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A Leonel Messi

No me lo tenés que decir a mí, justamente a mí. Qué me vas a explicar. Que tenías toda la presión encima, que sentís que de la boca para adentro medio país te putea aunque hagás lo mejor posible las cosas. Que no sos perfecto, por más que la prensa se empeñe en hacerle creer a la tanta gente, crédula por definición y necesidad, que sos poco menos que un nuevo Mesías (mirá si se enganchas los judíos con la idea, la que se armaría). Qué me vas a contar. Que enfrente tenés once perros de presa que tienen toda la intención y las ganas de servir de aperitivo con una cervecita fría para degustar apenas empieza el partido, once perros de presa con la misión de evitar que hagas con la pelota lo que mejor sabés hacer que es homenajearla con esa magia que se ha ido a vivir a tus pies, pero que sigue bajo el mando de tu cabeza que la tiene más clara que ninguna que yo haya visto hasta hoy. Qué me vas a decir. Que el fantasma “del Diego” te ronda como un buitre, esperando el momento preciso para sacarte los ojos de una vez por todas, que en tu club, el que te pagó el tratamiento para ser más alto, te dicen con toda la sutileza posible que te cuides y que nada de meterte en el foso de los cocodrilos porque si no la “casa blaugrana” pierde millones de Euros, Pesetas o lo que sea. Guita al fin. Guita que depende tanto de vos para llegar en cantidades que valga la pena a las arcas del club que cuando te lastimás o incluso cuando te resfriás, nubes negras casi sólidas desfilan tan raudas como ominosas sobre el cielo de Barcelona. Nubes que no se disipan como todas con una lluvia o una ráfaga de viento, sino con el sólo hecho de que pises de nuevo el pasto y hagas unas cuantas de las tuyas.
No me lo tenés que decir a mí, pero te agradezco que lo hagas porque en una de ésas te puedo dar una mano. MIrá que de esto de ponerte de todo en la mochila para al final la terminés cargando vos solito, algo sé. Te entiendo, hermano. Pocos se acuerdan que hay 10 más que diez más que se supone que juegan del lado tuyo y que deberían de tanto en tanto, mandarte una ola que no sea cuadrada para que vos tomes la decisión correcta y la metas por el palo que te quede más a mano. Ese y sólo ese es tu trabajo, querido. Que te empeñés en decorarlo y en ponerle todo el arte que un ser humano es capaz de ponerle, es una opción que desde siempre tomaste vos, sin que nadie te lo pidiera. Sos el artista y el artista es el que manda en su obra, pero alguien tiene que ocuparse de que no falten pinceles, colores ni lienzos. De la imaginación, de la creatividad, del genio, te encargás vos porque sos el que lleva puesta la magia.
De eso no cabe la menor duda, pero pasa o me da la impresión de que no todos los que juegan en tu equipo entienden de qué va la cosa, ni tienen claro que en la Selección, al menos, todos son importantes, pero hay algunos más importantes que otros. Es como no entender que si la instrumentadora no le pasa el bisturí al cirujano del modo correcto y en el momento justo, puede salir mal la cirugía o no darse cuenta que si el mozo lleva la orden equivocada a la mesa del cliente, también pasan cosas que nadie quiere que pasen. Es simple, hermano. Si en fútbol no se puede patear el córner y cabecear, tampoco se puede ser chofer y pasajero, caballo y jinete o Lennon y McCartney al mismo tiempo. Es como que a vos te vieron una pasta de héroe que por suerte no tenés. Vos sos un excepcional jugador de fútbol, sos un tipo de un talento increíble, vos le das belleza a un deporte que de por sí es bello. Partiste en dos la historia y al menos en los que amamos la redonda bien tratada, hay un antes y un después de Messi, como magistralmente lo escribiera Hernán Casciari en “Messi es un perro”. Vos sos un chico de barrio que no se mareó cuando subió a la cima, que formó una familia con la novia de toda la vida y que se me ocurre que necesita que de tanto en tanto lo dejemos tranquilo porque no te veo en fiestas de la farándula o vareando chicas llamativas de acceso sencillo como una actividad habitual de todos los días. Sí te veo desparramado en el sillón del living de tu casa viendo la tele y dejando que tus hijos hagan uso y abuso de tu persona porque para ellos sos papá y apuesto guita de la grossa que ese es un título que no querés que te saque nadie y al que vas a defender con tanta o más convicción, valor y habilidad como a la querida número cinco que también te hace feliz. Sos todo eso y seguramente mucho más que en este momento se me escapa, pero no sos un héroe, o al menos no sos ese héroe de capa y superpoderes que nuestra mentalidad infantil pretendemos que seas.
A mí me lo vas a contar. Es mucho para una sola espalda. Es mucho llevar todas las esperanzas, los sueños y las ilusiones de gran parte de un país que de frustraciones, de estafas, de desilusiones, de mentiras y de falsas promesas sabe mucho más de lo que quisiera. Esas cosas, las buenas y las malas, se cargan y se soportan entre todos porque no hay otra manera de ir para adelante porque es demasiada la carga y a la corta o a la larga, la espalda se va a partir en dos y se acaba la historia así, de una y entonces, las esperanzas, los sueños y las ilusiones de una gran parte del país quedan al costado del camino, a la intemperie, juntando tierra mientras se secan, se van olvidando de a poco y al final desaparecen como han desaparecido tantas cosas que si hoy estuvieran donde debería, nos darías la posibilidad de ser mucho, muchísimo mejores de lo que somos. Quién te dice que juntando todas las cosas que dejamos escapar no seríamos hoy un país en serio, donde valga la pena levantarse a pelear cada día porque volvés a tu casa a la tarde y el tiempo es tuyo y no de esta manga de sinvergüenzas que robaron, roban y robarán a lo bestia con la excusa de que están llevando al país a un futuro mejor que vaya coincidencia, todavía no llega.
No me lo tenés que decir a mí, justamente a mí que después de 30 años en Salud Pública ni tuvieron la gentileza de darme la medallita y no porque yo sea un tipo especial, un héroe, alguien que cambió la historia de la medicina, un pionero en las nuevas técnicas de diagnosticar y tratar a los pacientes. No me la tenían que dar a esa bendita medalla porque fuera un ejemplo a imitar por mi ecuanimidad, mi respeto tajante hacia los principios de la bioética, porque haya reconocido uno a uno los errores y haya hecho esfuerzos sobrehumanos por corregirlos, por el bien del paciente y del sistema, se sobreentiende.
No estaban moralmente obligados a dármela porque yo haya dedicado horas y horas a enseñarles a los más jóvenes, por amor a la docencia y por perseguir la ilusión de que desde mi lugar de maestro (prefiero ese título al de profesor) podía hacer algo para que la vida de los profesionales jóvenes transcurriera por meridianos diferentes a los que marcan la de los que actualmente están, como se dice, en la cresta de la ola y miran al mundo desde tan arriba que es dudoso que sin algún artefacto óptico puedan ver gran cosa.
No me tendrían que haber dado la medalla, insisto, porque yo me la mereciera gracias a méritos y logros que nadie no siquiera soñaría alcanzar, por ser una versión contemporánea de Osler, Favaloro, Maglio, Agrest, Bloomfield o Bell, versión tan mejorada que estos próceres de la medicina, salvo Maglio que por fortuna aún vive, sería molestado en su eterno descanso por las multitudes vivando mi nombre.
No me la tendrían que haber entregado en un sencillo, pero emotivo acto por nada de eso. Me la tendrían que haber dado porque cumplía 25 años en la profesión, por persistencia, por antigüedad, por haber alcanzado el tamaño exacto de próstata que se requiere para acceder al homenaje, por haberme aguantado dos décadas y media de fila hasta que por fin me toca el primer lugar y resulta que mi nombre no aparece, por obra y gracia de la omisión inintencionada, quiero creer o siendo un tantito paranoico y dándome más importancia de la que realmente tengo (inicio del momento de pedantería), puede explicarse porque a lo largo de mi carrera he irritado a más de uno, he abjurado del corporativismo, he sido un fundamentalista anti congresos, no tengo charlas de temas técnicos con APM (vulgarmente llamados visitadores médicos o “valijas”), porque no estoy prendido con ninguna obra social ni empresa alguna que produzca tecnología médica (léase insumos, imágenes o drogas), lo que explica que por ese lado al menos, no tenga cómo juntar millas para volar al exterior en mis vacaciones y que cambiar el auto me cueste uno y la clara del otro.
No soy tan importante como a veces, sólo a veces, me gustaría serlo. Más bien tiendo a ubicarme para el lado de los perejiles, con decir que ni jamás se me pasó por la cabeza ser socio del Círculo Médico y por ende, no pude desde allí defender con todos los recursos a mi alcance a mis colegas de un sistema opresor que los esclaviza, que los tiene en jaque contra la pared con tanta demanda por mala praxis, con tanta presión para que sean “productivos”, con tantas restricciones por parte de los auditores que les impiden hacer su trabajo como se debe, sobre todo, les coarta la posibilidad de “pedir de todo”, porque “tengo que cubrirme”. Mirá si me como una demanda, dicen con la convicción del que se cree inocente, pero se sabe al menos responsable. Que los costos, las consecuencias de los resultados confusos de muchos estudios innecesarios y los sobrediagnósticos los pague quien está habituado a pagar que es el paciente. Interesante. En la Facultad y hasta hoy, tuve la idea de que el paciente es el centro de nuestro sentido médico. Sin pacientes, los médicos no tendríamos razón de ser, pero cómo habrá cambiado la mano y el ritmo de la comparsa, que ahora con esto del pánico a salir en los diarios sentado en un banquillo, la medicina defensiva ha puesto al médico en el centro del escenario, con lo que, apelando al lenguaje sobrio de los científicos de las disciplinas duras, se pude decir con contundencia: “se pudrió todo, chabón”.
Lio. Hermano querido. ¿Mandaste un penal por encima del travesaño? Evidentemente nadie te contó la cantidad de penales que mandé a las nubes en mi vida, ni te dijeron cuántos de esos definían partidos importantes, algunos más importantes que una final de Copa América. ¿Te equivocaste en unos cuantos pases? Fenómeno porque eso le sucede, como errar un penal, a los que dan pases y patean penales. Martín Palermo que erró tres contra Colombia el 4 de julio de 1999lo dijo: “Erran penales los que los patean”. Es sencillo dar indicaciones en una tribuna, frente a un LED de 50 pulgadas o en una platea con servicio de catering. Desde allí, todos te van a decir cómo es que se debe jugar al fútbol y cómo es que no, pero a la hora de calzarse los botines y salir de corto ahí, donde las papas hierven, sólo van ser once contándote a vos, como te dije antes y no todos al mismo ritmo, no todos sintonizando la misma frecuencia y no todos con la decisión tomada de dejar todo en la cancha. Dicho esto: ¿Sos vos el que se tiene que ir? Me parece que la mano viene al revés y que salvo vos y unos pocos más, lo mejor que podría pasar es pidamos como en el 2001, “que se vayan todos”, todos los que se ocuparon de deshilachar el fútbol y dejarlo hecho harapos, de convertir tantos clubes en cuevas de ladrones y aguantaderos de los barrabravas donde todo tiene un precio cada vez más alto y a la vez vale menos día a día. Los que se encargaron de inaugurar una nueva era en el trato de personas que ahora es gentil y políticamente correcto. ¿Vos te tenés que ir? Dejá que primero se vayan los periodistas que pareciera que disfrutan metiéndote y sacándote del aceite hirviente, que te encajan la bandera de salvador de la patria sin tener en cuenta que cualquier patria necesita cientos, miles, decenas y cientos de miles de salvadores porque si no, se hunde sin remedio.
No te tenés que ir, hermano. Llorá la tristeza que te llena y llorala gota por gota hasta que se seque. Reputeá al que vos entendés que se lo merece y poné cada personaje en el lugar que corresponde. Eso sí. Una vez que hayas hecho estas tres cosas, calzate de nuevo la ¡= celeste y blanca y renovanos la ilusión de que por el sólo hecho de que estás de nuevo en una cancha con la Selección, ha resucitado el fútbol.
Que así sea, Lío.

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