Home

Los veo, en la mesa pequeña contra la pared del fondo del bar. Se miran. Se recorren con lentitud exasperante. Sin tocarse, pero como si se tocaran. No dicen una sola palabra. Sonríen y de pronto se sorprenden con las manos buscándose sobre la mesa del bar. Hay un juego de persecución y escape en el que no se sabe muy buen quién es el cazador y quién es la presa. No se alcanzan. Se perdonan la vida mutuamente y se toman un respiro. Los veo inclinarse hacia atrás, dejarse caer por completo contra el respaldo de la silla. Pestañean. Aclaran la vista. Cambian de gestos a cada momento como entrenando la cara y poniéndola a punto. Se miran nuevamente y empieza otra vez el juego que de pronto me parece circular e interminable porque después de un rato los veo nuevamente arqueándose contra el respaldo de la silla y repitiendo uno a uno los pasos del rito que sin pausa inician con las miradas y que a medida que el tiempo se desliza, va tomando todo el aspecto de una danza a la que poco a poco, casi imperceptiblemente, se le está muriendo el ritmo.
Ella cede. Al menos eso parece porque baja un poco la cabeza y se abandona así, con las manos tomándose la cara, el pelo lacio, llovido y negro cayendo por los costados de la cabeza como cascadas oscuras que brillan con arco iris diminutos a la luz del sol que a esta hora viene del oeste y se resiste a hundirse hasta el otro día en el horizonte, con tanto empeño demora la salida hasta se podría pensar que lo va a conseguir. Junto con el sol, ella se rinde. Es evidente que no puede más y se afloja con la voluntad por el momento fuera del juego. Parece como si le hubieran sacado los huesos y se convierte en una muñeca de trapo, desarticulada y fláccida. Deja caer los brazos como si los resignara y arquea el cuello hacia atrás en un movimiento a primera vista imposible por los absurdo y descontrolado.
Se muerde el labio inferior hasta que lo pone pálido y le arranca unas cuantas gotas pequeñas de sangre que no alcanzan a correr porque mueren secas en el borde afilado de sus dientes que siguen presionando la carne roja mientras cierra los ojos con violencia en un improvisado dique que no es suficiente como para evitar las lágrimas y es entonces cuando definitivamente se derrumba. Naipe por naipe va cayendo el castillo en una escena de cámara lenta que no termina de resolverse y al final ella queda fundida en su sombra y vacía. Basta. Todo ha terminado y la veo ahora con más atención y me parece mucho más joven de lo que pensaba. De todos modos, es complicado reconocerla así, vencida, resignada y más dispuesta al inminente tiro de gracia que a levantarse y seguir adelante. Ofrece todo su cuerpo como un blanco fijo. El mensaje es claro. Ya está todo dicho y ni siquiera vale la pena apuntar
El juega con el encendedor. Lo prende y lo apaga. Sopla suavemente la llama y le cambia las formas en una especie de escultura fugaz que no dura nada. Le hace señas al mozo. Pide un café. Abre el diario como si desplegara un par de alas precarias y con eso logra que por un instante se le aquieten las manos, a la vez que pone la distancia imprescindible para el momento. Recorre sin expresión las fotos y las columnas como un halcón en vuelo de reconocimiento y se detiene, con la vista fija en una foto que desde donde estoy, no alcanzo a distinguir. Un par de segundos y sigue sin distraerse, con una concentración absoluta y ahora sí, a años luz de ella que sigue en la silla y es probable que continúe viva aunque no es fácil decirlo. Quieta, sin que se perciba su respiración, con el pelo negro y brillante que se mantiene péndulo, dividido en dos alas perfectas y paralelas que le enmarcan la cara pálida y sin rastro alguno de expresión. Una belleza absoluta que hiela la sangre de solo verla y la vuelve a congelar si se la recuerda.
Sin aviso, eleva la cabeza y mira alrededor, buscando los puntos de referencia que no aparecen y evitándolo a él. Lo salta con los ojos como quien sortea un charco en la vereda y sigue perforando los rincones con esos ojos punzantes que entienden que por ahora están perdiendo la batalla y no parece haber tiempo ya para torcer la historia hacia otro final diferente.
Lo dicho. El se para, deja un billete en la mesa y sale sin siquiera mirarla. Parece entero. Impresiona como que se ha apropiado de las cicatrices y le ha dejado las heridas a ella que se mira las manos con la esperanza de encontrar el modo de detener la avalancha de dolor que se le viene encima. Trata de respirar ahora que puede y busca en los que quedamos en el bar a esa hora, a ver si hay alguien que se parezca a un refugio donde esperar a que se vaya la tormenta porque es el único modo que tiene a mano para salvarse. Sabe que va a ser imposible sola y a la intemperie. Por eso busca con desesperación en ese puñado de sobrevivientes de la noche, de insomnes terminales que evitan a toda costa dormir porque le tienen pánico al único modo de soñar que conocen que es la pesadilla.
En uno de nosotros espera encontrar lo que necesita y hasta entonces todo se detendrá por completo, esperando la señal de que el mundo continúa. Afuera, la ciudad recurre a otras dimensiones y acata reglas distintas porque necesita quedarse afuera de esta historia de dolor cruzado e irremediable, al que no conviene encontrarle sentido porque caer en la tentación de las preguntas sin respuesta posible, sería lo mismo que tomar un camino directo hacia la locura.
La siento mirarme y me doy cuenta que me ha dejado para el final, que todos los demás se han ido y que el bar está vacío, tapiado de noche y esperando que algo ocurra, mientras la oscuridad palpita afuera. Yo mismo espero porque no sé o en realidad no quiero saber lo que intuyo y me deslizo por los costados del pensamiento con la esperanza de encontrar un atajo que haga la huida más sencilla.
Se acerca lentamente, como estirando los pasos y se detiene. Retira la silla y se sienta frente a mí. Apenas mueve la cabeza y arquea las cejas, pronunciando nítido mi nombre. Sé que la conozco como a nadie y que jamás la había visto. Miro la pantalla de mi notebook. Ahí está mi novela. La última página y justo antes del final, se ve claramente que han desaparecido las letras y ha quedado un espacio en blanco. Ella me mira de nuevo y yo empiezo a escribir. Otra vez ese espacio vacío se ocupa con ella que ha vuelto adentro, donde pertenece y se vuelve presencia a medida que la resucito.
Termino y cierro la máquina, dejo un billete en la mesa, me aseguro de que ella no esté visible y salgo del bar con la idea de comer algo en el camino.

final

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s