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Como para retomar la lectura, recordemos que la primer parte de este texto terminaba así:

No conforme con estas disquisiciones de alta filosofía, nuestro referente disparó el penúltimo tiro: “El médico necesita munirse de estudios por cualquier ejercicio de mala praxis”, destacó …. Y agregó (a modo de disparo de gracia): “Como no lo (debería decir los) tiene, el médico deriva a los centros de mayor complejidad ante cualquier duda”. Esta sentencia me produce la misma sensación que ver el cuarto de un adolescente o de un acumulador: No tengo la menor idea de dónde empezar, por eso, lo que viene lo dejo para mañana. Too much, diría Moria. Un verdadero atentado a la continencia verbal.

Sin ingresar al terreno de la discusión palabra a palabra que equivale ni más ni menos que a un “golpe por golpe” del que ambos contendientes suelen salir innecesariamente machucados, podemos dividir el eje del debate en dos líneas, cada una de ellas anclada a la frase líder. La primera, en la que de algún modo recomienda que los médicos se provean, pertrechen o armen (sentidos de la palabra “munirse”, según la Real Academia) de estudios … Sería importante, antes que nada, saber a qué tipo de estudios se refiere, si a los vinculados con la adquisición de conocimientos, destrezas, habilidades y competencias profesionales, que son obligatorios incluso desde el punto de vista moral para quienes asisten personas, o hace mención a uno de los sinónimos más populares y difundidos de “métodos complementarios de diagnóstico”.
Sostengo que la ingenuidad se pierde en gran parte una vez que somos dados de alta de la neonatología, de tal suerte que ni por asomo podría pecar de cándido ni de crédulo pensando que nuestro buen referente premium se refería a la primera de las dos opciones. No. De lo que él estaba hablando es de la segunda alternativa, el objeto de deseo cada vez más frecuente del colectivo médico. En este punto, se supone que debería detenerme un instante para aclarar que hay excepciones, pero si me disculpan, hoy no estoy para obviedades, sino para reiterar una vez más la frase que me repitió tantas veces mi querida madre: “Al que le quepa el sayo, que se lo ponga”. Decía. El objeto de deseo del colectivo médico es “estudiar al paciente”, proceso que se entiende como someterlo a cuanto método complementario esté disponible en la comarca, de tal modo que se transforme en un detallado catálogo de imágenes, unos cuantos trazados, una ristra de valores de laboratorio y eventualmente uno que otro informe de anatomía patológica. Por si hiciera falta aclararlo, debajo de tanto dato, de tanta precisión tecnológica, de tanta reconstrucción 3D, hay un paciente que espera que un médico de carne y hueso se siente frente a él durante todo el tiempo que sea necesario y le pregunte cómo se siente, o qué le está sucediendo o simplemente qué necesita.
No discuto porque sería estúpido, el invalorable aporte de la tecnología a la práctica de la medicina. Sería necio negar la magnitud de la ayuda al diagnóstico y al tratamiento, pero no menos cierto es que aún no se ha inventado un dispositivo que reemplace lo que en su memorable charla TDD, “A doctor’s touch”, el Dr. Abrahan Verghese llama el mayor adelanto tecnológico y que son las manos del médico por su colosal poder de comunicar, explorar, consolar e incluso acompañar en los momentos más difíciles. Hay mucho de esta idea en el primer nivel de atención y quienes venimos del tiempo en que lo más sofisticado como ayuda era un laboratorio básico y un equipo de rayos de baja potencia lo sabemos bien. No podíamos “munirnos” de estudios (¿tomaron en cuenta que “munirse” tiene que ver con “munición”?) y tratábamos en lo posible de evitar el incumplimiento de la responsabilidad profesional mal llamado mala praxis. No era necesaria tanta parafernalia tecnológica para llegar al primer paso del diagnóstico que es ni más ni menos que la elaboración de una hipótesis razonable con un par de alternativas (planes “B”) que debíamos ingeniarnos para precisar con lo que había a mano y de ahí en adelante, el tratamiento haría su parte.
En ese tiempo, como hoy, los médicos convivíamos permanentemente con la incertidumbre que desde siempre nos incomoda, nos recuerda nuestra falibilidad, nos desafía a vencerá, cosa que nos angustia porque es imposible por definición, hacerle morder el polvo de la derrotarla porque sería alcanzar la certeza absoluta, entidad que no existe. Somos navegantes de la aproximación, de la probabilidad, de la posibilidad, de las alternativas y de las encrucijadas donde debemos decidir para poder seguir adelante y eso será así, por más estudios que podamos solicitar para “munirnos” de ellos para “evitar ejercicios de mala praxis” (quiero creer que esta frase sin sentido se le chispoteó “sin querer queriendo” al periodista porque si nuestro buen referente la dijo exprofeso, Houston: Tenemos un problema). La duda y como se dijo, la incertidumbre son parte del “ADN” del ejercicio de la medicina y en la mayor parte de los casos hemos de optar entre dos o más alternativas, ninguna de ellas garantizada como exitosa o acertada. Como máximo, estará lo suficientemente cercana a la verdad como para que la tomemos como válida y esa decisión no tiene que ver con una tracalada de estudios, sino con el conocimiento, la experiencia, la capacidad de evaluar una situación clínica extrayendo de ella toda la información posible, el establecimiento de un vínculo sólido de confianza con el paciente y su entorno basado en la empatía y el humanismo, sobre la base firme del conocimiento y las competencias clínicas básicas producto de los “estudios” que nuestro referente no parece haber tenido en cuenta. Por otra parte, si existen médicos que “derivan ante la menor duda”, me permito recomendarles que revisen su actuación porque con esa posición, su vida profesional se va a reducir a firmar formularios de referencia como un mediático firma autógrafos al cholulaje.
No hay caso. Se nota en el discurso una apología de la medicina defensiva (“muñirse de estudios” en relación con la mala praxis), modalidad que ha demostrado se antiética, peligrosa, cara e inefectiva, cosa que da la impresión de que nuestro referente ignora por el sólo hecho de que la fomenta. Es penoso cómo se ha diseminado la “porsiacasoterapia” y el “yomecubrismo” y más aún, cómo han proliferados sus defensores. Nos pongamos de acuerdo que si el buen referente es uno de ello, sería hora de preguntarnos qué hace ahí, ocupando el rol que ocupa porque convengamos que como generador de opinión, deja mucho que desear y como médico practicante de la medicina defensiva puede volverse peligroso. Además, en el mismo discurso se nota la mirada mezquina del profesional “tipo” de un hospital de alta complejidad sobre el primer nivel, dado que piensa que la tecnología es una barrera de contención para que el primer nivel cumpla esa función pequeñita que él le atribuye y que es la de “frenar” la peregrinación en masa de los pacientes que terminan abarrotando las salas de emergencias de los hospitales, cuando primer nivel (sería bueno que lo fuera entendiendo) es muchísimo más que eso, tanto así que cuando funcionan a pleno, los hospitales son a lo sumo reparadores de cuerpos averiados, mientras que los centros de salud pueden transformarse en centros de provisión de calidad de vida, lo que no es para nada menor.
En el discurso, finalmente, se nota que no ha comprendido la enorme diferencia entre un médico de primer nivel y otro de un hospital de alta complejidad. Diferencia que pude sintetizarse imaginando que golpean la puerta del consultorio. Un médico de hospital de alta complejidad sabe qué es lo que no puede haber del otro lado (un niño en un hospital de adultos o un varón en una maternidad, un enfermo hepático en un consultorio de nefrología o un fracturado en el de cardiología). Recreemos ahora la misma situación. Golpean la puerta del consultorio de un centro de salud de la periferia de la ciudad y qué vemos: Desde un herido de bala hasta una ictericia neonatal, pasando por un trabajo de parto, un cuerpo extraño en la nariz, una crisis de asma, una urgencia hipertensiva, una hemorragia ginecológica, un abdomen agudo, una fractura de antebrazo “en tallo verde”, unos cuantos catarros, un número más o menos igual de diarreas con o sin vómitos (la proporción catarros/diarreas tiene variación estacional), un par de lesiones extrañas en la piel, una que otra crisis de angustia, un par de bebedores empeñosos que sufren las consecuencias, alguno que otro púgil amateur recién llegado de una pelea callejera y el infaltable personaje que sostiene que los marcianos verdes que se le metieron por el oído le están robando el cerebro. No exagero. Cuando fui médico del primer nivel, allá por mediados de los ’80, en una guardia o dos, veía prácticamente todo lo que nombré y puedo afirmarlo porque desde entonces tengo la tendencia de fortalecer mis procesos cognitivos y entre ellos mi memoria, haciendo listas, catálogos y clasificaciones.
Algunas cosas que aclarar: No solía “munirme de estudios”, acerté y me equivoqué tanto como cualquier otro, siempre puse al paciente en el centro del escenario (mucho antes de aprender las dimensiones de la calidad), no derivaba “ante la menor duda” y juro que cada vez que golpeaban la puerta del consultorio, no tenía la menor idea de qué me iba a encontrar del otro lado.

referente

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