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Los ojos clavados en el piso, la mente perdida por el agotamiento y una profunda sensación de desánimo esparciéndose en mi interior igual que una mancha de aceite. Una vez más, las fuerzas enemigas habían hecho cabeza de playa y estaban a punto de tomar nuestras precarias posiciones, sostenidas por un puñado de voluntariosos que aún creían que dar la piel por la causa tenía algún sentido. Ese manojo de héroes de cabotaje había visto venir el derrumbe. Año a año, en las últimas décadas, había asistido al descenso evidente y obsceno de toda tentativa de instalar varas de medida que fueran justas y eficientes para separar a merecedores y no merecedores de un título de grado universitario y por extensión, de alguno de los post-grados que proliferaban como maleza, sin control alguno, proliferación que mucho tiene que ver con este signo de los tiempos que es la depreciación del desarrollo profesional y personal del recurso humano (al que llamo así sólo porque es un término que entendemos todos) que mueve hacia adelante una nación, desde su rol de fuerza de trabajo poniéndole el cuerpo a la tarea o como la expresión de gestión del conocimiento que permite mirar más adelante aún mientras se va delineando un horizonte que sea posible de sustentar en el tiempo, sin esos sueños megalomaníacos piloteados por insanos “elegidos por el pueblo”, sin las restauraciones del orden a punta de fusil y a paso de bota porque “el pueblo lo pide y golpea las puertas de los cuarteles” (otra vez el pueblo, palabra que se repite a lo largo de nuestra historia como si fuera parte del un estribillo de una canción pop), sin la gastada y falsa “promesa de un país mejor”, formulada desde partidos inoperantes, carentes de reflejos políticos, ajenos a la realidad que se vive y sobre todo, embanderados detrás de la honestidad, a la que hacen aparecer como una virtud, cuando en realidad, debe ser una obligación de cualquier persona de bien que viva en sociedad, ocupe o no ocupe cargos, aspire o no a una carrera política, llegue o no a un sitio relevante en un gobierno.
Se trata de contexto. Puro y duro. Nada de lo que nos pasa como país, como ocurre en cualquier sitio del mundo, puede ser sacado de la realidad como si fuera una muela del juicio y analizarlo así, despojado de lo que lo ancla al momento de la historia que le corresponde. No es posible, entonces, abocarse a la reflexión seria de una actividad humana, en este caso la salud, sin atenerse a ciertas reglas de juego. La primera es simple y taxativa: En el debate de todo asunto en el que intervengan personas, se pueden reconocer por lo menos dos posiciones básicas que a su vez reconocen un gran número de matices más o menos definidos que de alguna manera establecen una que otra diferencia. Planteado el tema, se suele fijar posición, de tal suerte que en principio se está a favor o se está en contra, al menos en los aspectos generales. Dicho así, se puede entender que se plantea de entrada una suerte de pelea mano a mano entre dos fundamentalismos de dirección opuesta. No debería ser así porque es de suponer que en la mayoría de las discusiones deberían existir ciertos acuerdos de base que liman asperezas y hacen menos complicado el debate. No es lo que parece, al menos hoy en nuestra historia local situada en esta provincia periférica. No conviene de modo alguno asumir como verdad revelada que la masa crítica que se desempeña en el área de la Salud Pública (o en cualquiera del estado) comparte ciertos valores en una especie de consenso básico fundamental y menos aún que los tiene incorporados no sólo a su discurso, sino a su accionar de todos los días.
No deberíamos ir tan lejos en el razonamiento y poner en el tapete las competencias básicas. Nos vengamos más acá y pensemos en lo que podemos entender como valores y actitudes relacionadas que fortalecen la convivencia social, como el respeto por el otro, el cuidado y la preservación de los bienes y espacios comunes, la solidaridad, la generosidad, la verdad como precepto, la priorización de los deberes sobre los derechos. Nos detengamos en estos valores y actitudes y en un pequeño esfuerzo de focalización, tratemos de añadir algunos específicos para el colectivo de la salud y más precisamente, de la salud pública. Comencemos con la obligación de cada uno de los integrantes del supuesto “equipo de salud” (no lo es ni tiene visos de serlo) de desarrollarse desde el punto de vista profesional y humano, tratando de ser mejores mientras mantienen un delicado equilibrio entre la adquisición de conocimientos técnicos y la optimización de su relación con los demás. No sólo con sus pacientes, sino con los compañeros de trabajo, con sus superiores, con la sociedad en su conjunto y sus diferentes sectores, relación que sólo puede mejorar si se reflexiona tomando como eje una pregunta en apariencia simple: ¿Cómo me estoy comunicando? En este sentido, está bien que cada integrante de los grupos de trabajo mejore sus competencias técnicas para acercarse día a día a una prestación más segura y con menos riesgo de fallos, pero no está tan bien si esa mejora se produce a expensas de un distanciamiento con los sujetos que le dan sentido a la profesión, es decir los pacientes, si estos técnicos de excelencia se van separando de la gente, adoptan un lenguaje que es cada vez más complicado y en lugar de tender puentes, se dedican a colocar barreras. Perder de vista que la solución de un problema de salud suele ir más allá de la mera compostura de un tejido roto o de un órgano lastimado. La solución que por otra parte es incompleta en un buen número de casos, se sustenta en la asistencia al paciente que bueno sería recordarlo, se sigue basando en el precepto: “Curar a veces, aliviar a menudo y acompañar con el consuelo, siempre”, teniendo en cuenta que las dos primeras circunstancias no dependen de quienes asistimos solamente, sino que están supeditadas a las posibilidades que nos da la propia situación del paciente, pero a no olvidar que la tercera opción que es la de acompañar con el consuelo siempre, esa sí que depende de nosotros, de nuestro compromiso, de nuestra capacidad de empatizar, de nuestra solidaridad y de nuestra capacidad de dar sin especulaciones de ningún tipo.
Disquisiciones aparte, la prestación de servicios de salud ha de cumplir con una serie de requisitos para ser definida como de calidad. Esta prestación debe ser:

1. Eficiente: En cuanto a que se respeten criterios de racionalidad, tanto científicos y de buena práctica, como económicos en el empleo de los recursos.
2. Eficaz: Se pretende que los resultados de esta prestación sean los mejores posibles en función de los recursos con los que se cuenta.
3. Etica: Que respete los cuatro principios de la bioética, que son el de beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia.
4. Equitativa: Cada beneficiario debería recibir lo que necesita, dentro de un marco claramente establecido de prioridades
5. Segura: No es admisible que el paciente sufra daño adicional al de su enfermedad de base mientras se halla dentro del sistema y supuestamente a su cuidado.
6. Centrada en el paciente: Por definición, el centro del escenario ha de estar ocupado por el paciente, ya que el sistema tiene como objetivo básico promover, preservar y restaurar su saluda, a la vez que prevenir la ocurrencia de situaciones patológicas.

Pocas cosas son tan claras como estos seis puntos. Claro como decir que quienes no los respetan o los incumplen, no están prestando servicios de salud y en el razonamiento de estar a favor o no de un asunto en un debate, son, por así llamarlos, el enemigo porque convengamos que quien no adhiere a estos postulados que definen los sistemas de salud de calidad, reducen su actividad, en el mejor de los casos, a la mera reparación de cuerpos estropeados, sin considerar no sólo las seis características mencionadas, sino que además dejan de lado la intensa interacción humana que implica asistir, interacción que se sustenta en la comunicación que debería mantenerse en todo momento a la altura de las circunstancias.

Tregua

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