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Se piden cosas y se sueltan los deseos al aire como manojos de globos que dicho sea de paso, nadie tiene la menor idea de dónde han de ir a parar, se reparten buenos deseos a discreción, lo que de entrada, me parece, que les resta valor, se envían e-mail y mensajes de texto masivos, aunque me parece que atraso un poco porque todo indica que hoy el whatsapp es lo que se usa. No tiene demasiada importancia porque lo que me hace ruido no es la vía ni el modo, sino la masividad, los emoticones que reemplazan a las palabras o la los gestos que sólo se pueden percibir en un encuentro cara a cara que nos debemos con unos cuantos de nuestros afectos y nos lo debemos por lo menos desde fines del 2014, comienzos de este 2015, cuando desparramamos los buenos augurios y mensajes muy parecidos a gente que después no vimos, pero que en muchos casos nos contestó con términos e intenciones parecidas y nuestra cara, según el caso, habrá hecho un gesto frente a la pantalla iluminada del celular o de la notebook o del dispositivo que fuera, una cara que cada vez se ve más estándar, más informatizada, más emoticona, por así decirlo.
Pedimos por un país mejor, un país distinto, sin acordarnos que no hicimos demasiado por mantener a flote que nos ha tocado en suerte, dicho esto de manera literal porque es un suerte, un regalo del azar haber nacido aquí y no, por ejemplo, en alguno de los innumerables países del Africa sub-sahariana donde el hambre galopa sin freno, la muerte gobierna y el terror es un modo habitual de sentir el mundo que rodea a esa gente que, pero si acaso no ha quedado claro, tiene mucha menos suerte que nosotros y tal vez, sólo tal vez, por eso mismo es que se queja mucho menos aunque otra opción sería pensar que ya no hay lágrimas, ya no hay gritos, ya no hay furia, ya no hay fuerzas siquiera para cerrar el puño. En una de ésas es así y todos esos pueblos están más allá de la derrota y de la muerte, esperando que en cualquier momento se cumpla la mera formalidad de dejar de respirar y de latir, así no hay cuestiones ni preguntas filosóficas que valgan, porque a la muerte lisa y llana no la discute nadie, pero parece que quedan ganas todavía, como si no hubiéramos escarmentado, de discutir la magnitud del sufrimiento atroz y de la humillación.
Vaya si tenemos suerte. Vaya si hemos sido bendecidos en exceso por quien sea el que se encargue de estos trámites porque me resisto a creer que un Dios decida quiénes sufren y quiénes gozan por el gusto de poner a prueba a pobres criaturas llenas de miedo, siendo él (la “e” minúscula va adrede) omnisciente, de modo tal que lo sabe todo, incluso cómo va a reaccionar cada uno de sus conejillos de las indias, así que la “prueba” no tiene el menor sentido lógico, suena a perversa en el caso de mirar la película del sufrimiento y por qué no a soberbia cuando se asiste al goce de los afortunados porque quién sino él es el responsable de tanta dicha. A no engañarse y poner motes apresurados y tildarme de ateo. Como me canso de repetir a quien me quiera escuchar, en el que no creo es en el “dios del dedito” que señala a unos y otros según el destino que se le cante la gana asignarles. No creo en un ser superior que necesite a seres inferiores de rodillas para reafirmar su vigencia y su autoridad o le hagan falta templos donde la ostentación es más importante que la esencia y cumple los mismo fines que los fieles de arrodillados, adorar a ese ser superior.
No creo que un creador supremo al que a cada momento se le tenga que rendir pleitesía y menos aún que permita que en su nombre se decida quién es el dueño de la verdad y quién no, un creador que mira para el otro lado mientras la “santa” inquisición, desde el siglo XII de nuestra era y con sus más y sus menos hasta nuestros días, persiga a quienes ven la realidad o su propia vida de manera diferente. El holocausto nazi nos horroriza, pero la inquisición no provoca, al menos en el mundo devoto, tanta repugnancia (si es que la provoca, si es que realmente se la conoce). Sin querer banalizar la discusión, pareciera que todo es una cuestión de penetración mediática y de habilidad para apuntar a ciertos enemigos mientras los otros, con el mismo o mayor poder letal, siguen actuando a sus anchas. El holocausto americano con seguramente siete cifras de “originarios” muertos a manos de conquistadores y evangelizadores tampoco tiene tanta prensa, tal vez porque en el caso de los evangelizadores, la fe era el argumento para la atrocidad y en el caso de los nazis, se mezclaba el odio hacia algunos de sus semejantes y una firme convicción de superioridad propia.
Por si acaso, sí creo en el Dios de la Libertad que vamos a suponer (no lo tengo claro) que se tomó el trabajo de organizar las primeras moléculas, hizo arrancar todo esto que conocemos como el universo y tuvo la paciencia de esperar que la evolución hiciera lo suyo y de ahí en adelante, somos nosotros los absolutos responsables de lo que generamos y lo que dejamos de generar con las herramientas y recursos, de manera que cuando se nos acabe el tiempo de andar por el mundo, tendremos que explicar qué hicimos con lo que tuvimos a mano y cómo procuramos mejorar nuestros recursos para ser mejores nosotros mismos, qué huellas dejamos, qué cuentas pendientes nos llevamos donde sea que vamos después de la muerte. Tendremos que explicar, ojalá, por qué recurrimos a la fe para ocultar nuestro miedo a las preguntas que se transformaba en pánico de sólo pensar que algunas de esas preguntas tenían respuesta. Será el momento de aplicar a cada uno, la famosa parábola de los talentos (una de las pocas cosa que leí de la Biblia y me pareció que valía la pena) y de esa prueba ni el más devoto de los devotos se va a salvar.
Por todo esto, porque no me parecen auténticos los mensajes masivos, porque tengo deseos diferente para cada una de las personas que me importan, porque estoy convencido de que una pantalla no reemplaza y reemplazará una cara mirando de frente. Porque no me cabe en la cabeza que no seamos conscientes de lo afortunados que somos (hablo específicamente de los que sí tenemos suerte, mucha suerte), porque he chapoteado 365 días, incluido hoy en un lodazal de mediocridad, de descrédito profesional, de desidia, de incompetencia y de aparición de personajes funcionales a los sistemas perversos de salud que tenemos, apariciones que reafirman las dos máximas que nuestro filósofo de cabecera, Jorge Rial sostiene: “Nadie resiste un archivo” y “¡Qué país generoso!”. Porque veo que el egoísmo reina en la mayoría de mis compatriotas, sobre todo los que ocupan el espacio político donde se corta el queso y ese egoísmo se ve en la incapacidad de los bandos de abrir las fronteras y permitir intercambios, reconocer que enfrente, algunas cosas se ha en más que bien y que en ocasiones, el olor a podrido viene de la cocina de la propia casa.
Por todo eso, esta noche, a las 12:00 en punto voy a acomodar ahí, donde saben estar mis afectos a todos los que corresponde que estén allí para quedarse. Sin mensajes masivos, sin emoticones, sin mail con tarjetas de fin de año, sin watsapp. Sólo un compromiso: Este 2016 va a ser igual que años anteriores. Voy a pelear como sé para que cada uno de ustedes, los que viven dentro mío, se queden allí, se sientan protegidos y amados, puedan crecer y dejen huella.

2016

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