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Si uno está presionado por la actividad febril del día a día, que posterga el ejercicio de pensar para una mejor oportunidad que no suele llegar nunca, podría caer en la trampa, aventurarse y pronunciar la palabra demagogia, más como exculpación propia que como imputación al otro. Podría apresurarse a sacar conclusiones y afirmar que cuando se piensa lo que yo y muchos más pensamos, se está actuando de manera demagógica para congraciarse con una población que aparece como vulnerable y en cierto modo necesitada de “ángeles de la guarda”. Quienes creen que somos demagogos aprovechan la volteada para echarnos en cara que el grupo de iluminados que integramos recién se da cuenta ahora de lo que no fue capaz ver mientras bailaba frente a nuestras narices. Que ellos tampoco lo hayan visto no parece importarles demasiado a la hora de sacar la pelota del área y mandarla al campo contrario.
Tal vez, se me ocurre pensar y me hago cargo, que quien evoca la palabra “demagogia”, es probable que lo haga en un intento de desplazar un par de grados el eje de la discusión del problema de relación entre los profesionales de planta con misión formadora y los que acuden precisamente a ser formados, relación que atraviesa por una etapa crítica y que ofrece como un síntoma preocupante (no el único, por cierto), la implementación de lo que se ha denominado “guardias castigo” que de todos modos, aparece a lo sumo como un emergente de un modo de enseñar que se va deslizando lenta y seguramente al fracaso.
Podría decir que se están reflotando situaciones antiguas, casi ancestrales y toleradas por el sistema, que a la vez ya han pasado a formar parte de la estructura de la educación médica de grado y posgrado en nuestro país. Hablo de la educación médica porque es un tema en el que, como puedo y con lo que tengo, he venido trabajando desde hace décadas y con el que he conseguido resultados que abarcan todo el abanico. Desde el más rotundo fracaso, hasta el éxito más resonante de un docente: que lo llamen “maestro”.
Mi historia con la educación médica también tiene su lado oscuro y con esta afirmación, me refiero a que también he ejercido la humillación, he intimidado, he actuado de modo autoritario y me he comportado más de una vez como si una asamblea extraordinaria de dioses me hubiera confiado la custodia de la verdad absoluta y el poder de clausurar opiniones con un simple movimiento de mi varita, con el que las reducía de tamaño y peso hasta hacerlas tan insignificantes que poco les faltaba para desaparecer. He truncado preguntas, les he restado importancia hasta el punto de banalizarlas y en más de una ocasión, he retaceado respuestas. En este último caso, si bien creo que muchas veces lo hice con la intención de que ellos, los más jóvenes, se ganaran el derecho de acceder a ellas, esa justificación no le quita gravedad a mi conducta.
Sí. Yo fui así y subiendo más la apuesta, afirmo que en alguna ocasión, hasta lo disfruté, sobre todo con alguno que otro que al decir popular “no le entraban balas”. En esos jóvenes, en lugar de ponerme en la tarea de buscar las zonas más vulnerables del chaleco antibalas, me dedicaba a causas más innobles, tales como averiguar a como diera lugar qué cosas es la que ignoraba de manera absoluta y sin matices. De más está decir que podía pasarme toda una vida buscando con todo éxito, ya que a poco de raspar la superficie, seguiría encontrando huecos de conocimiento, tarea inagotable como pocas y estúpido, si los hay, es quien la emprende. No se preocupen. Ya me recriminé hasta el hartazgo, reconstruí lo mejor que pude el modo de llegar a quienes aprenden, a fuerza de estudiar y aprender yo mismo a enseñar y si es que siguen habiendo aristas desagradables, estoy consciente de que han de ser menos y que a la vez, tengo toda la predisposición de dejar la puerta abierta para discutir lo que haya que discutir y si al final resulta que se debe cambiar, pues se cambia y se sigue alerta para no desviar nuevamente el rumbo.
Miro de tanto en tanto, he de reconocerlo, mi etapa de “docente oscuro”, en la que se notaba mi poca tolerancia y mi escasa empatía. Miro esa etapa y evoco mi convicción de entonces. Creía que de esa forma le anticipaba a estos jóvenes lo que les esperaba desde el momento en que sus decisiones dependieran de ellos, cuando por fin trabajaran sin un guardaespaldas que les cubriera los flancos que dejaban libres en la práctica. Tuvo que pasar mucho tiempo y necesité vivir unas cuantas cosas para darme cuenta que por el camino ni por asomo era el que yo había tomado, que debía dar un golpe de timón y retomar la ruta adecuada y que además, sería mejor que no germinara lo que en ese tiempo andaba sembrando.
Tal vez, mirando a algunos de los profesionales que contribuí a formar, pueda llegar a la conclusión de que, aún equivocado, el sistema no fue tan deficiente y yo no fui tan malo como persona. Se trataba de haber entendido mal algunos mensajes. No es consuelo ni el ensayo de una táctica a través de la que intento convencerme de que detrás, bien al fondo de una conducta que hoy sé que era inadecuada, se escondía una dosis no despreciable de virtud. Que había algo positivo en ser así, en enseñar así y en promover como valores al exceso asfixiante de celo, la inflexibilidad, la exigencia desmedida, la búsqueda obsesiva del error y el establecimiento de una distancia tan grande como artificial, en lugar en este caso, de tender puentes, estrategia que con los años pude comprobar que es mucho más efectiva porque en lugar de favorecer grietas y exagerar las diferencias, crea lazos y a partir de ellos, todo se hace más fluido y más genuino. Hoy sé que es el modo y en eso ando, trabajando mucho más de lo que parece y según yo, bastante menos de lo que debería, para tratar de dejar una que otra huella en los que vienen detrás y siguen creyendo que esta profesión que nos elige es especial y gracias a ella se puede llegar a estados de plenitud incomparables.
Dicho esto, lanzada al aire la autocrítica y dejado claro el cambio que costó, debo contar algo que me parece que viene al caso. Nunca y cuando digo nunca, es nunca, se me cruzó siquiera la idea de sancionar a un profesional en formación con recarga en sus horas de trabajo en relación con el incumplimiento de un compromiso o la transgresión de una norma. Siempre tuve claro que para esas circunstancias, si lago sobra, son las posibilidades de sanción. Jamás estuve de acuerdo con ese modo de actuar mezclando los tantos, básicamente porque no se puede “castigar” con trabajo, salvo que se asimile esto con los trabajos forzados a los que se sometía a los presos mucho tiempo atrás, o tal vez aún hoy, no lo sé.
El asunto es que si desde los primeros tramos del sendero de la profesión se procede de esa manera, el resultado que se consiga más temprano que tarde va a ser previsiblemente negativo y tendrá que ver con un rechazo creciente no sólo al sistema por parte del profesional que se inicia y no sólo rechazo al sistema, sino a los que lo integran y en cierto modo lo representan. Rechazo a esos personajes que carecen de la mínima dosis de creatividad como para diseñar modos de encauzar conductas que perjudican no sólo al que las comete, sino al destinatario de su trabajo de todos los días que es el paciente. Otra cosa que no se entiende bien es el empecinamiento depurativo con los médicos más jóvenes, precisamente los residentes que si sortean con éxito esa etapa, ingresarán en el mar de calma chicha de la Salud Pública donde ya no existen sanciones importantes y en el que la excelencia y la mediocridad, al menos a primera vista, producen las mismos resultados, de tal suerte que hay más cultores de hacer la plancha que de nadar.
Una guardia castigo es un síntoma de un sistema perverso e insisto con lo que ya dije párrafos atrás. Es ni más ni menos que bajarle las notas al que se “porta mal” o viceversa, de amonestar al que no estudió la lección del día, no trajo al colegio las tareas de la casa, se dejó el papel el papel glacé en el escritorio de su cuarto o no puso la carpeta de plástica en la mochila. Es un síntoma, uno más del deterioro de la educación en todos los niveles que corre paralelo a la desaparición de las reglas del juego que no son más que el cuerpo de acuerdos que enmarca y protege toda relación en la que haya posibilidades de generar vínculos, sea en el ámbito laboral, social o privado. Este deterioro de la educación ayuda a edificar una realidad paradójica por donde se la mire. Por un lado nos llenamos la boca hablando de lo maravillosas que son las tecnologías de información y comunicación, los horizontes que se abren con los sistemas de aprendizaje en entornos simulados, lo útiles que pueden ser los sistemas de ayuda a la toma de decisiones y por el otro, sin transición alguna, regresamos en un viajes in escalas a plena edad media, a los métodos coercitivos, a la amenaza velada o no tanto y a la ostentación de una incapacidad prácticamente absoluta de guiar o conducir un grupo de personas que se supone necesitan aprender.

reos

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