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Serían las cinco y media de la tarde ¿El día? Hace un par de semanas. Yo iba de vuelta a casa haciendo mi caminata diaria. Sol a pleno sobre la ciudad y un calor más que tolerable. La síntesis de un día perfecto. Llevaba buen ritmo y la música que escuchaba estaba ayudando a mantenerlo y hasta podría decir que me sentía lleno de energía, con una amnesia selectiva porque lo único que erradicaba era la realidad diaria, lo que no es poca cosa para los que de tanto en tanto nos sentimos aplastados por lo que pasa.
Llegando a la esquina de lo que en alguna época fue el Hospital Arenales, donde ahora funciona el Banco de Sangre de la provincia, los vi. Tres pequeños que tendrían entre dos y a lo sumo siete años. Advierto que no se me da muy bien eso de calcular edades cuando lo intento en cuerpitos frenados por muchas cosas, entre ellas, por el hambre y quién sabe por qué necesidades más. Los tres llevaban ropa heredada, grande, demasiado grande, tanto que casi podría pensarse que formaba parte del estigma.
El mayor, como dije antes, de a lo sumo siente años, tenía un paquete de galletitas redondas de chocolate en la mano. Yo me había detenido en la esquina, No sé a qué, pero algo no dejaba que me moviera y me sentía, aunque parezca absurdo, empantanado en una vereda de baldosas vainilla, casi con la certeza de que mientras más me moviera, más me hundiría. Opté por dejar que esa idea tan absurda como sólida se fuera por su cuenta y me dediqué a mirar a los chicos que no me prestaban la menor atención, concentrados en su universo de planetas redondos, marrones oscuros y rellenos de crema blanca, como se sabe que son todos los planetas que forman la galaxia Oreo.
El mayor, que parecía estar a cargo, sacaba una galleta, separaba las dos tapas, le sacaba con una prolijidad de artista la crema del medio con el dedo, se lo llevaba a la boca y ahí nomás le daba su tapa a cada uno de los dos más chicos que a esa altura asumí que eran sus hermanos. Ellos miraban con una expresión devota al multiplicador de panes y peces por un instante y después se encargaban de dar cuenta de su mitad con la lentitud con la que se suelen mover los que desde siempre saben que no hay de sobra.
Pensé que me toparía con algún adulto cerca que los estaría cuidando. A primera vista y en una especie de vuelo de pájaro, no divisé a nadie que pudiera cumplir los requisitos. En la segunda pasada, tampoco, pero cuando hice el tercer intento, me di cuenta que debía ser ella, esa mujer con mucho de niña encima, que estaba sentada en la vereda, con la espalda recargada en un muro, los ojos mirando a cualquier parte, menos a los niños, un cigarrillo a medio fumar en equilibrio inestable entre los dedos y una botella de ginebra recostada como al descuido y muerta de tan vacía.
En todo el tiempo que estuve detenido, mirando la escena, pasaron varios autos, algunos peatones e incluso una camioneta de la policía. Todos con esa ceguera protectora y selectiva que aparentemente sirve para mantenerse más o menos ileso en este presente empeñado en lastimar sin miramientos. Una señora ya mayor, con mirada de sabia y arrugas que explicaban en parte su sabiduría, se dio cuenta de mi presencia y salió a la vereda para contarme que lo que yo estaba viendo era una historia de todos los días. Se compra una botella de ginebra, se la va tomando de a tragos hasta que la termina. Los manda a los chicos a pedir galletas por la cuadra y así se mantienen entretenidos. El mayorcito tiene ocho años y ni él ni el de seis, van a la escuela y mi comadre me dijo que la chica cobra planes. Yo no sé.
Me contó que ya había llamado el 911 más de una vez. Que venían, armaban un circo, los subían a todos en una camioneta y se los llevaban no sé dónde. Por un par de días no se los veía por el barrio, pero al final, terminaban apareciendo. Los chicos con ropa más nueva y ella igual que siempre, perdida y sucia. Tiene olor, dijo la señora sin desprecio, pero con una tristeza que se le notaba en la cara. Una tristeza contagiosa y penetrante que en un momento me apuñaló el alma. Exploré mis bolsillos y como suele suceder cuando salgo a caminar, no tenía un peso que pensándolo buen, sólo serviría para mantenerles la miseria puesta. No sabía qué hacer. Todas las ideas que se me venían a la cabeza no tenían sentido, porque era imposible que me llevara los tres chicos a casa. Tan imposible como que su mamá fuera capaz de salir a la superficie para encontrarse cara a cara con la conciencia y a partir de allí, en una de ésas, quién te dice, cabría la posibilidad aunque remota de un nuevo comienzo con la plata de los planes yendo a parar a mejores destinos y sus tres hijos un poco más a salvo de este presente impiadoso que les tocó en suerte o en desgracia.
Recordé un número de teléfono que se me apareció nítido en la memoria. Seguramente como resultado de un pase de prestidigitación de ese inconsciente que me habita y que más de una vez, compensando una que otra mala pasada, me ha tirado un cable lo suficientemente grueso como para ser capaz de soportar cualquier cosa. Marqué los siete dígitos, esperé un par de tonos y del otro lado, nítida, la voz que esperaba escuchar. Se sorprendió al darse cuenta que era yo quien hablaba. Tanto tiempo, dijo con ese dejo de melancolía que le conozco tan bien. Qué puedo hacer por vos, me preguntó asumiendo que mi llamado no tenía ni una pizca de rito social. Le conté como pude porque no es sencillo hablar con la lengua seca, la garganta hecha un nudo y una avalancha de lágrimas que no se deja salir porque lo último que ha de perderse es la compostura. Ya mando a alguien o mejor, me dijo, voy yo directamente. Me dijo chau y yo me quedé con la despedida en la puerta de la boca, mientras la imaginaba ya subida en su camioneta y en camino, pensando en mí como un hereje que no tiene perdón de Dios, interrumpiéndome el té y la novela.
Pasé varias veces por esa esquina. Todos los días desde entonces, a decir verdad y no los vi más, salvo cada vez que mi hijo más chico abre un paquete de Oreo y me ofrece una.

oreo

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