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Mientras delante de nuestras narices la tragedia, la injusticia, la exclusión, la corrupción y la inmoralidad pasan desfilando con toda la obscenidad de la que son capaces, no podemos permitirnos pensar que nuestro único acto de rebeldía es negarles el aplauso. Si se me permite y sin la menor intención de faltarle el respeto a nadie, ni siquiera a los cobardes, cuesta creer que seamos tan poca cosa, tan insignificantes como para permitir que la mugre nos llegue hasta el cuello o más arriba, sin hacer el menor movimiento, sin que ni siquiera dé la impresión de que somos conscientes que en algún momento hay que limpiarse porque se sabe desde siempre que la suciedad contagia mucho más que la higiene, el caos mucho más que el orden y la fácil, la que salva, la que permite zafar hoy (mañana veremos). Esa, esa tiene muchísimo más poder de penetración que la perseverancia, el esfuerzo, la persistencia en el camino correcto, la paciencia y la certeza interior de que los resultados “mágicos” son tan fugaces que muchas veces nacen muertos.
Mientras tanto, vale la pena volver a leer lo que alguna vez, hace unos cuantos años, dijo Osvaldo Soriano: “Este país, que cae en todas las trampas de la historia, que soporta todos los gobiernos porque se cree todas las promesas”, tanto como vale la pena recordar lo que escribió allá por 1934 Enrique Santos Discepolo y que llamó “Cambalache”:

Vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos…
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor
Ignorante, sabio o chorro
generoso, estafador
Todo es igual. Nada es mejor
Lo mismo un burro que un gran profesor
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón

Más de ochenta años después, la vigencia de cada una de estas palabras está intacta, así como no pasa de moda ni pierde actualidad un monólogo de Tato Bores. Por algo será. Por algo siguen intactas las manchas que de tanto estar en la piel de nuestra sociedad, es como que se han vuelto estigmas, de tal suerte que “roban, pero hacen”, “los que estaban antes eran peores que estos”. Jamás “estos son mucho mejores que los que estaban antes”), “algo habrá hecho”, lo que justifica una desaparición, una que otra sesión de tortura o incluso un asesinato puro y duro en nombre de una Nación Grande que en ese entonces para construirse parecía necesitar llenar sus cimientos con cadáveres, tantos como fuera posible porque la muerte rondando por el vecindario tiene un poder de disuasión insuperable, es ciento por ciento efectiva para instalar o reavivar miedos primarios y para convertir una sociedad decente en un laberinto hecho con muros impenetrables y helados de puro silencio, a la que recompensaron por las molestias con un Mundial de fútbol hecho a la medida del déspota de turno, con un ganador anunciado que no ha podido pese a que pasaron casi cuarenta años, hacerle creer a gran parte de la gente que lo suyo fue legítimo.
Hoy esos asesinos o al menos la enorme mayoría de ellos, ya no matan. Muchos han muerto de viejos, otros han escapado hacia quién sabe dónde, algunos entran y salen de la cárcel dependiendo del humor de los jueces, de la temperatura ambiente, de la necesidad de cortinas de humo y de la presión de quienes piensan que aún no se ha cerrado el círculo. Lo cierto es que ese estado criminal parece ser cosa del pasado. Hace mucho tiempo que se ha ido atenuando hasta casi desaparecer el miedo a los Falcon verdes, a los controles del ejército en ciudades y rutas. El miedo a pensar, a hacerse preguntas, a que se crucen ideas extrañas y se noten en la cara. Todo eso ha ido perdiéndose en gran medida por el paso del tiempo y también, a qué negarlo, porque nos fuimos convenciendo muy de a poco, podría decirse que gota a gota, que hay cosas que no tienen oportunidad de regresar una vez que se van.
Sea como sea, lo cierto es que los monstruos de aquel entonces hoy son a lo sumo rezagos indeseables y degenerados de una pesadilla que duró siete años eternos que para muchos de nosotros parecieron siete siglos. Son lo que queda, tal vez con menos entidad y mucha menos materia que un fantasma. Decrépitos, encorvados por los años y quisiera creer que también por el peso de la vergüenza, aunque esto no me parece que sea más que una ingenua expresión de deseos porque los perversos no se arrepienten, no son capaces de medir sus actos con ninguna vara moral, tanto así que algunos de ellos se declaran hasta orgullosos de haber hecho lo que hicieron. Igual que en la Alemania Nazi, ni más ni menos. Una cuestión de grado, si es que se puede gradar el accionar de los monstruos, seres abominables que no saben de puntos medios y menos aún de límites a la hora de hacer daño.
Sería fantástico decir que aprendimos, que no vamos a repetir errores que nos llevaron al desastre, nos obligaron a revolcarnos como Nación en un mar de inmundicia que por acción u omisión permitimos que adquiriera extensión y hondura suficiente. Sería bueno tener la seguridad de que mañana por la mañana, al despertarnos, el nuevo día no se inaugurará con el desfile de las desgracias que acude a la puerta de cada uno puntualmente, ni bien despunta la mañana. Sería espectacular que volviera la confianza, que no sea mala palabra “lo público”, especialmente en salud y educación y que por el contrario, recuperen el orgullo que estos años han arrastrado sin piedad por el barro. Sería tan importante que volviera el respeto por el otro, expresado en actitudes mínimas que van desde el modo en que nos conducimos por la calle, la desaprensión con la que tratamos los desperdicios y el descuido que tenemos hacia nuestros espacios públicos y en este sentido, qué fabulosos sería que quitaran las rejas de las plazas y de paso, de las casas para dejar de estar enjaulados en este país en el que las jaulas las ocupan los inocentes, mientras muchos culpables convictos y confesos disfrutan hasta el hartazgo del aire libre.
Qué auspicioso sería que mañana mismo cayeran las máscaras y dejáramos de pensar que somos los mejores y usáramos para dar el primer paso hacia la excelencia esa cantidad de energía que hasta hoy perdimos vanagloriándonos por logros inexistentes, al tiempo que despotricábamos contra este mundo que no nos comprendía, contra los dioses que se ensañaban con esta tierra de promesas y contra nuestros gobernantes, a los que vaya coincidencia, nosotros elegimos. Que caigan las máscaras y los mitos, así antes de persistir en el convencimiento de que seguimos produciendo profesionales de excelencia, que tenemos la mejor carne del mundo, que nos sobran las riquezas, que somos derechos y humanos, que tenemos los sentimientos y la sensibilidad a flor de piel y no como los europeos o los japoneses que son fríos. Que caigan las máscaras porque de otro modo no hay salvación posible, porque de otro modo vamos a seguir con la idea de que Dios, si es que acaso existe, es argentino.

igual

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