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 Todos los días llegaban los fantasmas a la misma hora, con una puntualidad exasperante que tenía más de sádica que de respetuosa. Se sentaban a su mesa y esperaban con paciencia de seres sin tiempo que él decidiera servir la cena que obviamente no comían y el vino que ni siquiera miraban, absortos en su propia inmaterialidad que se veía extraña, como plateada y a la vez transparente, en contraste con el empapelado azul agobiante de las paredes del comedor de la casa vieja donde sus padres habían dado rienda suelta a la ostentación en la época en que se podía sostener las apariencias con objetos inútiles que no tenían otro mérito que ocupar espacio.

Relojes con péndulos inmóviles, cajitas de música  a las que nadie se atrevía a dar cuerda por temor a que sus melodías se cruzaran con el torrente de silencio que inundaba los rincones. Si eso pasaba, las notas morirían ahogadas y no habría modo de reparar el daño, salvo con otra capa de silencio que alejaría toda esperanza de música, lo que hubiera puesto de muy buen humor a los fantasmas que mientras se estiraba la espera, se buscaban en los espejos que ahora eran huecos negros que se habían devorado toda la luz que les solía pasar por delante, pero hasta la luz aprende y se aleja, más que por cobardía, por instinto de supervivencia. Entonces el torrente de silencio se vuelve un río negro que va pintando de a poco toda la casa.

El se movía con la agilidad de los que han pasado la vida volviendo y retiraba el servicio intacto. Tuvo un presentimiento y dejó las copas, sin que la expresión de su cara diera cuenta del odio que le galopaba en la sangre porque otra noche más había sacrificado una botella de vino y varios platos de la mejor comida con el veneno más letal que esa vez tampoco habían probado los fantasmas que empezaban a ponerse incómodos porque se hacía tarde para todo, tan tarde que hasta a ellos les dio la sensación de que tenían que hacer algo con el tiempo que por primera vez se notaba en el aire, pesado, como una oruga de aceite que se deslizaba sin remedio por el camino de la oscuridad hacia las entrañas de la noche sin saber que era ciega y por ciega equivocaba el camino como siempre.

La casa acomodaba sus cargas sobre la tierra con crujidos que él conocía por la costumbre de escucharlos sobre todo en el instante en que el universo toma decisiones y de modo invariable, opta por seguir adelante, sin que nadie o casi nadie haya alcanzado a percibir que todo deja de girar. Sólo los péndulos inertes oscilan una vez, a lo sumo dos y vuelven al letargo cuando el eterno movimiento se inicia de nuevo. El lo sabía. Los fantasmas no  y fue suficiente como para que les creciera el miedo a esa inmensidad detenida y los obligara al supremo gesto de beber un sorbo de vino para que se cerrara el hueco sin fondo que se abría sin control en el centro del pecho. Uno a uno fueron desapareciendo sin dejar el menor rastro y él los veía disolverse en el aire con su copa en la mano.

Cuando el último de los fantasmas se hizo nada con un ruido a cristal roto contra el piso, él supo que era su turno.

Alberto Breccia (1919-1993) Enorme dibujante uruguayo, único por sus ilustraciones de la obra de H.P Lovecraft, Los Mitos del Chtulhu

 


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