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(Un borrador en caliente)

“A los médicos no nos gusta escribir”. Es una frase que casi todos hemos escuchado alguna vez en la vida y que de algún modo funciona como justificativo (pobre si lo hay) para esta renuencia a poner en negro sobre blanco lo que se piensa, se opina, se hace y se espera que suceda en un paciente determinado. Ni más ni menos que reflejar la tarea que día a día se nos encomienda y que tiene que ver con el título que portamos y el trato que hemos usurpado (el de “doctor”). No se trata de crear una obra que le pelee el Nobel a Vargas Llosa o a Alice Munro por nombrar alguno de los ganadores, ni se pretende que las emociones del lector fluyan como ríos desbordados, ni menos aún que resucite Cervantes para proclamar que lo suyo con el tema del Quijote es meramente un ejercicio de adolescente.
Nada de eso. Se pide tener en claro que cada cosa que el médico genera en relación con la asistencia a un paciente tiene mucho que ver con la comunicación. En realidad, es comunicación, a partir que cada interacción entre quien necesita y quien intenta satisfacer esa necesidad es un entrecruzar de historias que conciben una pieza narrativa nueva, en la que subyace gran parte de lo que se necesita saber, tanto de quien está sufriendo, como del que se hace cargo de ese sufrimiento y trata de dirigirlo hacia un territorio controlado, donde se pueda mantener a raya y disminuyan en lo posible la sorpresas. Comunicación. Poner en común, crear un canal en el que se puedan intercambiar mensajes los seres humanos, sin interferencias ni cortocircuitos, con un lenguaje apropiado a las circunstancias y a la realidad de cada uno y sobre todo con la consciencia del valor que tiene la palabra en la construcción de las relaciones humanas.
Sería bueno que nos representáramos la situación de un profesional que está de guardia en un hospital de alta complejidad, son las dos de la mañana de un sábado y en medio del silencio de la ciudad a esa hora de la madrugada, se escucha con toda nitidez el sonido de una ambulancia que se acerca a toda velocidad y se detiene momentos después en la entrada de Emergencias. Se abren las puertas de atrás y entre el enfermero que traslada, el chofer y algún familiar comedido, bajan un paciente en camilla. El médico que lo recibe pregunta (inocentemente) por la derivación y alguien, una voz no identificada contesta “el doctor de la salita (o del hospital del interior) nos dijo que lo trajéramos ya porque estaba muy delicado y él ya no podía hacer nada”. Patente está que no podía hacer nada, porque ni siquiera se tomó el trabajo de contar en una derivación lo que pasaba con esta persona.
No pensó esa omisión significaría un tiempo precioso gastado en empezar de cero, una sensación de furia en el equipo que recibía al paciente y una amenaza a su seguridad porque se podían tomar medidas que lejos de mejorarlos, lo podrían empeorar. Todo por no hacer lo que todo médico está obligado ética y legalmente a hacer que es asumir la responsabilidad de lo actuado y de sus consecuencias. No pensó que es insustituible su rol de primer profesional que asistía el paciente y que sus impresiones, sus acciones y sus opiniones valen su peso en oro. No. No lo pensó y por ello, no lo escribió porque es médico y como venimos diciendo, a los médicos no les gusta escribir, no quieren escribir (otra vez el “Ello” del buen Sigmund), se niegan y se resisten a escribir con el empeño y la tozudez del niño que no acepta un amable plato de sopa en pleno invierno, en muchos casos a sabiendas de que le va a hacer bien.
El médico que recibió a ese paciente derivado, coherente con los vicios del sistema, derrama tinta o castiga teclas en el sistema para pedir, a modo de tiro de escopeta, cuanto estudio esté disponible en los alrededores y ya que está, llena un formulario de solicitud de imágenes (en general tomografía) con la menor cantidad de datos posible y la peor letra de la que es capaz. Una vez terminada la tarea, pone cara de “prueba superada” mientras va llenando la hoja de ingreso y la de indicaciones con garabatos ininteligibles, catalogados por el imaginario popular como “letra de médico”, como para que los que vienen después, dentro de un rato, en el cambio de guardia, a hacerse cargo del paciente, la pasen más o menos como la pasó él cuando este infortunado bajó de la ambulancia, tal vez pensando con el convencimiento (o la credulidad) de la gente sin dobleces que por fin había llegado al lugar donde su dolor iba a aliviarse.
Sería interesante, siguiendo el hilo de la historia, imaginar la cara del bioquímico que en la madrugada de un sábado, después de casi veinte horas de guardia, recibe el pedido de análisis que como suele suceder no tiene siquiera una pista de lo que se busca, ni una mención al diagnóstico probable y menos que menos una llamadita para poner al compañero de equipo más o menos en autos y contarle de qué viene la cosa y por dónde empezar a mirar. En la sala de internación los enfermeros no la están pasando mejor delante de la hoja de indicaciones en la que no se puede identificar ni siquiera algo parecido a una letra de curso legal, sin contar que se usan apodos para los medicamentos y no debería sorprender a nadie leer “amoxi” o “cipro” por amoxicilina o ciprofloxacina. Tampoco tendría que llamar la atención a quien está en “la trinchera”, poniéndole el pecho a las balas, que el doctor le indique “vit B” o “DFH” por vitamina B o difenilhidantoína respectivamente. De la ortografía hablaremos más adelante porque es todo un tema. Ya que estamos pasando revista por lo que sucede en la guardia a raíz de la llegada de un paciente derivado, le echemos un vistazo al técnico en imágenes que se topa con un jeroglífico que ha de descifrar solo su alma y por su cuenta, sin un egiptólogo a mano, con el paciente ya listo en la camilla del tomógrafo.
Que a los médicos no les guste escribir es algo que no debería importarnos, salvo por el hecho de que da la impresión de que el comportamiento profesional es cada vez más infantil, por tanto se ha dejado de lado el concepto del deber (vinculado con la sensatez, como dice Agrest) y se privilegia el principio del placer, el “ello” de Freud que responde a la pregunta “¿quiero?” y la antepone al “¿debo?” y al ”¿puedo”. Manejar la práctica asistencial basándose en el mandato del deseo es peligroso, favorece la discrecionalidad, le pone palos en la rueda a la justicia y a la equidad y transforma un sistema que debe ser confiable y previsible, funcionando si se quiere de refugio, en un entorno caótico que en lugar de contener, amenaza. Es por eso que el deseo de cada uno de los que tenemos la responsabilidad de brindar atención de salud debe subordinarse siempre al deber y a las posibilidades de cumplirlo, de tal suerte que la pregunta no es “¿Los médicos quieren (o les gusta) escribir”, sino “¿Los médicos deben escribir y pueden hacerlo?”. De más está decir que si la respuesta a la segunda pregunta es “sí”, lo que se conteste a la primera carece por completo de relevancia y no debería servir para definir absolutamente nada.
Por otra parte, uno podría preguntarse a quién demonios le importa lo que al médico le guste o no mientras está haciendo su trabajo porque puestos en esa tesitura, podría decir que a mí que soy médico me gusta escuchar a Bach, leer a Leonardo Padura, mirar series policiales en Netflix, tomar café de una Nespresso, escribir en los bares, el bourbon Jack Daniels, viajar en auto, tocar la guitarra o el ukelele, andar en bicicleta, estar en mi casa y que mi familia me quiera. Me gusta que mis amigos sepan quién soy y que estaré cuando haga falta, que pacientes de los viejos tiempos se sigan acordando cuando me cruzan en los pasillos del hospital o en la calle, que de tanto en tanto aparezca un médico joven que me devuelva la esperanza de que la chispa de la vocación sigue encendida en algunos. Me gustaba mucho ser médico. Ahora no tanto. Casi nada diría, pero no sería del todo cierto. Me gusta escribir y no sólo en los bates, contar historias, compartir lo que siento y lo que pienso. Cambiar la queja por propuesta y no dejar fuera a mis compañeros de equipo de salud de lo que le pasa a nuestro paciente. Finalmente y como para darle un cierre preliminar a este borrador escrito con poco cerebro y mucho corazón, me gusta haber decidido que este 3 de diciembre no voy a ir a ningún acto del día del médico porque estoy convencido de que como van las cosas, si algo no se merece el colectivo médico hoy por hoy, son homenajes.

(Sujeto a cambios y reajustes, como todo borrador en caliente)

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