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No sé cuándo pasó. Tal vez por conformarme o para destensar el alma mientras echo un vistazo a lo que sucede adentro, imagino que las cosas se fueron dando de a poco y que, como era lógico, todo marchaba al compás del deterioro que el tiempo gestiona de manera tan eficiente que nadie puede salvarse. No tenía explicaciones a mano para convencerme de que ya no era tiempo de soñar despierto, que las pesadillas, los sobresaltos en medio de la noche y los pensamientos intrusos eran los nuevos desafíos de esta etapa de la vida, en la que no sólo el cuerpo da señales de desperfectos (afortunadamente menores, al menos por ahora). Ya no se piensa igual, me habían dicho alguna vez al pasar quienes transitaron la quinta década antes que yo. Las prioridades son otras, los molinos de viento están extinguidos o fuera de nuestro alcance y ya no existen ni princesas que salvar ni utopías por las que dejar el pellejo.
Me miraba al espejo cada mañana y me decía en un tono de silencio grave que todo lo que me habían comentado tenía un rigor de verdad inédito. Hasta el menor detalle se cumplía de manera inexorable. Desde la tolerancia que se hacía cada vez más frágil y más sencilla de quebrar en mil pedazos, con estallido y todo, hasta el escepticismo que provocaba una mueca de contrariedad muy parecida al sarcasmo ante toda mención, explícita o no, al futuro que por otra parte, era evidente que se hacía cada vez más corto a medida que la fecha de vencimiento se iba viendo menos borrosa, el ánimo para empezar de nuevo se achataba contra el piso para pasar inadvertido y la muerte se convertía en tema de agenda habitual. Con el fin del camino por aquí cerca, es obvio que no haya demasiado impulso como para que este tramo tenga nada de especial porque de todos modos se va a transitar y todos sabemos dónde queda la última estación, pero si somos sinceros, nadie tiene la menor idea de cómo es, qué se supone hay que hacer allí y, por si acaso, cómo sigue el asunto, si es que algunos optimistas llenos de fe tienen razón y efectivamente sigue.
No era lo suficientemente viejo como para que se me notaran tanto las manías y las mañas, pero me daba cuenta que despertaba en los demás y cada vez con más frecuencia, ciertos gestos de tolerancia, miradas condescendientes y la sensación de que por motivos oscuros para mí, solían darme la razón más que antes (¿Igual que a los locos?). No sé. No lo tengo muy claro, pero tomando toda la perspectiva que me es posible, me doy cuenta que es probable que se me notara esa mezcla que se agitaba en mi interior que fluctuaba entre la intolerancia, la negatividad y la paranoia, actitudes que no ayudan al diálogo y encima ahuyentan a los que pretenden acercarse con las mejores intenciones para ver si pueden dar una mano con una situación que de lejos se advierte que cada vez es menos sustentable.
Qué sé yo. Esas sensaciones que se dedicaban al estrago bien adentro mío, no eran otra cosa que dolor y en este sentido, me sigue pareciendo raro cómo desde afuera se ve el dolor con mucha más claridad que desde adentro, aunque a la hora de sentirlo, la cosa es al revés y sólo el que lleva puesto el dolor tiene conciencia real de lo que pesa. Dolor de certeza de cosas perdidas sin remedio, de tiempo tirado a la basura, de proyectos inacabados o que nacieron muertos y todavía reclaman mi redención para poder descansar tranquilos, de abrazos postergados, de llamadas no hechas, de sueños extraviados, de esperanza destrozada por los hechos, de silencios inexplicables y palabras a destiempo que tienen demasiado filo como para que uno no se corte hasta lo más profundo. Dolor de ver cómo lo que pensé durante tanto tiempo (y sigo pensando) que fue mi vocación, no alcanzó para impedir ni un cachito así el derrumbe de una misión que tal vez con cierta ingenuidad imaginé en algún momento de mi vida como casi sagrada.
Dolor de ver como un espectador de lujo que jamás hubiera querido asistir a esta función, cómo algunos valores de mi profesión que nos hicieron ser buenos durante más de veinticinco siglos, desde el querido Hipócrates de Cos, se iban desdibujando a una velocidad vertiginosa y en este movimiento de reemplazos por otros valores nuevos con la excusa de que los viejos se veían cansados, resultaba evidente que los suplentes que entraban a la cancha no estaban a la altura de los titulares y así nos fue y nos está yendo en este partido en el que la amnesia y el desapego van ganando por goleada y nos siguen apedreando el rancho sin que sea posible, al parecer, hacer demasiado. Al menos no se ve la reacción del equipo que sigue atrincherado detrás de su letra ilegible, de sus apetencias económicas que suenen más a mezquindades, de su pelea encarnizada por mantener un estatus que se ha perdido hace tiempo y sin remedio, estatus que hoy por hoy tiene forma de auto nuevo, de casa en country o barrio paquete, un toquecito a la Riviera Maya, otro a Disney por los quince de una hija y cada vez con más frecuencia, un repentino fanatismo por el golf, juego perezoso y disfrazado de deporte si los hay, sin que yo tenga con qué argumentar en contra de su faceta divertida. Veo al equipo refugiado en ese estatus y en lo que estima es el conjunto de sus derechos, sin reflexionar un momento mirando el otro platillo de la balanza, donde vendrían a quedar los deberes para que el contrapeso sea justo y el fiel no se incline de modo tan grosero hacia uno o el otro extremo.
Ni chantas ni robots sería la consigna, pero ahí por el medio, donde deberían andar los que laburan en serio y tienen autoridad para reclamar compensación por el esfuerzo, los que merecen incentivos, los que marcan la diferencia, los que se van dando cuenta cuándo se debe hablar y cuándo lo indicado es hacer, esperar o directamente no hacer. En esa zona, en los alrededores del equilibrio no se ve mucha gente del gremio en los últimos tiempos, así como no se la ve transpirando la camiseta en sesiones de aprendizaje, actualizando como corresponde sus conocimientos y peleando a brazo partido por el derecho de ser evaluados y colocados en su justo sitio con una periodicidad razonable. No. La verdad es que parece convenir que la realidad se mantenga como es y que ni en la superficie ni en la profundidad haya movimientos demasiado bruscos, capaces de revolver las aguas y de poner de una vez por todas el universo más o menos en orden o por lo menos en condiciones de ser acomodado por quienes tengamos ganas de arremangarnos las camisa y de emprender con todo la tarea nada fácil de devolver lo perdido a sus propietarios legítimos. Qué va. Al menos en el ámbito de mi profesión, ni siquiera se percibe la actitud mínima de renuncia a que nos sigan diciendo “doctor” un modo de trato que se usurpó desde hace mucho tiempo y que en un mundo perfecto se gana con esfuerzo y no viene en una especie de combo con el título de grado.
Dolor. Es lo que me ha dominado durante mucho tiempo, al menos hasta que descubrí un modo leal y efectivo de sacarlo a la superficie para que se vea en su aspecto real y después neutralizarlo hasta el punto de lograr que se evapore. A veces pude y otras veces he de decir que no lo conseguí, pero estoy seguro (dentro de lo razonable) y orgulloso de haberlo intentado cada vez con más fuerza y de haber tomado cada derrota en manos de ese dolor como una oportunidad de aprendizaje. No he ganado, ni mucho menos, la guerra constante contra ese enemigo. Tengo días buenos y días no tan buenos, pero él debería reconocer alguna vez que le sigo dando batalla y que le resulta en ocasiones complicado vencerme. Es cierto que él suele correr con ventaja porque por ejemplo, no puedo evitar, si veo algo que me conmueve, explorar debajo de lo evidente para ver si encuentro la historia que muchas veces se esconde detrás de personas y personajes que para la mayoría de quienes conozco, resultas intrascendentes. Muchos me dicen que gasto tiempo pensando qué hay detrás de ese chico que limpia vidrios en una esquina con semáforo largo, en los que hacen malabares, de los que tiran un colchón bajo un alero y así enfrentan noches donde el frío es un invasor temible, en la señora que se recuesta en el vano de la puerta al lado de donde era la casa de gobierno, acomoda a su hijo de meses contra la teta y repite una y mil veces la letanía del mendigo, en las tejedoras que arman su improvisado puestito de artesanías en las calles laterales de la plaza y a las que veo que nadie les compra. Tal vez tenga algún problema mental, pero justamente en esas señoras de rasgos puneños y mejillas secas por el sol de la altura, noto que con la mirada vigilan lo que está pasando en las montañas azules que todos los días, al oeste de la ciudad, me recuerdan que la inmensidad existe.
Me dije una y otra vez que la posibilidad de que yo estuviera equivocado era algo a considerar con toda la seriedad que merecía el caso porque todo indicaba que los demás veían un paisaje distinto al que yo percibía. Sentía que sólo era capaz de descubrir las manchas de humedad y pasar por alto que la mayor parte de la pared lucía más o menos bien. Su estado era aceptable, sobre todo si uno no se ponía demasiado exigente y no andaba por la vida buscándole el pelo al huevo. Equivocado porque jamás le di valor a las formas a la hora de decir lo que pensaba y enfrente de quien fuera, haciendo gala de una impiedad que en otros casos se daba vuelta por completo y ofrecía la cara de una sensibilidad incluso peligrosa para mí que la llevaba puesta. Una sensibilidad discrecional si se quiere y que me hacía lagrimear con una canción, un texto, un paisaje o una imagen. Una sensibilidad que después de haber logrado infiltrar mis estructuras, se daba el lujo de hacerlas crujir cada vez que aparecía un niño enfermo o solo en la calle con una caja de medias bajo la mirada atenta de un miserable. Se daba el lujo de mostrarme que no era tan sólidas cuando la cara de un viejito haciendo cola en la puerta de un banco al rayo del sol me recordaba a mis abuelos y a tantos abuelos que vieron con los ojos húmedos cómo las caricias de los nietos fueron obligadas a tomar otros caminos y allá se fueron junto con el respeto que les debemos como sociedad. Una sensibilidad que me sigue oprimiendo el pecho (literalmente) cada vez que llueve en serio, cada vez que hace mucho frío o cada vez que veo montañas de dinero literalmente quemadas en fuegos de artificio y a la vez pienso en los que no pueden evitar que el techo (si es que lo tienen) gotee, que las paredes atajen el chiflete helado del invierno y que las fiestas de fin de año n o sean un recordatorio de todo lo que deberían tener y les falta. Una sensibilidad que de tanto en tanto hace que me pregunte dónde es que anda Dios cuando pasan algunas cosas que no tengo modo de explicar y que me resisto a incluirlas en el catálogo de designios misteriosos o de expresiones de “Su” voluntad porque no logro concebir (tal vez porque no tengo interés de hacerlo) que la voluntad de alguien (o algo) que se supone bondadoso incluya dolor, humillación, postergación, sometimiento, inequidad, injusticia y muerte. No me cabe que la fortuna de nacer en un lugar y no en otro tenga influencia decisiva en el futuro y que marque la diferencia entre no saber qué se come y no saber si se come, entre dudar dónde ir de vacaciones o pensar qué lugar queda más cerca para refugiarse, sin que importe cómo se llega hasta allí.

(continuará)

Confesiones

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