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Contar historias no es otra cosa que desplegar sobre los otros y extender a pleno ese abrigo tibio de las palabras que de pronto permiten el viaje impensado y loco, la aventura en sitios remotos, el vértigo y el despertar de sensaciones desconocidas o no tanto que nos devuelven una parte de lo que fuimos o pudimos ser. Quién sabe si de paso las historias no son capaces de evocar el recuerdo de aquello que a primera vista parecía olvidado o perdido sin remedio, pero que seguía ahí, haciendo equilibrio en el filo de la espera, entre los pliegues caprichosos de la memoria que no es para nada pródiga a la hora de desprenderse de lo que considera propio. Será por eso se ocupa de esconderlo de las percepciones mientras le es posible mantener el control. Todo es precario, porque en el momento menos esperado, llega sin aviso un explorador con poco o nada que perder, resuelto a llegar al fondo de las cosas y sin más, hunde sus manos en ese abismo sin fondo y logra rescatar del olvido hasta el más insignificante de los recuerdos, a puro valor y sin medir el riesgo ni las consecuencias. Lo toma, lo protege y lo vuelve a situar en el mundo. Se lo nota casi intacto. Sólo mirando bajo la superficie, puede traslucir que un poco más de tiempo le carga la espalda, sin llegar a doblegarla y así, ese pequeño recuerdo que ha crecido en un sitio profundo de la memoria, se va haciendo grande y toma vida propia porque ha decidido quedarse a escuchar la historia que lo contiene.
Una historia. Las cosas que caben en una historia. Dentro de esa trama apretada, con todas las texturas imaginables, infinitas capas de colores, aromas, sonidos, caras, contornos que dibujan formas conocidas o vivas en la intuición que se nos escapa de la conciencia y juega con nosotros cada vez que puede. Más de un paisaje, un catálogo de alegrías y dolores, ambas hermanas diferentes expresándose con lágrimas esperando en la puerta el momento preciso de salir y ser lo que deben ser. Heridas abiertas y a medio cerrar, con la sangre aún vigente y escapando de tanto en tanto en un deslizar cauteloso y tibio, como una serpiente roja y brillante. Una historia tiene lugar para cicatrices que son una especie de atajo que conduce directo hacia el pasado, justo al momento en que la piel se hendió por primera vez y el dolor se hizo protagonista. Justo en el momento que sucedió una vez más aquello que prometimos que no volvería a suceder.
Con sólo recorrer una historia, se encuentran a simple vista aquellas angustias que paralizaban el alma de niño para el que la oscuridad, más que un reto, era un enemigo brutal y despiadado que llenaba de miedo un presente inestable. En ese tiempo que era ni más ni menos que el reino de lo inmediato, feudo infantil y despótico, donde cada deseo parecía estar condenado a no tener otra alternativa que cumplirse o en su defecto, debía morir en el intento. Cualquier solución intermedia no estaba contemplada y además, nada servía más allá de hoy, tanto que el día de mañana quedaba demasiado lejos como para que se lo tuviera en cuenta como posibilidad y mucho menos que se lo pensara como un hecho porque pertenecía a otro territorio que entonces nos estaba vedado. El día de mañana formaba parte de otra historia y eso, desde muy pequeños, lo teníamos claro, sobre todo a la hora de respetar las fronteras.
Una historia encierra tanto la incertidumbre como las pocas certezas que suponemos tener. Una historia provoca la convergencia de preguntas en un punto central, lo mismo que un rayo de sol cuando atraviesa le lente de una lupa. Preguntas que como ese rayo, queman instantáneamente todo lo que rozan. Preguntas que no dejan rincón sin invadir y a la vez pretenden tomar posesión de las dudas por asalto. No para resolverlas, sino para mantenerlas a la temperatura adecuada y no se enfríen hasta congelarse porque sin preguntas, el camino hacia adelante se vuelve demasiado llano como para justificar el esfuerzo de emprenderlo. Una historia son sueños, proyectos, anhelos que salen como flechas lanzados a toda velocidad hacia adelante sin un blanco fijo, como para abrir camino a todo lo que seguirá detrás, más lentamente, con un paso a veces titubeante como quien no tiene demasiada idea de dónde queda el horizonte.
Vivimos dentro de una historia y estamos hechos para contarlas, para entrecruzarlas con las de los otros y construir nuevas en combinaciones infinitas de una riqueza inagotable. La propia vida es en sí misma una historia que se va escribiendo paso a paso, en tiempo real y con final abierto, sin que parezca razonable que haya un destino, un camino prefijado, un fin planeado por fuerzas superiores que no deberían inmiscuirse en asuntos tan humanos. La vida en sí misma y dado que es una historia, tiene matices inexplicables y pliegues en los que lo que sucede no parece justo y muchas veces no lo es. La vida está llena de laberintos, con más callejones sin salida que puertas abiertas. Llena de contradicciones, sentimientos encontrados, ascensos y descensos, con mucho más tiempo a ras del piso que planeando en las alturas.
Es así que habrá quienes se lamenten de tener que caminar en lugar de volar, que odien el mundo que les ha tocado en suerte, que piensen en su existencia como un paso fugaz por la gran historia del mundo, que no sean capaces de mirar un poco más allá y ver que lo que espera detrás de lo que amenaza, de lo que abruma, de lo que agota, de lo que duele, de lo que amarga, de lo que hace que muchos días estén a punto de terminar con uno para siempre, como si esas veinticuatro horas fueran un largo tiro de gracia. Incapaces siquiera de intuir que debe haber algo que merezca la pena dentro de tanto sendero escarpado que nos lima la vida mientras lo recorremos. Detrás de todo eso está nuestra historia, esperando ser contada y queda claro que sólo serán capaces de hacerlo quienes crean que un paso más los acerca a la respuesta.

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