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El flamante Ministro de Salud Pública de la Provincia dio a conocer a la ciudadanía las principales líneas de trabajo que su cartera emprendería sin demora y dijo que Salta tenía la ventaja de poseer “tres Ministerios” para trabajar en temas tan importantes como la desnutrición y la mortalidad que están golpeando fuerte a los niños de la provincia, el dengue que como bien dice el aviso, parece que llegó para quedarse y el primer nivel de atención que al menos desde que yo trabajo en Salud Pública, se ha comportado como un auto sin batería porque no hay fuerza de la naturaleza que tenga el poder de lograr que arranque. Ni empujándolo cuesta abajo con el contacto puesto. NI siquiera una tos, un carraspeo, un tironeo esperanzador, una señal mínima de que debajo del capot le queda algo que puede funcionar.
Primer nivel se comporta como los viejos Citröen que tenía embrague centrífugo o las monstruosas máquinas modernas con caja automática de no sé cuántas marchas. Con esos aparatos, no se logra nada, ni siquiera juntando voluntad, onda, empuje y paciencia porque la única solución es ponerles una batería y ahí viene el otro problema en el caso que os ocupa y es que hasta donde se sabe, no se han inventado las baterías para hacer arrancar los dispositivos del estado, se llamen como se llamen y tengan la misión que tengan, porque da toda la impresión de en el interior de esas dependencias, ha germinado con todo éxito la idea de que dejar las cosas como están es la mejor solución para conservar los pellejos de los que, como suponen ser el centro del mundo, no tienen el menor interés ni la menor intención de mirar más allá de los confines de su escritorio y si de tanto en tanto se les da por ensayar algún movimiento, no habrá que dejarse engañar porque será seguramente una manobra rotatoria que no busca el cambio ni menos aún poner las cosas en su lugar. Ese movimiento periódico que esta gente realiza está destinado a ajustar lo mejor posible el tornillo que los mantiene en unión solidaria e indefinida con sus sillas.
Tres Ministerios son un importante recurso para abordar temas de semejante envergadura y que desde hace años impactan en nuestra población, cada vez con más fuerza y eficacia porque día a día aumentan los que viven más allá de los márgenes de la dignidad que es el lugar donde asientan lo que queda de sus cuerpos los excluidos, los vulnerables, los que negocian día a día con el hambre para ver cómo se aguanta, los que deben elegir constantemente quién o quiénes de la familia van a tener más vacío el plato, quién o quiénes verán pasar el pedazo de pan del mate de la noche demasiado lejos como para escamotearle unas cuantas migas, por lo menos, los que sienten miedo de sólo pensar en el invierno por el frío, en el otoño por los vientos y en el verano por las tormentas, aquellos que no han encontrado aún nada en la primavera como para penar que puede ser su tiempo de paz mínima, microscópica, pero paz al fin. Los que viven fuera de los márgenes son esos que para recordarnos que existen, no han encontrado aún mejor alternativa que un pedazo de plástico y unos palos clavados directamente en la tierra y de ahí en adelante, esperar comprensión o topadoras y entretanto, los buitres disfrazados de punteros políticos, en muchos casos de “partidos de izquierda” o simples carroñeros profesionales sin otro calificativo, los llenan de promesas, los estafan, los adormecen, les anestesian la conciencia a fuerza de engaños y al final, cuando se asienta el polvo que han levantado las topadoras, ellos se quedan ahí, sin fuerzas, sin el pedazo de plástico y sin los palos que habían logrado clavar directamente en la tierra. Cuando se asienta el polvo, al mismo tiempo los termina sepultando, mientras nosotros, los del lado de allá, donde las cosas funcionan de otro modo, hacemos de cuenta que ellos no existen o al menos que ni remotamente se nos parecen.
Tres ministerios es una maravilla como despliegue de infraestructura y de logística estatal. Cientos de expertos que trabajarán en equipo para generar soluciones a todo tipo de problemas, con la velocidad y eficiencia que sólo la fábrica de chocolates de Willy Wonka puede ostentar. Uno se hace la imagen de una línea de producción por cada ministerio, con una gran rueda de orientación para que cada asunto siga la vía que le corresponda para ser tratado. Por un extremo ingresan, después de haber sido direccionados, los problemas, las necesidades, las demandas, los deseos, las expectativas y los sueños de la gente, esos expertos que se sitúan de manera estratégica a lo largo de la línea de producción, se van ocupando da cada uno de los temas con la celeridad de un operario japonés (o de un robot) de la Toyota y de su oficina salen únicamente soluciones de probada eficacia que neutralizan todo lo malo que le puede suceder a una persona que no ha tenido la fortuna de ubicar su humanidad de este lado de los márgenes. Se necesita saber qué enfermedad tiene ese paciente, el equipo médico del ministerio hará el diagnóstico, propondrá el tratamiento, proveerá lo necesario y dando por hecho que el ciclo se ha cerrado exitosamente, archivará las actuaciones en la enorme carpeta de “casos solucionados” y que pase el siguiente.
Si un niño no alcanza el peso que se supone que debería alcanzar a cierta edad y con ello pone en peligro su desarrollo y su futuro, este problema alcanza el extremo de entrada del correspondiente ministerio e ingresa sin más ni más. Una vez dentro, legiones de expertos luchan a brazo partido por analizarlo, determinar su magnitud y proponer una serie irreprochable de alternativas de solución que parecen recién sacadas de un manual. El alivio a esa penosa y hasta trágica situación se alcanzará casi de inmediato gracias a la mirada técnica, objetiva y aséptica de los profesionales que para algo se han pasado la vida estudiando el tema y a no dudarlo, saben una banda. Se llega a la conclusión entonces de que se trata de un problema cultural y se opta por empatizar con esa gente ignorante que no tiene la menor idea de lo que hace ni de cómo funciona el mundo real, se les lleva a partir de ese momento a sus casas (o como quiera que se llame donde viven) una bolsa con cosas que ellos no comen, ni tienen la menor intención de comer. No obstante, se les enseña a prepararlas en cocinas que ni siquiera vieron en fotos y haciendo un alarde de gentileza, se les explica cómo variar los alimentos para que la dieta no sea monótona y el niño no se canse y termine rechazando alimentos de semejante valor nutricional.
Mientras tanto y sin perder el ritmo, desde el otro ministerio se les comunica que recibirán asistencia del estado por familia numerosa, por desocupación, porque van a la escuela, porque hay un chcio discapacitado en la casa y porque el Presidente, el Gobernador o quien rayos sea, se despertó de buen talante esa mañana y decidió que abrir las arcas y repartir a lo pavote era la llave que abría las puertas de la solución de los problemas de la gente. Se procederá a llenarlos de derechos de un solo saque hasta que se atosiguen y se dejará el tema de los deberes, de las contraprestaciones y de los compromisos para mejor ocasión. Se postergarán esos enojosos asuntos para cuando salgan de esa situación de indigencia que tan mal le hace a las estadísticas de un país, para cuando sus chicos aprendan a comer algunas de las cosas que comen los de este lado, para cuando les vaya bien en la escuela, dejen de repetir tres veces el mismo grado, para cuando ya no haya necesidad de que los médicos de familia de su pueblo los deriven a los neurólogos de la ciudad que obviamente determinarán la existencia retraso mental, les pedirán una tomografía computada que viene con radiaciones ionizantes como souvenir. La “cajita infeliz” se completa con un pedido de hormonas tiroideas, si hay suerte un análisis genético y el test de coeficiente intelectual que por otra parte, está demostrado que no sirve para nada. Uno se pregunta qué pretenderán encontrar los señores doctores sino niños con cerebros devastados, problemas de aprendizaje y dificultades severas de adaptación a un entorno que los amenaza desde su nacimiento. Nadie en su sano juicio puede pensar que el nivel de entrenamiento de Homero Simpson lo convierte en firme candidato para la tercera línea de los All Blacks.
En este punto, como podemos ver, confluyen las acciones de dos ministerios, uno que pone parches a diestra y siniestra sin que se le pase por la cabeza que estaría bueno sacar los clavos de la cubierta y el otro que infla una y otra vez esa rueda que de tan agujereada, es imposible que estalle. Dos ministerios en coordinación ajustada como un fino mecanismo preciso de relojería. Dos ministerios en acción, pero los resultados exitosos no aparecen, ni van a aparecer porque una cosa es tener las herramientas y otra muy diferente es saberlas utilizar para lo que están diseñadas.
Tres ministerios. La envidia de todo un país. Una provincia periférica del norte, muy pocas veces prioritaria a la hora de tenderle una mano, hoy disponiendo de tal arsenal técnico-administrativo para lograr metas tan simples como que se mueran menos niños, que la gente se atienda allí, justo donde debe atenderse, que un pertinaz mosquito deje de hacer de las suyas y entienda que no es bienvenido en la zona, pese a que hacemos lo posible para que se quede. Ese arsenal debería bastar y sobrar para que se garantice que toda la población infantil de la provincia va a tener el peso y la talla que le corresponde, de tal modo que la desnutrición desaparezca de la agenda para no regresar nunca más. Tres ministerios son más que suficientes para condenar al olvido las imágenes de guardias de hospital abarrotadas y centros de salud cerrados con llave después de las ocho de la noche, la visión de niños en estado lamentable que pasarían inadvertidos en el más postergado de los países del Africa profunda, donde muchos, demasiados, son como ellos. Nacen, viven (o más bien sobreviven) y mueren (antes de tiempo) igual que ellos. Ni más ni menos.

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