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Estoy ciego. Por eso vengo hasta aquí para que me enseñe a ver. Nací ciego y no puedo entender eso que todo el mundo llama luz. Si cuando me dicen si veo todo negro, no sé qué quiere decir negro porque no conozco otra cosa. Nunca supe de contraste. De hecho, no soy capaz de imaginarme qué quiere decir esa palabra. A veces, no tengo muy claro si lo sueño o en realidad sucede, es como si otro tipo de sensaciones se asomaran por los costados de mis ojos y no sé qué palabras debería utilizar para nombrar eso diferente que dura un instante y se va. Me pregunto cómo se llama y se lo pregunto a todos los que me rodean y pueden ver. Nadie me responde porque es tan complicado para los que ven entender lo que se siente siendo ciego, como para mi comprender qué significa ver. Nos separa una brecha que en cada orilla está habitada por un idioma distinto, sin puente disponible a la hora de intentar ponerse en el lugar del otro.
Me preguntan si lo que me pasa es que se me aparecen luces claras y brillantes. Yo, que no tengo cómo diferenciar lo claro de lo oscuro, me quedo sin palabras y no digo nada, aún a riesgo de parecer un estúpido que no sabe qué contestar cuando le hablan. La verdad es que me siento cada vez más cansado de explicar que no tengo la menor idea de lo que es la luz y más cansado aún de que no me entiendan. No soy capaz de verlos, pero sé que la gente se aparta cuando voy caminando por la calle. Es muy raro que mi bastón que toque a alguien y me da la impresión de que la ciudad se pone de acuerdo para quedar vacía cuando yo decido salir y se me ocurre pensar que los seres humanos podemos llegar a los límites más impensados del absurdo, tanto que los que ven se sienten peor que los ciegos y por eso se escapan.
Así camino, palpando el silencio que dura un tiempo que no soy capaz de medir, hasta que de pronto, el rumor de voces crece como si se abrieran las compuertas de un dique y se dejara el agua en libertad. El murmullo se transforma en palabras que poco a poco se me hacen conocidas, pero a la vez tengo me parece de que se van transformando en un muro que no alcanzo a trepar. Una pared sin puertas. A menos yo no soy capaz de encontrarlas. Condenado a lo que ellos llaman oscuridad, me voy quedando afuera de todo hasta que las palabras vuelven a ser rumor, el rumor, se hace murmullo nuevamente y después se apaga con la misma lentitud que el tiempo que corre paralelo. Todo calla. Al final, afuera del mundo y helado de silencio, me siento en el primer sitio que encuentro y sé que soy más ciego que de costumbre.
Ella tenía el pelo blanco, casi plateado y lo llevaba completamente suelto hasta la mitad de la espalda. Los ojos celestes de una hondura como de abismo, pero a la vez llenos de una mirada que parecía una caricia de luz. Lo veía y trataba de encontrar las palabras para describir la belleza de ese rostro aún joven, belleza que podía sentirse porque cada sonido funcionaba como una piedra sobre la que el caminante posa su pie para cruzar sin peligro hasta el más encabritado torrente. Le preguntó por fin cómo se imaginaba el cielo y él no supo qué contestarle porque no había aprendido ni los colores ni las palabras que los nombraban, así que decir celeste con nubes blancas o grises para él no tenía significaba nada. Era un modo vacío de percibir las cosas y así le pasaba cuando ella le pedía que le describiera el sol, el pasto húmedo por el rocío de la mañana o la primavera estallando en flores y pájaros.
Intentó contarle cómo eran las cosas y el ciego mientras ella describía lo que estaba viendo, se sorprendió por primera vez con una caricia húmeda que se le deslizaba sin remedio por las mejillas hasta llegar a la comisura de los labios en forma de sal tibia que terminaba su viaje con la misma suavidad con la que lo había iniciado. Es una lágrima, dijo ella y él sin saber qué significaba, sintió que de algún modo le hacía bien y justo en ese momento otra y otra más salieron de sus ojos para abrirse camino piel abajo. Mientras más lágrimas brotaban, menos pesada sentía el alma. Ella le preguntó si se sentía triste y por eso lloraba y como tantas otras cosas, él no sabía ni qué significaba estar triste o llorar. Ella entonces, decidió que lo haría ver enseñándole con paciencia las cosas. Buscaba con calma cada una de las palabras que envolvían lo que nombraban, sacaba lo que contenía el envoltorio y se lo ponía en las manos y así el ciego aprendió que el pan olía un poco a humo de leña, otro poco a levadura y a las manos de panadero. Esas cosas las aprendía escuchando la historia del pan. Lo tocó, dejó que sus manos se detuvieran en la corteza dura que se resquebrajaba a la presión como la delgada capa de hielo de un lago congelado. Cedía y debajo la miga blanda y fragante, aún tibia, esperaba por los sentidos exaltados del ciego que la recorrieron como se recorre el cuerpo de una mujer que se ofrece con la promesa de placer en el borde de sus labios. Probó un trozo, corteza y miga. Lo dejó disolverse en la boca hasta que le quedó flotando un sabor ligeramente dulce que se fue atenuando mientras el gusto original seguía flotando detrás de la nariz el tiempo suficiente como para que el ciego aprendiera de memoria el pan y así con todas las cosas fueron recorriendo el largo camino y los dedos, la nariz, la lengua y los oídos fueron cada uno y a su tiempo nuevos ojos que eran capaces de percibir con una agudeza única y ella que le iba enseñando al ciego a ver, fue cerrando los ojos, de vez en cuando primero, durante los encuentros después y finalmente todo el tiempo estaba con los ojos cerrados. No se permitía la luz. Había vedado la llegada a sus ojos del más efímero de los destellos y hasta del diminuto resplandor, insignificante como el que produce una luciérnaga contra el telón de bruma de la noche. Sin concesiones. Oscuridad total para quien había elegido ser ciega mientras le enseñaba al ciego a no serlo. Aprendió a reconocer las formas con los dedos y vio que era sencillo imaginar las cosas con colores, lo que él no era capaz porque nunca había visto un color en toda su vida y por más que se esforzara en describirle un azul intenso o un amarillo brillante y por más que él hiciera un esfuerzo sobrehumano para entender lo que ella le decía, los colores comenzaron a abrir una brecha entre los dos y ahí fue que ella tomó la decisión de olvidarlos para siempre y nunca más abrir los ojos para no caer en la tentación del recuerdo que si ocurría, sería capaz de reabrir la herida que tanto daño les estaba haciendo.
De ahí en adelante las nubes tuvieron en la imaginación de ambos el mismo color irreal e inexistente, pero que no les impedía ser nubes porque su textura al tacto era de nubes, olían como nubes y su voz apagada y suave era la de una nube y reían al pensar la huidiza textura de ese escondite de lluvia que colgaba del cielo y caía sobre la tierra casi todas las tardes de verano.
Un día, él la tocó por primera vez y ella se estremeció, sintió algo en el alma que no podía describir, una sensación que se intuía como el punto final de una larga espera o el inicio de un camino diferente con el que debía llegar tarde o temprano para devolver la luz perdida de una forma extraña, pero sublime porque percibir la luz con cuatro de los cinco sentidos es una experiencia inigualable que vuelve ciegos a todos los que sólo ven la luz con los ojos. El alcanzó a distinguir dentro la penumbra permanente en la que vivía un perfil de contornos vagamente conocidos que ella le fue recordando mientras guiaba la mano de él por su cara y él reconstruía en su memoria cada uno de los accidentes.
Ella le acarició el pelo y recordó su cara que hacía tanto tiempo que no veía, sin ceder a la tentación de abrir los ojos porque le sobraba con el recuerdo. Algún día, pensó casi en voz alta, algún día le contaré su historia. Tengo la obligación de hacerlo. Después de todo soy su madre.

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