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La miró y mientras la miraba se iba dejando estar en esos ojos, hundido sin remedio en un abismo oscuro e infinito que devoraba la luz a dentelladas y la devolvía en ráfagas al aire. Sin defensa, desarmado y a merced de un deseo que tomaba lentamente la forma de un sueño y volaba paralelo al horizonte en medio de la noche sin que se le pudiera adivinar el rumbo.
A ella le gustaba jugar a que estaba lejos, hacer de cuenta que se transformaba en una silueta borrosa que engañaba a la luz del mediodía, lo más parecido que puede haber a un espejismo. Lejos, pese a que sus bocas casi se tocaban y el encuentro era inevitable, pase a que sus alientos se enlazaban y hasta era seguro que cada uno podía sentir el calor sutil y a la vez neto que brotaba del cuerpo del otro, como si viniera directamente desde el centro de la tierra.
La miró y se dio cuenta que un poco de tiempo sería suficiente para empezar a construir una especie de eternidad que se deslizaría por los resquicios que dejaban libre los relojes entre segundo y segundo para trepar por la historia como una enredadera. Apoderarse de ella y manejar el ritmo de las horas a su antojo, quebrantando las leyes del universo sin remordimiento ni culpa.
Le dijo que estaba leyendo a Mankell y que un pasaje del libro decía que cuando uno parte, no debería volver porque al regreso no hay consuelo con sólo recordar la aventura. Sólo queda la sensación de haber ensanchado las fronteras sin terminar de entender que donde uno va, se llevan a sí mismo. Partir es dejar atrás las cosas que elevan, las que lastiman y las que hunden. Se las deja libradas a su suerte mientras se viaja allí donde se va, está esperando otro horizonte.
Le contó que tenía miedo a veces de emprender el vuelo y que la tentación de las raíces solía ser demasiado fuerte como para pelear contra ella y de tanto en tanto se aferraba a la tierra como si fuera el único modo de evitar esa sed que siempre, pasara lo que pasara, terminaba volviendo a la boca, llenando los rincones de ardor y sequedad y clavando una garra en la garganta que así como abría las puertas del dolor, despertaba la ansiedad de empezar el camino lo antes posible. Dónde ir, era lo de menos porque lo único que importaba apenas llegaba la sed era no quedarse ahí, donde estaba, donde corría el peligro de ser siempre el mismo, vegetando a lomo de días calcados que no llevaban a ninguna parte.
Sólo una miserable y patética ilusión de movimiento ahí, en ese sitio en el que la tierra reclamaba raíces, ahí, donde todo era exactamente igual que siempre y donde sólo había cambios despreciables que ni siquiera alcanzaban para hacer vibrar el ala de una mariposa ni conmovían, ni despertaban nada en ese lugar de letargo en el que las cosas eran definitivas y no había espacio para otra cosa que para la muerte lenta y apacible que se busca cuando la otras opciones son el miedo, el riesgo y la incertidumbre.
Le contó que cuando esas alternativas lo hacían sentirse acorralado y lo obligaban a mirar fijamente para el costado donde suelen habitar el deterioro, el derrumbe o la propia muerte, con las pocas fuerzas que le quedaban, tomaba un libro y lo abría y apenas comenzaban a aparecer las palabras, apenas empezaban a hacerle cosquillas dentro de los ojos, se disipaba el miedo y empezaba el viaje. Cualquiera viaja con los libros, le decía ella y lanzaba las palabras como disparos buscando el blanco con una precisión que asustaba. No creas, le dijo él que sabía mucho de libros, de viajes, de futuros exterminados, de incertidumbres y de miedos. Era un sobreviviente del terror cuando el terror caminaba por las calles de las ciudades y se llevaba vidas jóvenes a su madriguera, como hacen los carroñeros que como presa eligen al que está tan débil que apenas puede defenderse y de hecho, no se defiende.
No cualquiera viaja con los libros porque a medida que se avanza y se recorre camino, es inevitable ir haciéndose responsable de las palabras, evitar que se rompan, que se ensucien, que se pierdan en el trayecto y sobre todo que se lastimen por caer en manos de quienes no saben cómo protegerlas de todos los peligros a los que están expuestas en cada viaje. No cualquiera, le dijo mientras la miraba como quien explora, se trepa en una canción … “dentro, me quemo por ti / me vierto sin ti y nace un muerto” dice Luis Eduardo Aute y no queda más que decir, al menos por el momento. Se han arrinconado las palabras que podían contra las paredes de la realidad porque deben tomar aire y de a poco atreverse a salir y valer la pena. “Cuando ya no tenga casi nada / de sangre en la garganta de papel, /ni un agrio pez nadando en la mirada, / ni quiera más amparo que la piel”, canta Baglietto en un tema de Fandermole que sigue … “Cuando me convenza que la suerte / me rige a la par que la pasión / y no el terrible arcángel de la muerte /
velando sobre el campo del reloj. / Si lo consumado y lo posible / tienen siempre la cara del horror /en esta patria de lo inaccesible, /en este tiempo olvidado de Dios.
Ella bajó los ojos como quien concede, como quien acaba de aprender algo nuevo que lo vuelve más completo, más extenso y lo hace, se quiera o no un poco mejor. La mirada en algún punto delante del horizonte y los sueños entrando en calor, a puro nervio, encerrados en un sitio demasiado estrecho y esperando salir al aire, donde por derecho les corresponde estar. Los sueños son viaje y de esa travesía jamás se regresa porque la realidad a la que se vuelve ya no es la misma que se vio al partir. Los sueños se encargan de eso, de la transformación perceptible de las cosas que en algunos casos se parece demasiado a la locura, lo que puede resultar peligroso si no se entiende el mensaje y se confunden las cosas.
Por un lado están el vértigo, el riesgo, la sensación de que al menos por un instante todo se puede y la capacidad inagotable de crear mundos aislados del real para jugar en ellos cada vez que se pueda. Por el otro están la confusión entre lo que es y lo que se desea, la pérdida de límites y de consciencia de daño, la voracidad por lo nuevo y el desprecio por esos momentos en los que alcanza mirarse para adentro para limpiar al escenario, reacomodar los roles y empezar la búsqueda de nuevo. La locura es eso. Es arrancar de cuajo la reflexión, confundir obsesión con afecto y dejar de mirar por completo al otro mientras se corre hacia la nada sin dejar huellas y con un espejo delante que refleje lo único que interesa ver.
Ella lo miró como quien admira y se sintió abrigada por algo más que las palabras que él acababa de sembrar en sus oídos y que parecían haberse unido unas con otras para tejer un manto tibio que impresionaba invulnerable, protector. Un manto debajo del que no había posibilidad de salir lastimado. Era tanto lo que veía del otro lado del presente que tuvo miedo y dejó que una vez más esa sensación tomara el comando y decidiera por ella. Como era previsible, quedó establecido que lo mejor era quedarse allí, donde estaba, sin siquiera darse la oportunidad de un vuelo libre por ese aire que la invitaba a ser pájaro y probar suerte con los vientos. Mejor así, pensó dentro de ella el miedo que iba tomando forma y creciendo hasta ocuparla toda. Mejor quedarse y ella cerró los ojos para que ver cómo él se elevaba no doliera tanto.

Abismo

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