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Estamos frente a un asunto delicado que merece el mayor de los respetos en su tratamiento y en el que conviene precisar los términos para que todos sepamos de qué se habla. Por ello, creo que ayuda tomar las definiciones del Diccionario de la Real Academia de La Lengua Española en su versión electrónica actual:

Corporación: (1) Organización compuesta por personas que como miembros de ella, la gobiernan.
Condena: (1). Dicho de un juez. Pronunciación de una sentencia con imposición de la pena que corresponda. (2). Acto de forzar a alguien a hacer algo penoso. (3). Reprobación de algo considerado malo.
Responsabilidad: (2). Deuda, obligación de reparar y satisfacer por sí o por otra persona a consecuencia de un delito, de una culpa o de otra causa. (3). Cargo u obligación moral que resulta para alguien del posible yerro en un hecho o asunto determinado. (4). Capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer las consecuencias de un hecho realizado libremente

Dicho esto, estoy convencido de que resulta imprescindible manejarse con cautela, priorizando el buen juicio y la sensatez. No sirve para nada caer en la tentación de mandar perdigonadas diestra y siniestra y que los proyectiles le den a lo que encuentren en su camino, sin importar de qué se trata. No suma, al menos en esta instancia, despotricar contra el sistema en el que estamos inmersos. Una monstruosa creación humana que se ha vuelto perversa, obsoleta y traicionera. Una suerte de madre sin entrañas que abandona sus hijos a su suerte, como una forma sutil y desaprensiva de desecharlos. No suma la pelea frontal porque los sistemas no están diseñados para conmoverse. Tampoco voy a adoptar el papel de francotirador, poniendo en el centro de la mira al ministerio de salud pública y de paso, al gobierno. No porque crea que son blancos demasiado grandes e importantes para mi modesto poder de fuego, sino porque en una situación como ésta, no es el camino más sensato a seguir. En cambio, trataré de ser lo más ecuánime posible, simplemente porque después de más de 58 años de vida, he dejado de creer por completo que el mundo se divide en negros o blancos, buenos o malos, sabios o ignorantes, culpables o inocentes. Es tal vez la infinita cantidad de matices que pueden reconocerse en la conducta humana el factor de primer orden que me impulsa a proceder con toda la prudencia de la que soy capaz.
He luchado durante toda mi vida por no caer en el corporativismo, ya que me resistí y me sigo resistiendo a admitir que el sólo hecho de pertenecer, otorga al que pertenece un derecho a recibir defensa en bloque o lo sitúa como vulnerable a un ataque del mismo tipo. Como para decirlo en lenguaje de calle. No me cabe ni la expresión “todos los colegas son excelentes” ni “todos los médicos son una manga de comerciantes”. He expresado siempre con claridad a quien me quisiera escuchar que desde el mismo momento en que accedí a mi matrícula consideré que colega no es quien sólo comparte el título, sino el que además procura mantener valores más o menos parecidos a los que pretendo me guíen en la práctica diaria de mi profesión. Esta postura de ningún modo tiene la intención de descalificar a nadie, porque no me considero quién para hacerlo, así como siempre sostuve que estoy seguro de no dar con la estatura para juzgar y mucho menos para condenar o, en caso contrario, determinar una absolución.
Por otra parte, calificar o descalificar, dentro del escenario de esta profesión es algo que excede el alcance técnico y moral de cualquiera de los que la ejercen. A lo sumo, con mucha cautela y sólo cuando sea imprescindible, se podrán poner en valor lo más objetivo posible acciones puntuales, en circunstancias específicas y en un contexto determinado que de todas maneras no alcanzarían para definir a una persona como tal. Hombres buenos pueden en algún momento hacer cosas malas y del mismo modo, un criminal de guerra nazi es capaz de contarle un cuento de hadas a su hijo pequeño después de una ardua jornada de trabajo en un campo de exterminio y como suele suceder en estos casos, el niño antes del final se duerme, convencido de que no hay mejor papá en el mundo que el suyo.
En definitiva, estoy aquí tratando simplemente de contarles cómo percibo con lo que pasa con la condena a un médico pediatra, en relación con un caso que en su momento tuvo una repercusión enorme, tanto en lo mediático como en lo social y que hoy se ha definido, al menos en primera instancia. Se ha definido sólo desde el punto de vista legal jurídico porque en lo personal y creo que muchos compartirán esta visión, no olvido que detrás de todo esto hay un niño muerto, una familia que lo sigue llorando y a partir de la decisión del Tribunal, surge una “segunda víctima”, con su entorno que desde hoy mismo, deberá asumir la enorme tarea de apuntalarlo para evitar el derrumbe. La condena es un hecho y el resultado de las apelaciones puede revertir en parte la situación, pero lo que no vuelve atrás es la certeza de haber sido señalado por el dedo acusador, no sólo de la justicia que en definitiva está haciendo el trabajo que se supone ha de hacer, sino de parte de la sociedad que sabemos todos es mucho más implacable y despiadado que el peor de los tribunales. Tanto así que el dedo acusador de la justicia puede dejar una mancha en el condenado, mientras que el dedo acusador de la sociedad lo más seguro es que genere un estigma.
Nos podríamos poner de acuerdo -en algo. En todos los casos, una condena moviliza, provoca reacciones de polaridad diferente, sensibiliza y según desde dónde se mira, entristece, provoca ira, decepciona, libera, alivia ese dolor que lleva tiempo germinando dentro. Una condena puede resentir estructuras en apariencia indestructibles, disolver afectos, arrasar con vínculos, llevar al replanteo de historias de vida y por qué no de proyectos a futuro. Puede provocarnos miedo, sobre todo si el condenado pertenece a nuestro colectivo de trabajo y empatizamos con él, porque de algún modo sabemos que mañana podemos ser nosotros los que nos sentaremos frente a los jueces. En definitiva, lo que es capaz de provocar una condena depende en gran medida de lo que se piense de ella, porque será distinto lo que genere si se aprecia como justa y suficiente que se percibe es lo contrario. Esta es otra de las razones por las que hay que ser prudentes con lo que se dice porque en este tipo de situaciones es casi seguro que después de cada cosa que se diga, alguien se sentirá lastimado, con justa razón o no. Por eso, no es conducente la acción corporativa, sea en defensa o en ataque del condenado o de quienes reclamaban justicia. Lo que vale es analizar con la mayor objetividad posible los hechos porque los hechos son lo único que puede quedar afuera de la materia opinable. En modo alguno pretendo afirmar que esta postura es sencilla. Por el contrario, resulta muy complicada porque de uno y del otro lado del litigio, hay seres humanos involucrados que se sitúan, como es lógico, en posiciones antagónicas, tan distantes una de la otra que el acercamiento será, si se tiene éxito, a lo sumo mínimo.
Toda condena es el fin de una etapa y el principio de otra. Rasga las historias y las divide. Entretanto, desnuda fallos en actos individuales y colectivas, así como pone en evidencia la pésima calidad del sistema que en algún sitio se descose y deja un hueco libre. Es ahí donde se anula por un tiempo indeterminado la seguridad de esa trama que cuando está entera nos permite actuar “con red”. Mientras esta seguridad está en suspenso y persiste el hueco en esa red, permanecer a salvo dependerá del azar y en alguna medida de la habilidad que se haya adquirido para hacer acrobacias a merced del vacío, sabiendo de entrada que si algo falla, la ley de la gravedad no tendrá el menor inconveniente en hacer su trabajo.

(Continuará)

condena

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