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12 años. Edad suficiente como para tener una historia que no es la que uno imaginaría y menos desearía para un niño porque se supone que a los niños se los debería dejar fuera de la miseria, de la marginación, de la exclusión, de las carencias, del abandono, de la violencia, de la saña y de la crueldad de sus semejantes. A los niños se los debería preservar de lo que pasa y mantenerlos a salvo, por lo menos hasta que estén en condiciones de aprender cómo y de quiénes han de cuidarse. Este es un mundo complicado, donde caminan codo a codo los que lastiman sin piedad al otro y los que hacen lo posible por tenderle una mano, los que miran para otro lado cuando aparece la sangre, los que le ponen al día a día un poquito más de esfuerzo y marcan la diferencia, los que le dan forma las noticias y deciden quiénes serán los que hagan las veces de material descartable, echan a rodar la bola de nieve y desaparecen del escenario un segundo antes de que se consume la tragedia y los que cuando se va asentando el polvo, recorren la tierra asolada para consolar a los sobrevivientes, cerrar heridas o simplemente acompañarlos en ese último tramo de su historia
Hay quienes pasan gran parte de su vida en permanente estado de alerta, esperando un ataque que más temprano que tarde llega y pese la inminencia, pocas veces el enemigo los encuentra preparados para defenderse. Estos blancos fáciles son aquellos que no conocen ciertos privilegios, como comer varias veces al día, de disfrutar una tarde de frío dibujando muñequitos con los dedos en los cristales empañados sin tiritar hasta que se endurece el cuerpo y nace el dolor, de mirar la lluvia que arrecia solo afuera de la casa y no se filtra sin freno por las grietas de las paredes, los huecos entre las chapas mal dispuestas y los agujeros en el plástico. Privilegios, como el de ir a la escuela con zapatillas que sean capaces de ofrecer una capa mullida y confortable entre los pies y el piso, llevar ropa abrigada en invierno y fresca en verano y andar por el mundo con la panza por lo menos empatada, sin el hambre que embota el entendimiento, lo corroe poco a poco, lo vuelve cada vez más perezoso, hasta que lo termina apagando. Hambre que pone el cuerpo en desventaja, anula las pocas fuerzas que quedan y quita las ganas, no sólo de seguir, sino de estar.
13 años de hambre persistente, como los que tenía Oscar Sánchez cuando se murió pesando 10 kg y con su humanidad (no sólo su cuerpo) asolado por la tuberculosis, con el olvido y la desidia dándole un tiro de gracia certero y eficiente que le cerró con llave la puerta del futuro y apagó su vida de un solo golpe cuando apenas empezaba. De más está decir que no tenía privilegios y que su peor pecado era haber nacido en el lugar equivocado y en una comunidad excluida, con el estigma de una etnia originaria a la que nosotros, los supuestos seres civilizados, les fuimos quitando al mismo tiempo su tierra, su identidad, sus valores y sus fortalezas. Hasta su razón de ser les arrebatamos, para inocularles al mismo tiempo lo peor de nosotros, engendrando un híbrido monstruoso que tuvo que aprender a sobrevivir usando lo que podía, siempre al margen, siempre del lado de allá de la frontera que separa la pobreza de la miseria, lo que los coloca demasiado lejos de aquellas cosas que casi todo el mundo necesita tener lo más cerca posible. Ellos, los dueños de la tierra, ahora no son siquiera inquilinos. Los hemos reducido a presencias indeseables que resulta mejor ocultar no sólo detrás de un modo de llamarlos supuestamente respetuoso. Les decimos “originarios” a los que hasta hace poco tiempo eran “indios” y pese a que se les ha mejorado la jerarquía del nombre y se le dio elegancia, los tratamos peor que antes.
13 años son más que 7, los que tenía Néstor Femenia cuando se murió, con poco más de 20 Kg. Se murió de “efermedad”, como decía el acta de defunción que firmaron los médicos en un alarde de profesionalismo y competencia. Quedará para siempre en algunos (lamentablemente muy pocos) grabada la carita de este niño. Puro terror, sin ánimo siquiera de pedir y sin resto para esperar porque si de algo estaba escaso era de tiempo, tanto así que se murió ahí, al toque, como dicen los pibes ahora. Se murió como Oscar, de olvido, de de postergación, de injusticia, de mentira y de desilusión aunque el certificado decía “enfermedad” y la causa seguro que era el hambre que había nacido con él y que paradójicamente, se lo fue devorando a medida que pasaban los días, los meses y los años, hasta terminar con él o con lo que quedaba de él después de 7 años, tan parecidos al infierno que hasta el más incrédulo pudo sospechar que efectivamente, el infierno existe. Tal vez sin fuego, tal vez sin demonios, tal vez sin toda la pintoresca imaginería que la religión se preocupó en instalar en nosotros, digo yo, para distraernos y evitar que nos demos cuenta que el verdadero tormento está más cerca nuestro de lo que creemos, no tiene que ver con el pecado y no necesita olor a azufre ni un fuego encendido al máximo todo el tiempo.
Ella tiene 12 años, nació en un lugar equivocado y en un tiempo difícil. Hace unos meses, una banda de miserables se ocuparon de lastimarla en lo más hondo, de prolongar la humillación a un extremo incomprensible y de instalar el miedo en un alma pura que jamás podrá entender realmente lo que pasó porque su historia, como tantas otras, está llena de hambre y de carencias que la dejaron varada allá en la infancia, pensando y sintiendo como un niño pequeño, dueño de unas pocas palabras no siempre bien dichas y no siempre usadas como corresponde. Quedó encallada en ese tiempo donde las niños suelen jugar, pero nadie se ocupó de dejarle siquiera un juguete. Las bestias se ensañan con los débiles, arrasan y destruyen, sin tomar jamás prisioneros. Son como una pesadilla que no termina, que se trepa en cada una de las secuelas y vuelve, inexorablemente vuelve a para que la víctima no tenga oportunidad alguna de disolver el recuerdo en el fluido viscoso del tiempo. Ella nació condenada a un futuro sin salida, a vivir dentro de un círculo de pobreza, hambre y abandono, esperando cada día no ser la que se quedaba sin comer por la noche porque el ruido de una panza vacía repicando contra las paredes del silencio oscuro llega a enloquecer. Transitó con mucha más pena que gloria una historia tan indigna como injusta que obviamente no merecía. De hecho. Nadie la merece. Fue creciendo como pudo y cada vez que pudo, con pasos lentos y paradas largas en un camino que desde el principio pintaba difícil. Fue directo a las fauces de las bestias y esas bestias dejaron en ella una semilla incomprensible para su mente infantil que no tenía cómo saber y menos todavía con qué saber qué estaba pasando.
Hoy se ese niño que lleva dentro tiene poco más de seis meses de vida y le falta el cerebro. En su lugar, solo líquido. Qué metáfora. Ser concebido con los sueños ahogados. Un condenado, como su madre-niña. Condenado a no ser, a dar sólo una pasada rasante por el mundo que seguramente no le ha guardado un lugar ni está dispuesto a hacerlo. Condenado a esperar la muerte como cierre de su ciclo diminuto. Condenado sin juicio ni derecho de defensa a ser el fruto deforme de una semilla perversa, lo que para algunos, demasiados tal vez, es un castigo lógico para tamaño pecado. Igual, la trajeron del norte de la provincia en un vuelo sanitario, la internaron en un hospital hostil, lejos de su gente y de sus puntos de referencia, de su lenguaje, de su día a día. Le llenaron el paisaje de seres extraños que la miraban como se mira a un fenómeno de circo. Pasó muy poco tiempo y empezaron a llegar al hospital, políticos, funcionarios, dirigentes de las comunidades originarias, representantes de organismos de derechos humanos, defensoras de la mujer, periodistas y polizones varios. Los carroñeros en pleno, en un despliegue escénico donde todo está permitido, con tal de que la gente entienda cómo se preocupa el gobierno por la suerte de los suyos. Cómo se movilizan las “fuerzas vivas” ante casos como éste que sensibilizan de un modo muy profundo a la opinión pública, más aún cuando se fogonea desde diarios, canales de televisión y radio que una niña wichi abusada lleva un niño deforme adentro. Todo parece hecho a medida por un genio maligno que tiene el poder para convocar al resto de los demonios a esta fiesta insana.
Digo yo: ¿Dónde estaba esta sarta de payasos repugnantes cuando esta niña nació? ¿Cuál de los bailarines de esta comparsa hizo al menos el intento de torcer la historia al principio para que el futuro fuera menos despiadado y no tuviera tanto sabor a condena? ¿Quién de estos personajes nefastos puso un límite a la injusticia cuando todavía se estaba a tiempo de evitarla? ¿Cuál de estos títeres se ocupó de mirar lo que pasaba en ese territorio tan nuestro como invisible? ¿Quién, con un mínimo de poder, es capaz de pensar que no es responsable de esta tragedia?
Ella seguramente, en esta noche fría de otoño, trata de descansar en una cama desconocida de un sitio que la aterroriza, pero por lo menos no hay hambre, si eso sirve de consuelo. Afuera, en las calles de la ciudad, se esconden aquellos que deberían haber estado cuando hacía falta. Se agazapan como ratas en las redacciones de los diarios, en los estudios de televisión, en las oficinas de los ministerios, en las bancas de la legislatura. Se ocultan en los escritorios de los organismos de título largo que sólo sirven para que se revuelquen en el barro los inútiles. Medran como parásitos en las mesas de algunos pontífices que miran el mundo de lejos para no ensuciarse las manos y son la octava plaga en las solemnes instalaciones de las iglesias, donde se supone que un creador ha fijado domicilio.
Ella trata de descansar, pero no puede. Desde adentro le llega un grito ahogado de impotencia. Ellos se limitan a apagar la lámpara de su velador, cierran los ojos y como si nada, les llega el sueño.

Víctima

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