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A todos los míos que se han ido yendo poco a poco y muchas veces antes de tiempo, en un doloroso gotear que no cesa

Qué sé yo lo que se supone que uno debería decir cuando la tristeza va ganando el partido y no queda demasiado ánimo como para buscar el empate, aunque sepamos que la derrota va a ser dura y no es que las palabras no estén a mano, sino que en momentos como este se vuelven huecas, casi ingrávidas como burbujas y así, pompas de jabón, flotan en el aire, a la deriva y sin ningún sentido hasta que por fin, piadosamente, estallan y desaparecen. Le dejan el campo libre al silencio para que haga lo que mejor sabe hacer. Le permiten abrigar el dolor hasta conseguir que poco a poco se entibie y a partir de allí, lo que deba suceder, sucederá, pero sin que el filo helado del desamparo tenga la menor posibilidad de hundirse y buscarnos las entrañas para terminar de desgarrar lo que ya se ha roto.
Qué puedo aportar yo, que desde que cumplí 50 (hacen ya largos 8 años) he ido incorporando con todo el sigilo posible y casi en puntas de pie mi propia muerte como un tema diario de agenda, del que me ocupo a conciencia y con toda la seriedad del caso porque así me he manejado siempre con todo aquello que es capaz de darme miedo. Prefiero tenerla cerca, por lo menos como idea. De ese modo me hago ilusiones de que le vigilo los pasos. No sé con qué sentido, si al fin y al cabo ella es nuestra única certeza disponible y recordemos o no su presencia, cuando tenga que hacer su trabajo, lo hará y eso es algo que no nos es permitido impedir y tal vezo por esa razón una gota de tiempo vale tanto.
Qué sé yo de otros dolores que no sean los míos, más allá de una intuición de semejanza que me ayuda cada vez que hago el intento de sentirlos. Cada dolor es y se percibe diferente. Cada dolor tiene su propia profundidad y su capacidad de lastimar de un modo que lo hace único, pero a la vez todos los dolores se parecen en ese punto en que se termina el aire, se apagan las luces, desaparecen las fuerzas y sólo queda esperar que lo poco o mucho que ha quedado después del golpe, vuelva para que a partir de esas ruinas precarias, se pueda reconstruir la historia que sigue de ahí en adelante y en la que por el momento somos los sobrevivientes, los encargados de llevar la vida corriente arriba en el tiempo.
Qué puedo argumentar yo en estos momentos en lo que desearía tener menos memoria o por lo menos no ser consciente de ella porque los vacíos que va iluminando en cada recuerdo me atenazan el alma hasta sacarle sangre, cada vez que con ese haz de luz implacable señala el terreno de los que ya no están y deberían seguir estando. No sé si conmigo, pero al menos por aquí cerca para que no sea tan atroz la certeza de que cada vez que pronuncie un nombre, del otro lado, a lo sumo, me responderá el eco, que es lo mismo que la voz de la nada que sabe a música amarga y definitiva.
Qué tengo para contar yo que desde hace mucho tiempo he dejado de creer en el Dios discrecional que señala con el dedo quién sigue y quién va a zafar por el momento, así que “Su Voluntad” (mayúsculas residuales de mi vieja fe) va a ser la que domine el escenario en todo momento, como para demostrar que el poder es asimétrico y en este caso existe de un solo lado, porque si bien El y nosotros sabemos que va a pasar, sólo El conoce cuándo. Qué tengo para contar. Nada. No tengo nada a mano. Ninguna herramienta que sirva para ensayar un consuelo instantáneo y módico, pero consuelo al fin. No tengo con qué apuntalar lo que se derrumba, como creo que nadie lo tiene porque hemos nacidos indefensos ante la realidad de la muerte y ni siquiera nos ha sido dada la posibilidad de aplazarla o posponerla. Ella siempre es la triunfadora, más temprano que tarde, ella vence en la batalla y de paso nos recuerda lo pequeños que somos.
Qué puedo ofrecer en este momento en que el dolor se clava hasta lo profundo como una flecha. Tal vez sólo el hecho de pensar que los que se van antes son los que se llevan las linternas, por si acaso el camino que sigue, asumiendo que lo hay, es demasiado oscuro y si no, también las encenderán para que cuando llegue el momento, podamos ubicarlos más fácil porque de seguro, allá donde vamos, no creo que haya GPS, pero sí estará intacta la necesidad de abrazar a los de siempre, de reencontrarnos con los de a veces y de mirar en serio hacia adentro para saber cuántos de los casi nunca van a seguir mereciendo esa categoría.
De todos modos, las linternas serán necesarias y en estos casos, en estos caminos largos que se deben emprender, siempre han existido los que salen primero, los que tienen siempre la fuerza, caminan con el paso más largo y mantienen la marcha más constante. Ellos son los que al final de la jornada llegan más lejos que el resto y de paso van abriendo camino a los rezagados, los que somos como todos y mantenemos la cautela en el andar, como si tuviéramos todo que perder en cada paso. Ellos han sido elegidos (o se han elegido) para quitarnos el terror a la eternidad que puede ser mucho más grande que el propio pánico a la muerte porque al fin y al cabo, la muerte es un hecho y la eternidad una posibilidad de abismo sin fondo. No hay modo de cambiar las cosas desde el momento en que somos humanos, pero sí lo hay de entenderlas mejor y de tener claro que cuando sea el tiempo, cuando llegue el día que siempre llega, mientras más linternas encendidas encontremos en el sendero, más sencilla será nuestra llegada allí, donde se supone que debemos ir a pasar el resto de los tiempos.

linternas

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