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Podría empezar la historia con un abrazo tibio de alguien al que no veía tan seguido como me hubiera gustado y que de tanto en tanto se bajaba de una camioneta llena de tierra frente a casa, vestido con ropa rara. Nunca se enteró, pero yo desde temprano me ponía frente a la ventana del living de casa porque ya sabía que llegaba. No tengo idea cómo me daba cuenta. Tal vez era porque mi mamá se ponía diferente. El tocaba el timbre y apenas entraba, llenaba el aire con un olor que con el tiempo aprendí que era a azufre y que era parte suya y mientras estaba él en casa, habitaba los rincones con una persistencia que jamás en mi vida volví a sentir y aún hoy me sigue haciendo arrancar las emociones. Un olor dulce e inexplicable como son inexplicables la mayoría de las percepciones puras que son a la vez únicas y nos acompañan a lo largo de nuestra historia como una de sus mejores partes, tanto que cada vez que se repiten, son capaces de volver atrás el tiempo y depositarnos con la suavidad de una alfombra mágica allí, en ese punto exacto donde sentíamos algo tan parecido a la felicidad que costaba mucho encontrar la diferencia.
Si no es ese el momento, tal vez podría intentar con esa imagen de ceño fruncido, tan concentrado en lo que estaba estudiando que parecía no existir nada en el mundo que no fuera esa pila desordenada de libros y papeles que recorría con los ojos y a decir verdad con todo el cuerpo una y otra vez, yendo y viniendo como un péndulo perfecto, moviendo apenas los labios, mirando al techo del escritorio. Era un atleta tensando los músculos hasta el límite máximo de su resistencia, antes de dar ese salto único. El no sabía que yo lo miraba a escondidas, sin entender demasiado de qué se trataba tanto esfuerzo y por qué la casa se llenaba de silencio casi todo el día, por lo menos hasta que él se levantaba de la silla y cerraba el libro enorme de tapas rojas contra el que parecía estar peleando la batalla de su vida. En ese tiempo no sabía qué significaba rendir un concurso para se profesor y menos aún era capaz de entender cómo alguien podía esforzarse tanto para conseguir algo, tal vez porque hasta ahí, yo había tenido todo al alcance de la mano.
No sé. Retrocedo en el tiempo y lo veo al volante de la rural Fiat 1500 manejando sin descanso porque la cosa era llegar a San Juan y salvo a cargar nafta, no se paraba. Mis hermanos y yo en el colchón tirado atrás después de rebatir los asientos, en una época en la que los cinturones de seguridad no eran tema de conversación ni prioridad para nadie y las tragedias nacionales pasaban por meridianos diferentes a la masacre diaria en las rutas que vemos ahora por televisión. Me lo acuerdo comiendo la pata de pollo frío que mi mamá le alcanzaba. Le daba un mordisco y apoyaba el talón de la mano derecha sobre el volante. Era increíble cómo la iba descarnando con la misma parsimonia con la que lo hacía en un almuerzo en casa, lento, casi fibra por fibra, para llegar al cartílago de los extremos del que también daba cuenta con la pericia de un roedor hasta que al final quedaba el hueso pelado. Nunca vi a nadie pelar huesos de pollo como a él.
Tal vez ese abrazo en el escenario de mi colegio cuando terminé la secundaria y lo sentí mucho más cerca que otras veces porque la verdad que como todo tipo importante y valioso, era más bien difícil y había que encontrarle la vuelta, lo que tampoco era moco de pavo. Era necesario atravesar la coraza con la que se había aprendido a defender de los enemigos de afuera y me da la impresión que a veces se daba cuenta que tanta armadura tenía el problema de no dejar salir los fantasmas de adentro que sólo él sabía la cantidad de dolor y de angustia que eran capaces de clavarle en esa alma buena que se empeñaba en parecer dura, pero tenía la sensibilidad en carne viva como una piel recién quemada.
En una de ésas, lo mejor es acordarme de su cara que desbordaba orgullo por los cuatro costados viéndome en otro escenario como actor de una obra que fue un sueño de adolescente que tomó forma y nos transportó a los cinco dementes que lo emprendimos a universos que nunca más pudimos volver a transitar. Lo vi mirarme con esos ojos hondos que no sabían mentir y que cuando se sacaban de encima una que otra de esas tristezas que siempre le andaban merodeando la mirada, eran capaces de abrigar mejor que un poncho de vicuña. Ojos de ley que te hacían sentir a salvo de cualquier cosa, por más terrible, por más cruel y por más imposible de soportar que pareciera. Esos ojos, ese día en ese escenario me tomaron como blanco y me dejaron la mejor marca que llevo adentro y que me libra de tenerle miedo a la muerte porque sea como sea, tantos años después, todavía me siento a salvo.
O cuando me vio vestido de médico y se dio cuenta que yo era médico y que le había perdonado ese miedo que tuvo a que me hiciera periodista en ese tiempo en que las balas tenían ventaja sobre la razón y las opiniones, en ese tiempo en que pensar no era conveniente y mucho menos conveniente era escribirlo. Ganó la pulseada y yo me hice médico. Sé que el sabía lo que me costó llegar, lo que me costó vencer cada uno de los miedos que se me subía al hombro ante la inminencia de un examen o más adelante, cuando era practicante de guardia, cada vez que tenía que enfrentar a un paciente. El sabía de mi fragilidad, de mi inseguridad, de mi absoluta falta de confianza en mí mismo y me fue enseñando sin que me diera cuenta (aún hoy lo hace) que la única forma de medir al enemigo es mirándolo a los ojos.
Hoy cumpliría 90 años mi papá y lo extraño, me hace falta y lo sigo buscando cada vez que la vida me quiere tender una trampa, así con él, al lado me va a ser menos difícil no caer en ella. Gran tipo, enorme, inalcanzable, sembrador de ejemplos, bueno como pocos y complicado de llevar como ninguno. Lo quise más allá de lo que mismo soy capaz de comprender y de hecho lo estoy entendiendo tarde, así como entiendo que él dio gran parte de su vida para que nosotros, sus hijos, pudiéramos tener la oportunidad de levantar vuelo y por lo menos yo, sin pretender siquiera alcanzarlo en altura porque no me dio, no me da y ni me dará el cuero para intentar una aventura de ese tamaño. Hacen casi ocho años que se fue porque el mundo ya no se portaba bien con él y se le sumaban demasiadas derrotas al día a día duro de alguien que ve que su cuerpo se deteriora  y no hay modo de detener ese tobogán cruel de la vejez. Tantas derrotas que nadie, ni siquiera alguien grande como él sería capaz de soportar sin quebrarse como una rama seca en el intento. Qué sé yo. Se fue tan de golpe que no dio tiempo a nada y nos dejó con esa sensación de mundo congelado, como si alguien hubiera oprimido la tecla de pausa.
Hacen casi ocho años que se murió y más o menos es el tiempo que lleva dentro mío como compañero inseparable de todo lo que intento y casi protagonista de cada una de las cosas, chicas o grandes, que voy logrando. En eso estamos con mi papá. Saldando cuentas, poniéndonos al día y acomodando este amor desmesurado que ni él ni yo supimos manejar como correspondía y tantas veces se nos fue de las manos. Vamos bien, lo sé. Estoy seguro de ello, pero hoy, el día de su cumpleaños número 90, tenía que detener la historia y regalarle estas líneas que no sólo se merece, sino que me imagino que está esperando
Que los cumplas feliz, papá, viejo querido, amigo del alma, gracias por no dejarme solo.

90

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Un pensamiento en “90

  1. Todo eso nos dejó…. y más q nada….no nos dejó solos….. nos habitará siempre …..también te extraño viejo….tanto q cuesta entender q ya no estés…
    Grande Guillo….dueño de las mejores palabras….seguro q las esperaba ahí donde está….

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