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Hablamos de la gente, nos llenamos la boca con la palabra y la hacemos pasear con una cierta cadencia rítmica de mejilla a mejilla, como meciéndola para que se adormezca. Le damos tiempo y después, sin previo aviso, la masticamos con empeño y tozudez rumiante hasta disolverla y quitarle casi hasta el último vestigio de significado. No se logra jamás que ese significado desaparezca del todo y ahí queda, la palabra latente, en algún rincón oscuro lo suficientemente próximo a la garganta como para estar disponible si acaso es preciso pronunciarla, aunque en esta instancia, ya no sonará igual ni tendrá el mismo sentido, como no lo tiene nada que pase sin demasiada transición de ser una bandera a quedar reducida a una muletilla.
La gente, más allá de la palabra que la nombra, no es una concepción abstracta, algo que sólo existe en la imaginación de los líderes o los poderosos, que en definitiva son quienes le dan uso intensivo (y excesivo) a esa palabra, sin que se tenga claro si en ese virtual abuso, alguien se ha detenido a pensar si está clara la definición de “la gente”. La gente es un órgano vivo, mucho más grande y vasto que la suma de sus partes, de cada una de las personas que con su presencia y su sangre ayudan a edificar esta entidad casi mágica que en sí misma se desborda porque es incapaz de contenerse, de mantener un cauce.
Este órgano vivo, colosal e insaciable, desea y anhela, permite y prohíbe, crece e involuciona, se reinventa y se depura, de tal suerte que segundo a segundo cambia y un instante después de haberle dado una mirada, al verlo de nuevo, ya no es el mismo. Este órgano vivo con miles de caras, necesita y demanda. Ambas cosas no tienen relación lineal ni tampoco se mueven por senderos paralelos, ya que no se demanda todo lo que se necesita, en especial si hay barreras que lo impiden y viceversa, no se necesita todo lo que se demanda, porque se puede confundir necesidad con deseo o creer que es obligatorio ejercer cada derecho.
Esto es muy importante de entender cuando se planifica en salud pública, sobre todo si se parte del “nivel de la gente”, del primer escalón donde reside la realidad en su estado más puro y duro, donde habita y espera el conocimiento que sirve de punto de partida para diseñar el proceso espiralado que lleva este conocimiento a la práctica que a su vez vuelve al conocimiento, mejorándolo de manera continua. En la gente “de a pie”, la “gente común”, está no sólo la fuente de las preguntas más importantes, sino la punta de la mayor parte de los ovillos. La gente sabe qué le pasa, imagina, intuye o supone por qué le pasa y tiene una cierta idea de los que se debería hacer para que deje de pasar. Si desde la salud pública no vamos a esa fuente primaria, toda información que obtengamos de “estratos superiores” tendrá sesgos de observador que le quitará no sólo valor, sino efectividad como materia prima de las soluciones.
La demanda que se percibe desde el sillón del consultorio externo o de guardia, desde el laboratorio o la sala de radiología, desde el teléfono del centro de salud es solo la punta del iceberg porque ese número, frío y con no mucho más valor que una fotografía. Ese número es la imagen visible que resulta de un intrincado juego de variables que se manifiestan en la profundidad o permanecen latentes ahí, donde son capaces de hacer daño. Se puede tener niños desnutridos, se les puede tomar peso y talla para definir la magnitud del problema de cada uno, se los puede contar, identificar y ubicar geográficamente en tal barrio, pero hasta que quienes tenemos la responsabilidad de acercar a la gente herramientas para mejorar su calidad de vida no nos acerquemos al “nivel de la gente”, al mundo real, no nos haremos siquiera una idea aproximada de lo que sucede allí, donde las cosas pasan continuamente.
Es sencillo si se lo mira con objetividad, pontificar acerca de la necesidad de descacharrar, de lavarse las manos, de disponer de sanitarios adecuados, de vivir en casas de material, de consumir alimentos sanos, de educarse, de vestirse conforme al clima de la zona, de recibir las vacunas, de prevenir las enfermedades que lo permitan. Resulta poco menos que un trámite para cualquier profesional formado y con las mejores intenciones, recitar listas interminables, donde se detalla de modo obsesivo y minucioso, todo lo que ha de hacerse para no padecer diabetes, enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de cáncer, enfermedades transmitías por contacto sexual, obesidad o adicción a sustancias. De taquito, el equipo de salud puede disertar sobre los beneficios de la lactancia materna, de la potabilización del agua y de la ventilación de los ambientes, alertando a la vez sobre el peligro del monóxido de carbono.
Hay mucho escrito sobre promoción y prevención de la salud. Los textos sobre el tema pueden engordar cualquier biblioteca, pero pareciera ser que en gran parte, ese acerbo no pasa de ser una mera acumulación de datos, tal vez llegue en algunos casos a ser información, pero no impresiona estar lo suficientemente maduro como para merecer el nombre de conocimiento porque no se aplica a la acción, pero sobre todo, porque está incompleto, porque supone que lo que se proporciona es lo que la gente necesita, cuando esa gente jamás ha visto siquiera de cerca las estrategias que los visionarios de la salud y de la epidemiología diseñaron “a medida” para cada ocasión. Una receta perfecta no garantiza que la comida salga rica y en este caso, los resultados de estas recomendaciones que se difunden desde el “conocimiento” serán a lo sumo aleatorios porque parten de un diagnóstico insuficiente que a su vez surge de analizar un árbol mirando sólo las hojas de afuera, sin tener el valor de correr un poco las ramas, manos aún de merodear por el tronco y qué decir de tener la osadía de llegar a las raíces para ver allí, sin intermediarios, qué es lo que sucede.
En las hojas, la punta de ese iceberg, veremos lo que cualquiera puede ver, que podrá ser un rancho precario en un asentamiento sin servicios en las zonas marginales de una ciudad. En las ramas, aparecerá la falta de trabajo y de horizonte en un pueblo del interior, desde donde vinieron los habitantes del rancho con la ilusión de que en la ciudad todo iría mejor. En el tronco crece cada vez con más contundencia la exclusión que de manera inexorable conducirá a la marginalidad, la dependencia, la falta de autonomía para decidir (si es que acaso quedaran alternativas) y a medida que nos acercamos a las raíces, aparecen innumerables ciclos de promesas incumplidas, desazón, desesperanza y expansión del resentimiento más profundo y nosotros, los iluminados gestores de salud pública, pretendemos solucionar esos problemas con medidas médicas que pueden o no incluir medicamentos que muchas veces no son accesibles, dieta sana en personas que no tienen claro si comerán ese día o condiciones sanitarias en familias que se hacinan en una casilla de dos por dos, con el campo como baño y al agua que haya, para lo que sea. No deberían sorprender paradojas tales como indicar un comprimido contra la diarrea que el paciente tomará con un vasito de agua contaminada. La misma agua que usará para rehidratarse.
La satisfacción no resulta de los repartos o de la distribución como medida única o fundamental, menos aún con la asistencia que peligrosamente, al menos en nuestro país, deriva en el asistencialismo que no es ni más ni menos que institucionalizar la mendicidad o implementar la caridad como política de gobierno, en vez de apostar al desarrollo, pero en este caso, como política de estado. La satisfacción deriva del bienestar y ese bienestar implica mejorar la calidad de vida que me parece que es la misión de los sistemas de salud pública que deberían ir más allá de prevenir la ocurrencia de enfermedades, promocionar los hábitos saludables y si fallan las primeras barreras, poner todo el esfuerzo en reparar los cuerpos enfermos, sin olvidar jamás que cada uno de esos cuerpos debe volver al mismo lugar del que vino y si los sistemas de salud no ayudan con todo el empeño posible a mejorar los puntos de retorno, la prevención, la promoción y la reparación de la salud no pasarán de ser parches colocados en neumáticos a los que no se tomó la precaución de sacarles los clavos, de tal suerte que apenas se les pone aire, se pinchan de nuevo.

gente

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