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Hoy me siento extraño, como fuera de tiempo y espacio. Te diría que me parece estar a la deriva, casi a merced de las corrientes que se mueven de un lado a otro en las zonas más profundas de mi pensamiento, no necesariamente siguiendo un orden, sino más bien chocándose unas con otras, interfiriendo caminos y construyendo encrucijadas que obligan en algún momento a decidir por dónde se sigue adelante, si seguir adelante es lo que se cree correcto. Lo digo por si acaso, tal vez porque mi experiencia me indica que no siempre es así. No en todos los casos el horizonte es lo que se busca y tal vez será por eso que tantas veces en la vida a uno se le instala dentro, muy hondo, la idea del regreso allí, donde se estaba tan bien, donde los problemas pasaban por meridianos remotos y diferentes, donde la seguridad era un valor que no cambiaba y donde era posible ser feliz aún sin tener nada. Felicidad de roperos vacíos, tan vacíos como los cajones de juguetes, los bolsillos, las mochilas del colegio y las alacenas.

Felicidad sin límites, por la que sólo se debe pagar el módico precio de la conciencia, transacción que suena más que razonable, en especial a esta altura del partido y después de tantos años de ser protagonista de mi propia historia, hoy con la muerte como tema de agenda, unos cuantos traspiés que me cachetean la memoria sin aviso previo, uno que otro fracaso y bastante más cuenta pendiente de la que hubiera querido tener hoy por hoy. Hubo muchos momentos y muy buenos, de tal suerte que el balance final me lleva, nobleza obliga, a ser agradecido con lo que me ha tocado y a dejar claro que bastantes de esos dones no dependieron de mí, ni siquiera en su desarrollo. Me hago cargo de lo que me toca y no tengo intención de esquivar el bulto, pero si algo he aprendido en todo este tiempo, es a no adjudicarme logros  que no me corresponden. Creo que todo esto tiene que ver con esa idea del regreso, de volver al principio, de estar donde sentirse protegido es la regla, donde el estruendo del mundo que gira afuera llega amortiguado, como después de haber chocado contra paredes de algodón.

Volver a flotar en ese universo exclusivo donde la luz y el tiempo tienen otros modos de expresarse que van más allá de los sentidos y por supuesto, mucho más allá del estrecho campo de la conciencia, esa conciencia que nos permite saber, enterarnos, estar alerta y sobre todo involucrarnos para mejorar la realidad que nos toca, aventura con alto riesgo de fracaso que no obstante muchos asumimos una y otra vez, cueste lo que cueste, con la esperanza de que esta vez sí va a suceder lo que antes no. Sin que haya razones valederas para actuar de ese modo, salvo el hecho de que vivimos del lado de afuera, donde la obediencia a las reglas de juego establecidas puede ser una opción tan peligrosa como la desobediencia. Se trata de caminar sobre una cuerda apenas tensa, en permanente equilibrio entre la prudencia y la temeridad, con la conciencia supervisando cada paso, distinto de ese mundo temporario donde no nos hacíamos cargo de las opciones porque no era nuestro problema y mucho menos nuestra responsabilidad, de lo que por otra parte jamás nos enterábamos porque en nuestro medio fluido, sólo bastaba flotar.

Hoy me siento con ganas de volver. No sé si allí donde mamá y yo estábamos conectados de modo permanente e inexorable, en una suerte de unión física que no se puede volver a repetir porque la ley de la vida lo prohíbe y la biología a lo largo de la evolución, ha planteado otras soluciones que no contemplan ni ahí   la persistencia en el tiempo del cordón umbilical, pese a que el corte físico sea más sencillo que el emocional. Tengo ganas de volver a ese sitio invulnerable que con dos brazos y el pecho de mamá ser invencible podía ser cierto. En ese lugar se estaba a salvo de los enemigos, no llegaban las amenazas y cada una de las cosas que nos podían hacer daño eran inactivadas o neutralizadas en el camino. Más allá de la conciencia porque en ese tiempo todavía la conciencia es una obra por construir, pero bien al centro del reino de las percepciones. Volver ahí donde el calor era justo, donde no había aristas filosas ni bordes capaces de lastimar y donde estar era seguro.  No estaba en nuestras manos la decisión de irnos, pero el tiempo decretó en un momento que el espacio se volvía estrecho, que el pecho de mamá ya no era la única comida, pese a que por unos meses siguió siendo la mejor.

Nos fuimos al mundo, con mamá merodeando por ahí, por si acaso era necesario un médico, un maestro, un exterminador de monstruos o un superhéroe. Andaba por ahí, las veinticuatro horas del día, como en una especie de guardia permanente, a la vez vigía y bombero, mirando alrededor para ver las amenazas antes apenas aparecían porque de otro modo se llegaba tarde. En ese sitio más amplio, desde donde salíamos al mundo de tanto en tanto como para ver de qué se trataba esa inmensidad que acechaba detrás de las puertas y de las ventanas de la casa. Nos enteramos un par de años después que había un lugar que se llamaba escuela y es como que ahí empezó todo, entre otras cosas la conciencia que incluía la certeza de que mamá empezaba a perder potencia y había zonas donde no le llegaban los ojos y por eso de a poco le fuimos dando otro lugar porque no había modo de permitir que se fuera. Si de nosotros hubiera dependido, todas las mamás estarían, al menos hoy, al lado nuestro como siempre. En cualquiera de los sitios en los que nos va colocando la vida a medida que pasa el tiempo. Hoy dependió de mí. Hoy la traje desde donde vive hace diez años y me di cuenta que está mucho más cerca que entonces, cuando se apagó para siempre en su forma conocida y se hizo habitante mía hasta el momento en que nos encontremos donde sea que ella, conociéndola, haya decidido instalarse. Tal vez ahí le pueda volver a agradecer el gen de los libros, el gen de la curiosidad, el gen de la sensibilidad. En una de ésas le doy esos abrazos que no le di en su momento o evito un par de decepciones que sé que le dolieron y quién te dice, no las transformo en triunfos y de paso le regalo de corazón cada una de las medallas. Quién te dice que ahora que la tengo tan cerca, ten en mí, tan habitante, si depende de mí, no la dejo ir de nuevo porque el mundo, mi mundo no sólo la extraña, no solo la añora, sino que la necesita para que valga la pena vivir en él.

Faliz día, mamá. Nos estamos viendo

vieja

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