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Sociedad crispada, contracturada y tensa que se la pasa reaccionando fuera de proporción, a puro arco reflejo y ante el menor estímulo, sin vocación de relajar la musculatura, tomarse una pausa para respirar hondo (aire hay) y hacer el intento de abrir un par de agujeritos en esa cáscara impermeable con la que poco a poco cada uno se fue rodeando, es probable que con la intención de protegerse de las amenazas que venían de afuera, reales (las menos) o imaginarias (las más), sin ponerse a pensar un segundo que la impermeabilidad funciona en ambos sentidos. Es cierto que de afuera no va a entrar nada, pero no menos cierto es que lo que corroe desde adentro, tampoco va a poder salir, de tal suerte que el futuro encontrará a más de uno disolviéndose lentamente en su propio caldo porque no supo, no pudo o no quiso ver que de los dos lados de la coraza hay cosas que valen la pena.
Hubo quienes no se dieron cuenta que adentro y afuera sólo funcionan si están comunicados siempre, sin restricciones artificiales. Son capaces de cumplir su propósito si interaccionan todo el tiempo con reglas de juego y objetivos claros, en cuánto a dónde se pretende llegar, con qué se cuenta para hacerlo y qué tiempo se piensa que tomará llegar a buen puerto en la aventura. Se trata de medir las propias fuerzas y contrastarlas con los peligros y amenazas que se prevé encontrar a lo largo del trayecto. De lo contrario, si no hay un plan, en lugar de vocación por hacer, por construir y por ser mejores, va a ir apareciendo de a poco, con toda la sutileza de la que es capaz, la famosa fe en el futuro y la esperanza pura y pasiva que no son nada más que formas dañinas de resignación hacia adelante que son prácticamente inútiles a la hora de mirar lo que se viene porque esa actitud de plegaria persistente requiere mirar al cielo o a donde sea que se almacenan los dones que suponemos nos serán concedidos, sin pensar siquiera un segundo en la posibilidad de que no nos correspondan por no haber hecho nada para ganarlos.
En esa actitud de espera paralizante, los brazos se mantienen por definición bajos. Decaen las fuerzas y flaquea la voluntad de tomar las herramientas que hacen falta para construir de una vez por todas. Se cambia el impulso por salir al campo y cosechar por sentarse en el primer lugar disponible y esperar que el trigo caiga del cielo y ni siquiera se toman la previsiones del caso para que esa eventualidad tan poco probable nos sorprenda un con cuenco a mano para que lo que se provee no se mezcle con la tierra y se transforme e incomible. Podría considerarse excepcional (es poco) a una precipitación de cereales, pero más excepcional sería que además llegaran acompañados de recipientes que favorezcan su recolección. Sin considerar, para no cargar las tintas, que la ley de la gravedad constituiría un requisito imprescindible para que todo eso sucediera y entonces, la cantidad de traumas de cráneo por cuencos sobrepasaría la capacidad operativa de cualquier sistema de salud, por más aceitado que esté en su funcionamiento.
El delivery de la providencia no se debería esperar con casco puesto, simplemente porque no existe y suponiendo que existiera, es innegable que a lo largo de la historia se ha visto que no llueve igual en todos los lugares del planeta, de modo tal que ahí también la discrecionalidad es la tendencia. Unos cuantos inundados, la mayoría secos de solemnidad y un buen número en rangos intermedios de humedad, piloteando el asunto lo mejor que pueden. Los primeros han sabido desarrollar la capacidad para vivir en el exceso y en cierto modo para que el exceso se mantenga, los segundos ven cómo la única alternativa que les queda es transformarse en cactus para que la mínima humedad les dé un poco más de tiempo, vaya a saber uno para qué, si ahí todo indica que la cosa está juzgada y no hay apelación posible. El último grupo, donde como país, estamos nosotros, es más que interesante porque es en él donde se nota la falta de definiciones claras, donde poco o casi nada es sustentable. Porque parece que priman la fe (como necesidad de creer sin que hagan falta argumentos), la certeza de que “Dios es argentino”, de que en cualquier momento despegamos (a la estratósfera como sostenía Carlitos Saúl), de que somos “los mejores del mundo” (con Higuain frente al arco a la cabeza). Demasiada dependencia de una eventual alineación de planetas o de nuestro ingreso como tema a tratar a corto o mediano plazo en la agenda de las divinidades.
Estamos oscilando entre esta conducta de espera que no podemos seguir negando y la realidad que nos recuerda de modo permanente la obligación de arremangarse y ponerse a trabajar como corresponde porque de lo contrario no vamos a sacar el camión del barro y viviremos empantanados. Pasamos de la necesidad casi infantil de creer, clausurando cualquier posibilidad que no incluya nuestro deseo y dejando que la pregunta a responder sea “¿Quiero?”, a la autoestima inflada por anabólicos que nos hacen pensar que el único limitante que puede interponerse entre cada uno de nosotros y el destino de grandeza que nos pertenece, responde a la pregunta “¿Puedo?”. Bipolares a morir, con el agravante de que entre uno y otro extremo hay un inmenso campo que obligatoriamente hemos de transitar y que está sembrado de señales, reglas y obligaciones que debemos honrar más temprano que tarde, nos guste la idea o no, esté dentro de nuestras supuestas posibilidades (cómodamente depreciadas para la ocasión) o no. En ese campo, crece el gran imperativo, el sostén de la sensatez, el soporte de nuestro estatus maduro que nos da la certeza de que somos dignos del mundo que habitamos. La gran pregunta: “¿Debo?”.
Me parece que así están funcionando las cosas en este momento aquí, en el vecindario, donde transitan miles y miles de pendulares que no se definen del todo, que siguen rumiando pros y contras, que siguen esperando epifanías y redentores, que erigen a al Maradona equivocado como ídolo nacional, que creen que una pelota dentro de la meta adversaria es la cura de todos los males, que piensan que evaluar, controlar, dirigir, gestionar y promover el esfuerzo es perseguir. Transitan miles y miles de pendulares que despotrican contra la impunidad, la corrupción y la obscenidad, siempre y cuando sean ajenas porque han llegado tarde al reparto de espejos y no serían capaz de reconocerse ni impunes ni corruptos ni obscenos, cuando en la mayoría de los casos, sólo se trata de una cuestión de grado, lógica de hierro a la hora de comparar un desfalco de ocho cifras al lado de un certificado médico de favor para prolongar un fin de semana largo. En definitiva, por esta comarca transitan miles y miles de pendulares indefinidos que no saben qué hacer con la angustia que provoca la incertidumbre y básicos como son, echan mano a la violencia, se crispan, se contracturan, se tensan, agreden, se lastiman y más de una vez, se matan.

crispados

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