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Hace un tiempo, bastante si he de ser preciso, leí que una persona se convierte en adulto cuando es capaz de perdonar a sus padres. Me movilizó el concepto, no lo voy a negar y desde ese entonces me viene repicando adentro, cíclicamente, como una campana que me avisa de una tarea pendiente que a la corta o a la larga tengo que finalizar porque de otro modo me quedaré semienterrado en un ciclo que no corresponde a mi edad, dentro de un barro que con el tiempo se irá secando, con lo que estaré condenado a la inmovilidad por no haber sabido sortear la ciénaga a tiempo.
Perdonar qué, podría pensar una persona común, de a pie, que hace del cuestionamiento un lujo, una actividad suntuaria e incluso lo convierte en un obstáculo para seguir adelante en su paso por la vida. Es claro que la lleva mejor alguien que ha optado por ser un corcho porque al menos tiene la garantía de no hundirse, que aquel ávido de respuestas que no puede dar demasiados pasos sin que le salga al cruce una pregunta y menos aún es capaz de permitirse la desconsideración de renunciar al intento por cerrarla. Mi naturaleza encaja con el segundo grupo. Vivo haciéndome preguntas y estoy convencido que si anduviera por este camino con dos bolsas, la de las respuestas estaría mucho más vacía.
Una pregunta que se reitera cada vez que trato de tener un encuentro conmigo mismo es justamente qué debo perdonarle a mis padres. Hoy, por más comercial que sea la cosa, el día está dedicado a los papás y en este sentido, nos encontramos en una amable reunión frente a nuestros hijos que mientras nosotros tratamos de consolidar un amor asimétrico que nos unió a nuestro papá, sobre todo si ya no anda por aquí, empiezan o ya están en pleno trámite de incubar las razones que harán que sea necesario para ellos perdonarnos algún día, si acaso eso les fuera posible.
Papá: Ya estoy en la parte final de lo que se supone será mi existencia. Si bien no está dentro de mis planes a corto plazo morirme, me parece que, conforme a lo que me enseñaste, es mejor tomar ciertas precauciones y organizar asuntos pendientes para que el último día no nos encuentre con las valijas a medio hacer, sin bañarnos y absolutamente ignorantes de dónde pusimos los pasajes, la plata y el pasaporte. Las cosas hechas a último momento, con la presión del apuro, salen mal, incompletas, desprolijas y creo que un tipo como vos no se merece tal enchastre porque si algo tenías, era tu respeto a las formas que tal vez no haya sido ni por lejos tu cualidad más saliente, pero es innegable que te distinguió siempre.
Tengo que decirte que no encuentro nada en mi historia en relación con vos que merezca ser perdonado. No tengo por qué perdonar tu afán por “venderme” como una especie de fenómeno de circo que leía desde los 3 años, hacía las 4 operaciones básicas desde los 4 o 5 y que hablando, más que un niño de jardín, parecía un enano. Tampoco me parece que merezca ser perdonada tu intransigencia en cuanto a las obligaciones, tu insistencia en definir a un 8 como un empate, un 9 como triunfo ajustado y un 10 como obligación cumplida. Podemos convenir que te pasabas un poco de la raya con tanta exigencia, pero a la vez era tu manera de expresar en números (el universo donde mejor te moviste siempre) cuánto creías en mí. Que yo no haya estado a la altura de la metáfora en ese tiempo de adolescencia temprana, no era tu problema, de onda te lo digo. Uno no puede estar en todo, más aún si enfrente o al lado hay otro ser humano al que se supone capaz de seguir un tren de pensamiento con cierta dosis de dignidad.
No tengo por qué perdonarte tu actitud frente a una decisión que de manera errónea interpreté como un mandato. Opté por la independencia formal de un modo demasiado drástico, sin darme cuenta de que estaba escapando de una cárcel que no existía para ir con la mansedumbre de un cordero a otra real, tal vez sin barrotes como los conocemos todos, pero sí con un cerco de obligaciones e imperativos que debía cumplir para no traicionar ni traicionarme. Como era previsible, fracasé y eso no fue para nada culpa tuya, como tampoco lo fue no haber conseguido con tu esfuerzo que yo brillara a la altura de mi supuesta (por vos sobre todo) potencia lumínica que creías (al menos esa impresión dabas) que era suficiente como para cambiar el aspecto del universo, despojándolo de más de una sombra.
Menos aún tengo por qué perdonarte todos los intentos por dejarme huellas, por hacerme mejor, por insinuar que para la mayoría de los problemas hay casi siempre más de una alternativa de solución, por ver por mí cuando yo daba toda la sensación de ser un ciego, por estar más veces de las que yo suponía necesitarte (incluso hoy estás). No veo la razón de perdonar tus brazos abiertos que al cerrarse alrededor mío las veces que lo hicieron, se convertían en una fortaleza en la que yo me sentía completamente a salvo. Tal vez me hubiera gustado repetir más veces ese abrazo, pero eran otros tiempos, con el concepto aún vigente de que los hombre ni lloraban ni se abrazaban si no era estrictamente necesario.
Me opongo a perdonar tu fundamentalismo con respecto a la honestidad, a la palabra del otro con valor de firma con tinta indeleble, tu amor irrestricto con tus nietos, tu perseverancia cuando creías que algo no era como debía ser y tu intolerancia con ciertas cosas que la mayoría de las personas dejan pasar sin demasiado problema. Quedate tranquilo, papá y no es que te esté haciendo precio. Lo que pasa es que cuando uno se equivoca, cuando uno po sí mismo no mide consecuencias ni es consciente de su capacidad de dañar. Cuando uno toma el camino equivocado y se da cuenta que no se puede retomar, creo que debería mirar hacia atrás, que es lo que decidí hacer justo en este momento. Te veo clarito, papá y sé mucho más de lo que te imaginás lo difícil que fue para vos ser como eras, mantener el mito de la “piel de elefante”, tratar de convencer al mundo (yo mucho tiempo me lo creí) que eras invulnerable.
Somos tan parecidos, papá. Casi iguales. Todo a flor de piel, en plena superficie, tan a la vista que para la mayoría de la gente es invisible de tan evidente. Muy parecidos, iguales, papá. Nunca supimos manejar el amor, nunca supimos expresar lo que nos pasaba dentro, nunca fuimos capaces de mostrar que estábamos llenos de miedos y de inseguridades porque, como a tanta gente, nos pasó que el personaje se hizo cargo de la persona y por momentos la anuló. Vos pagaste un precio demasiado alto para que eso dejara de suceder, yo trato de aprender de vos (una cosa más de tantas que he aprendido) y que es mirarse en los hijos, pero no invadirlos, creer en ellos, pero con los ojos abiertos, sembrar su camino de presencia y sobre todo, lo más importante, llenar su memoria de nosotros, para que cuando ya no estemos, sigamos aquí.
Gracias por todo, papá. No creas ni que me despido ni que estamos a mano. Voy a necesitar mucho tiempo hasta que llegue el día en que no te deba nada.

Adultos

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