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Apenas se toma la decisión de entregarse al vuelo y dejar que la imaginación tome el comando, justo en ese punto, dejan de tener importancia la realidad, las convenciones que nos indican lo que debe ser, las reglas que nos sitúan dentro de marcos más o menos rígidos que han de ser respetados y al curso normal del tiempo, con pasado, presente y futuro porque en esta instancia, en la del vuelo, en la de la imaginación como comandante, importa más soñar que realizar los sueños porque con sólo soñar se resucita. Lo demás, es premio, es un motivo más de goce, es el primer escalón de una plenitud que se sustenta en la capacidad para abrir las alas y levantar el vuelo, archivando las precauciones y las previsiones, dejando por el momento en un costado lo que se supone que debe hacer un adulto, que es caminar sin demasiadas preguntas por el estrecho sendero de la realidad que aparece a la vista como lleno de señales que no deben ser confundidas con símbolos y repleto de leyes que no son lo mismo que las sugerencias. En el reino del deber ser, existen caminos demasiado rectos como para que andarlos permanentemente no agobie.
La realidad y los sueños no son visiones contrapuestas ni caminos divergentes para asumir la vida que no es más que el breve tránsito por un mundo hostil que da la impresión de querer desprenderse de nosotros, tal vez porque nos considera una molestia, un contratiempo, un mal que puede ser cualquier cosa para el mundo, menos necesario. No existe contradicción alguna entre ser realista y mantener vigente la capacidad de soñar profundo. Sólo hay que cuidarse de no ser las dos cosas al mismo tiempo porque no hay ni cuerpo ni mente que lo permitan. Cada una de las dos elecciones se rige por premisas diferentes, con muy escasos puntos de contacto entre una y la otra. Son autónomas y en gran medida independientes, a la vez que protagonizan una constante lucha en nuestro interior que no alcanza a reconocer jamás ni un triunfador ni un derrotado indiscutible. Se trata de un estado permanente de tensión que funciona como el motor que nos impulsa a seguir adelante aunque todas las condiciones están dadas para elegir la quietud, la espera, el refugio en la inacción, la salida transitoria del camino o el abandono del vuelo, según sea el caso.
Mirar más allá del horizonte, entender la necesidad de crear un mundo propio, un refugio donde sentirse a salvo de todo lo que pasa allá afuera, donde se puedan recuperar las fuerzas después de un tiempo largo de lucha contra enemigos sólidos o incorpóreos, ambos igual de crueles y de peligrosos. La pelea agota, desgasta y corroe la voluntad hasta dejarla reducida poco menos que a cenizas, de las que, como el ave de la fábula, deberíamos renacer, pero para ello se hace preciso estar en un sitio donde se puedan cerrar las heridas, donde se puedan aquietar las ansiedades y modular los miedos hasta convertirlos en aliados.
Un mundo propio donde se decide quién entra y quién no. Decisiones que se toman, con un cuidado extremo porque equivocarse en la elección equivale a destruir el refugio, hacerlo vulnerable a los ataques y quitarle todo el sentido con el que fue creado. Un propio se crea con mundo con reglas únicas, con la posibilidad de que obstáculos como la distancia y el tiempo (que no dejan de ser convenciones) puedan pasar a segundo plano a partir del momento en que se encuentran dos miradas en el espacio y en ese preciso instante, trazan un camino que parte del lugar al que el otro llegará tarde o temprano. De uno y del otro lado de esos ojos que de tanto buscar, han encontrado y lo intuyen, lo siente, lo saben. A partir de allí, es posible que se despliegue una historia inmensa y única, como único es el mundo que la concibe, la protege de la intemperie y la cobija del frío glacial que viene de afuera, capaz de congelar hasta al más valeroso y osado de los sueños. Una historia única, como únicos e irrepetibles son los protagonistas que se atreven a todo, a pesar del miedo, a pesar de las preguntas todavía sin respuesta, a pesar de las dudas que persisten y a pesar de que tienen la consciencia de que son trapecistas sin red. Ellos vuelan, planean a merced del viento y se dejan llevar por las corrientes hacia cualquier parte porque para ellos cualquier parte del universo es buena, siempre y cuando estén cerca uno del otro. Ellos viven esta historia única sin la presión del siempre y de ese modo la pueden hacer eterna en sí misma porque ha surgido para permanecer latiendo dentro, allí, en esos confines, en esos pliegues que llevamos en lo más profundo y que algunos se han atrevido a llamar alma y puede que no esté mal darle ese nombre, pero en definitiva, sea como sea que se llame ese lugar donde está engarzada la historia, de allí es imposible quitarla.
Hacerse cargo de la historia, caminar al ritmo de sus pasos, a veces diminutos y a veces de gigante, volar a la misma altura que ella vuela, sortear uno a uno sus obstáculos y percibir sus debilidades antes de que esas debilidades se hagan fuertes y ya no haya modo de torcerles el brazo y derribarlas. Apuntalar esa historia cuando no hay posibilidades de que se mantenga en pie por sí misma y sostenerla erguida hasta que los tiempos cambien. Hacerla sólida si se percibe cerca al enemigo y darle música para que sea compañía en un viaje que suele ser siempre más largo de lo que se imaginó al principio. De tanto en tato, detenerse a mirar esa historia por dentro, explorando para ver qué hay de nuevo y que ha quedado intacto de lo que estaba allí, desde el inicio y en definitiva, mirar en qué se ha convertido porque hemos de saber que el control de las historias jamás es absoluto. Hay que estar pendientes de cómo van creciendo esas historias, de cómo se mueven, de cómo aprenden y se equivocan. Hay que estar alerta no dejarlas completamente solas porque en ese caso, si hay descuido o abandono, el tiempo hace de las suyas y allí, donde al principio había dos aventureros dispuestos a todo, sólo quedarán dos sombras, dos náufragos que a la deriva, seguramente no serán capaces de llegar a un puerto seguro, por lo menos juntos.

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