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Sin tener demasiado claro cuál es el punto de corte exacto a partir del que uno se transforma de reflexivo en obsesivo o incluso rumiante, ni cuál es el límite entre la introspección y el ensimismamiento, me hago cargo de confesar que desde hace mucho tiempo ando por la ida caminando cerca de esos márgenes. Con esto, acepto que debo haber rumiado más de una vez, aburrido mucho más aún y de tanto en tanto habré dejado que mi mente ejerza su derecho legítimo a la reflexión que debo reconocer, me ha guiado con todo éxito y en varias oportunidades a callejones con una sola salida posible que, vaya coincidencia, era otra pregunta que, como sospecharán ustedes, se portó conmigo igual que la anterior, de tal suerte que gran parte de mi historia la viví entre pregunta y pregunta, viajando más o menos como Tarzán, de liana en liana.
He de decir que si bien resulta sobremanera económico a la hora de trasladarse, no deja de entrañar riesgos y además, dista mucho de ser confortable. Las preguntas suelen ser incómodas y a veces las respuestas nos ponen en peligro. De hecho, más de una vez (bastantes veces, para ser sincero) me he planteado si acaso no existen otros medios de transporte un tanto más civilizados, pacíficos, seguros y previsibles para moverse a lo largo de la propia historia. Incluso, estuve dispuesto en esos tiempos de crisis, a poner un dinero adicional si se me garantizaba un viaje sin contratiempos, pero era inútil. Más temprano que tarde, mi propia naturaleza aventurera pulverizaba estas ideas y ahí volvía a estar yo, agarrando con todas mis fuerzas la primera liana disponible, mientras a mi alrededor veía cómo se optaba cada vez con más frecuencia por una conveniente metamorfosis a corcho y a flotar, mi amor. Vamos a flotar, mi amor, diría el “Indio” Solari.
No es que sea masoquista. Tampoco se trata de que me regodee pasándolo peor que Miguel Strogoff, ese entrañable personaje de Julio Verne al que en su viaje de Moscú a Irkoutsk le pasa de todo, incluyendo la pérdida irreversible de algunos trozos de su cuerpo. Es, como dije, cuestión de naturaleza, vocación por buscarle un por qué a las cosas y de paso, mirar si esos por qué me conforman, lo que mido en cuanto a la cantidad de angustia de la que me liberan cuando son resueltos, aunque sea de manera precaria. Es verdad que puedo ponerme contento con un diagnóstico presuntivo porque me sirve como punto de partida para llegar lo más cerca posible del núcleo. Un diagnóstico presuntivo me recuerda que estoy más cerca de donde pretendo llegar y en este ascenso permanente a la cumbre de las respuestas, no es cuestión de desperdiciar ningún escalón que se cruce en el camino. No siempre es así, porque hay inquietudes que me rondan, que galopan alrededor mío como pasaban en las viejas películas del oeste, en las que los indios daban vueltas y vueltas alrededor de un círculo de carretas y los colonos los bajaban como a patitos de parque de diversiones. No tengo tanta puntería con mis inquietudes, debo decir y por eso, después de unos cuantos giros, a veces demasiados, el que termina con un mareo infernal soy yo.
Es un ciclo sencillo de padecer y mucho más simple de explicar. Comienza de golpe y sin aviso previo cuando una pregunta cae delante de mi campo consciente como un telón y no me permite fijar los sentidos en otro objeto hasta que logro acomodarla en su sitio, la tranquilizo, le prometo ocuparme de ella lo antes posible y sólo así se me despeja el panorama lo suficiente como para seguir haciendo lo que estaba haciendo, aunque eso es relativo porque parece que con los avances de la tecnología, las preguntas vienen con alarma que se activa en los momentos menos pensados y obliga a prestar atención, sobre todo si se ha postergado la respuesta, aunque sea un ensayo, durante más tiempo que lo aconsejable. Con el tiempo, uno se acostumbra y es como los zumbidos en los oídos, la visión mala de cerca (y/o de lejos), las articulaciones ruidosas, las canas o los dolores de espalda cada vez que se nos da por el deporte y olvidamos que ya pasó ese tiempo en que unas horas de sueño reparaban todo, o casi todo. Uno se habitúa con el tiempo y aprende a manejar los cuestionamientos, aprende a dirigir e incluso a disfrutar de las reflexiones, no se preocupa tanto de las respuestas finales como de quedarse en algún momento sin preguntas, como si las preguntas, a cierta altura de la vida, fueran una señal inequívoca de que se sigue vivo, con el motor en marcha y con suficiente combustible como para un trayecto razonablemente largo.
Como sea, un día impreciso de un año que no recuerdo, se me instaló la idea de ir anotando las preguntas que me iban surgiendo acerca de la profesión que me eligió hace unas cuantas décadas. Las escribía en márgenes de libros, en papeles sueltos, en trozos de diario y me hacía el firme propósito de pasarlas a un cuaderno donde reposarían a la espera de que yo fuera volviendo a ellas, las releyera, las modificara o eventualmente las eliminara por no parecerme procedentes o porque se solapaban entre ellas y al final terminaban siendo redundantes. Este trabajo que alguna vez publiqué como enunciado en uno que otro texto míos, tiene más o menos la antigüedad de mi título, o sea más de 31 años y es una de las cosas que a lo largo de mi carrera profesional no he abandonado porque desde siempre me dio la sensación de ser un trabajo inconcluso y de hecho, lo sigue siendo aún hoy, en especial porque no encontré todavía el modo de cerrar ninguna de las preguntas que siguen siendo actuales, a la vez que mantienen vigencia y no pierden la dinámica. Cambian de forma y en cierto modo de sentido, así que la respuesta de hoy siempre va a ser provisoria, precaria y se mantendrá lista para verse diferente en cualquier momento.
El único interés que me impulsó a mantener vivas estas preguntas a lo largo de los años, es la posibilidad de generar un espacio de reflexión, porque me las formulo y no les doy carácter transitivo ni colectivo, de tal suerte que quien tenga ánimo de emprender este ejercicio, debe saber que las respuestas que obtenga son propias y su valor dependerá de la honestidad con la que aborde el cuestionario y la necesidad que tenga de mirar un poco más allá de esta vida asistencial en la que da la impresión de que uno se la pasa tapando agujeros, esquivando las balas, mientras se mantiene agarrado con la punta de los dedos a un sistema expulsivo que les recuerda a quienes lo integran que su fuerza centrífuga es de temer.
Se viene el tiempo de las 30 preguntas.

(continuará)

30

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