia o dicho de otro modo, quien ha alcanzado el estatus de experto, tomando las mejores decisiones con menos información que el promedio, debería tener el suficiente panorama como para entender que no le sirve a nadie, ni a él mismo, fomentar la asimetría mientras se exhibe poder de manera obscena y se hacen los mejores esfuerzos para que se note quién manda y quién obedece. La realidad muestra que el tema no se entiende y más aún, pasa el tiempo y las viejas taras del sistema se van haciendo más notables, se arraigan y terminan formando parte indivisible de él. Después nos asombramos de la falta de interés de los médicos jóvenes, de su avidez por ganar dinero rápidamente, de su comportamiento soberbio que no es más que una reacción, si se quiere inadecuada, al estímulo descorazonador, intimidatorio, humillante y autoritario que reciben del sistema desde el preciso momento en que ingresan. Evidentemente, a los que pretenden perpetuarse en sus cargos, atornillados a sus sillas, este modo de tratar a los jóvenes los beneficia porque habrá pocos o ninguno en su sano juicio, al que lo atraiga la salud pública para desarrollarse en ella.
Si entendemos que el castigo es una pena que se le impone a quien ha cometido un delito o una falta o ha tenido un mal comportamiento y el deber significa una obligación con otra parte que a su vez posee un derecho, cuando a una persona se le impone una guardia, una clase, una extensión horaria, una tarea adicional en la sala como “castigo”, nos encontramos con una situación en la que resulta evidente que existe una falla grosera en la conducción y un desconocimiento del cuerpo normativo que rige las relaciones laborales dentro de un sistema y en este caso, en un centro prestador de salud. Asimilar un deber (hacer guardia) a una herramienta punitoria es contraproducente porque pervierte el significado del deber, más o menos lo que suele suceder con los niños a los que se castiga, por no decir extorsiona, en relación con sus hábitos de alimentación. Es frecuente que de mayores aparezcan trastornos en tal sentido
Falla grosera en la conducción porque cuando se llega al castigo, implica que se han traspasado todas las barreras previas y por sobre todas las cosas y eso es lo que inquieta, se ha agotado, si es que se recurrió a ella, la instancia del diálogo, del acercamiento de posiciones y de la escucha positiva que ayude en el análisis de los factores que condicionan una situación de conflicto en la que se enfrenta quien ha cometido una falta y quien, por razones que convendría rever, se arroga la potestad de “castigarlo” de una forma sumaria, más parecida a una corte marcial que a un juicio justo, rememorando una vez más las similitudes que ya “Paco” Maglio había descripto entre las fuerzas armadas y el sistema médico. Analogía directa si las hay sin ir más lejos, en el ejército se estila la guardia “castigo” a los conscriptos rebeldes o indisciplinados y dicho sea de paso, “disciplina” (Acepción 4 en el Diccionario de la RAE) es el nombre del instrumento empleado para la autoflagelación que usan algunos creyentes que rayan el fanatismo.
Con una guardia “castigo” se busca sólo la sanción y no hay otro objetivo, ni latente ni explícito. Se responde a una falta de magnitud y trascendencia determinada con un “correctivo”, método más parecido al que se usaba en las escuelas siglos atrás o no tanto (reglazo en las manos por ejemplo) que a modalidades civilizadas de procesar las desviaciones a las normas que sí deben ser tenidas en cuenta. En este caso, en cambio, el “castigado” prueba una dosis de humillación y se da cuenta al instante que en este tercer milenio, humillar, destratar, degradar (volvemos al ejército), intimidar e incluso destratar, son recursos de uso frecuente en el proceso de “educación médica” y no en vano, aunque se lo niegue, a los residentes de primer año, se los sigue llamando “perros”, con lo que de un modo u otro se les confiere la dignidad humana sólo de manera transitoria y fuera de los horarios de trabajo.
Humillado, con bronca o impotencia frente al despliegue de poder, cuando no desesperanzado, el “reo” carga con esas sensaciones que lo único que producen es cansancio, distracciones, cambios evidentes en el ánimo y en el humor, elementos importantes cuando se considera que del otro lado de este transgresor, de este ser que ha irrespetado una norma, de este joven que aún no entiende quién es el que manda, del otro lado, están los pacientes a los que es innegable que proporcionarles atención por parte de un profesional puesto en situación de castigo, es situarlos directamente en zona de peligro y ¿qué pasará si un hecho indeseado vulnera la seguridad del paciente y le causa daño? Muy sencillo, siempre quedará a mano el recurso de imponer otra “guardia castigo” (o más de una, si procede) en la vana ilusión de que el autor de la calamidad aprenda de una vez por todas que con la autoridad, el poder y la estrechez mental de pensar que se es propietario de la razón, con esas cosas, no se juega.
Lo que son las cosas. Hoy se hablaba de valores institucionales y se reconocía a los que con el ejemplo los representaban. El apego y respeto a las reglas y normas obviamente más que un valor, es un deber, pero suponiendo que se lo asume como valor ¿Es lícito recurrir al castigo discrecional de una guardia o lo que fuera para fomentar su desarrollo? ¿Se piensa por un momento que esta actitud autoritaria y de muy bajo nivel de inteligencia pone en riesgo al paciente? No parece haber un acuerdo claro en el sentido de que la respuesta a estas dos preguntas rotundamente es “no”. No es ético castigar con una guardia una transgresión disciplinaria. Es ni más ni menos replicar esa penosa práctica de los dicentes antediluvianos que le bajaban a nota a los que se “portaban mal”. A muchos hoy se les da metilfenidato, digo, de paso y aclaro que prefiero que me bajen la nota, pero ese no es el tema. No sólo no es ético, también es caprichoso, arbitrario y discrecional porque da toda la impresión que la magnitud de la sanción tiene que ver con el humor relativo ambiente del sancionador, cuando no de la necesidad, lisa y llana, de cubrir una guardia o un puesto en la sala o lo que sea que se haya quedado rengo y no merezca la presencia de un jefe para asumirlo. Situaciones que, actuando como se actúa, se definen como “de segunda”, “menores”, “de rutina” o como se les antoje decirles y por ello, vaya coincidencia, basta y sobra con un residente.
Miente y se engaña quien pretenda impartirle otra tonalidad, ya sea docente o educativa, formativa del carácter y de la templanza, preparatoria para “salir al mundo real que es en realidad una jungla”. Miente y engaña porque este tipo de represalias no sólo ha demostrado ser inútil, sino que constituye una fuente de resentimientos que ayuda poco o nada a que esta actualidad de la salud, desprestigiada y tambaleante, se siga manteniendo en pie con algo de dignidad.

reos

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