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Qué cosa. En un país que de pronto impresiona tener vocación de actor de reparto, más por temor al riesgo que por humildad. Un país sin resiliencia, rumiante de penas pasadas de las que no se puede reponer fortalecido porque es evidente que no está muerto. Un país plagado de miradores miopes y para colmo sin una pizca de visión lateral. En este país, como si fuera poco todo lo que nos falta para desarrollarnos, una iluminada que para colmo está habilitada por su título para opinar de educación, fogonea y produce la aprobación de una ley que erradica la excelencia de la agenda académica, en cuanto ya no se puede evaluar e exámenes de ingreso a quienes aspiran a un lugar en las universidades públicas. Para no transformar las universidades en centros de elite. Palabras más, palabras menos: agrandemos las puertas de entrada y achiquemos las de salida y se confirma que no aprendimos nada de la tragedia de la puerta 12 o del mismo Cromagnon, mucho más reciente. Sin que signifique lo mismo en cuanto a lo trágico dejar las puertas de las universidades abiertas de par en par, sí me parece que hay un núcleo común y es esa tendencia a bajar las varas de medida en todo, en absolutamente todo y al mismo tiempo que se baja la vara, se relajan de manera progresiva los controles, hasta que se borran por completo las diferencias entre lo que debe y no debe ser, entre buenos y malos (en el sentido de competentes) y entre policías y ladrones.
Como resultado de esta ecuación de locos en la que se integran que integra la ausencia de controles con un pueblo apático y desaprensivo que olvida (¿por conveniencia o por hábito?) sus propias responsabilidades, surgen ellos, los políticos:

 Los que se especializan en evitar las soluciones a los problemas porque no quieren, no saben o no pueden.
 Los que están más preocupados (y ocupados) de llenarse los bolsillos que de hacer lo que se debe hacer para que todos los habitantes del país tengan al menos la oportunidad de salir adelante o por lo menos de no seguir retrocediendo y se permitan soñar que se puede vivir mejor.
 Los que fabrican las leyes de acuerdo a su conveniencia y como ninguno tiene vocación suicida, es imposible que se legislen en contra aunque habrá alguno que sea tan bruto que no tome en cuenta la posibilidad de que le salga el tiro por la culata.
 Los que ni bien acceden al cargo, lo primero que hacen es ponerse el centro de gravedad lo suficientemente bajo como para caer siempre parados.
 Los que al mismo tiempo que renuevan los votos de respeto y amor a la institución de la familia, comienzan a atiborrar las instituciones del estado, justamente y en un alarde de coherencia, con integrantes de su propia familia.
 Los que tejen una intrincada trama de favores que por lo cerrada, no permite el ingreso desde afuera y a la vez protege como un escudo a los que viven y medran adentro.

Uno, conociendo el dechado de virtudes de la especie, podría subestimarla y decir que se trata de insectos de poca monta y ahí sí que cometería un error grave.

 Ellos son los que, una vez enquistados en el poder y con las suficientes anclas tiradas, se permiten sugerirnos sugieren con toda la sutileza de la que son capaces, a quién hay que votar y de paso nos explican a cambio de qué y sobre todo, qué nos puede pasar si nos desviamos de la ruta, en una profusa lista de calamidades futuras de ocurrencia en la mayor parte de los casos, incomprobable.
 Ellos son los que nos garantizan hacer en los próximos años todo y mucho más de lo que no fueron capaces de hacer en años anteriores y nos tratan como peces anaranjados de pecera que no tienen memoria territorial y son incapaces de elaborar recuerdos.
 Ellos son los que han refinado hasta tal punto el engaño que a la mayoría de las personas les cuesta más dudar de ellos que creerles y así se mantiene una velocidad crucero ideal para esta gente que no tiene interés de poner el cuerpo a los cambios, a las aceleraciones, a los frenajes o a las contramarchas
 Ellos son los que de a poco, con el sigilo de un depredador, van instalando miedos cada vez de mayor tamaño, para poder ser usados cuando más les convenga

Ellos son todo eso y como se pude ver, ya tienen bastante cargada mochila. ¿Y nosotros, qué? Edmond Burke decía: “Para que el el mal triunfe, lo único que hace falta es que los buenos no hagan nada”, Sigmund Freud sostenía: “El secreto de la felicidad consiste hacerse el estúpido o en serlo”. Es muy interesante ensayar el ejercicio de incluir a los seres humanos dentro de estas sentencias y en sus combinaciones resultantes. La imagen que aparece es la de un bueno que se hace el estúpido (o lo es) y con ello deja que el mal gane terreno. Me parece que lo importante de esta mirada es que se le dota al bien un poder activo frente al mal y al ser humano se le pone muy claro que la inteligencia, el compromiso, la responsabilidad, el desarrollo de principios significan riesgo, riesgo de perder la felicidad que implica flotar como corcho en las aguas viscosas de la estupidez o bien de no alcanzarla jamás. Queda establecido que la bondad resulta de una decisión de hacer sosas buenas para que haya alguna posibilidad de que mejore lo que nos rodea y se atenúe el olor a podrido, desaparezcan las tenazas que aprietan los estómagos cuando el hambre cae en picada sobre cuerpos que ya han tenido suficiente maltrato.
La bondad es ni más ni menos que un antídoto que no se extrae de la política, pero es capaz de neutralizarle sus miserias porque la política está diseñada más para justificar lo que falta, disfrazar las promesas de hechos consumados y hacerle creer a cientos de miles, a millones de incautos (o estúpidos, según Freud) que son felices. Los políticos tienen muy claro que nadie con tal grado de estupidez puede ser consciente de lo que significa ser feliz o infeliz, llegado el caso, con lo que después de mucho trabajo de seducción, de mucho discurso, de mucha cosmética de la miseria, de muchos viajes a través de la pobreza, sin salir jamás de ella, de muchas horas de escuela vacías de educación, sólo con la perspectiva de un plato de guiso al final de la jornada que mantenga la ilusión de que el estómago sigue sirviendo para algo más que para doler y después de mucha baratija a cambio de oro (como sucedió hacen ya más de 500 años), se construye un pueblo ideal, apunto y listo para ser sojuzgado, saqueado, humillado, maltratado y lentamente exterminado por los mismos que ese pueblo eligió, una y otra vez.
Si esto no es un crimen, dejen que al menos pueda llamarlo tragedia y si por si acaso lo que pasó no da la estatura para ser una tragedia, por favor que alguien me cuente cómo se debe llamar la muerte de un niño de 13 años. De paso, tengo mucho interés de saber qué cosa se define como crimen y a qué se lo llama tragedia en nuestro bendito país, país en el que crecí escuchando la cantinela de mis viejos y cuanto adulto andaba por los alrededores. “En la Argentina nadie se muere de hambre”, con su variante un tanto más sádica: “El que en la Argentina se muere de hambre es porque quiere”. Juro que escuché estas frases hasta el hartazgo de boca de gente de bien, con las mejores intenciones y seguramente convencidos de que esos manojos de palabras escondían una especie de verdad revelada.
Yo creí que eso que se decía con cierta frecuencia en la mesa familiar. Creí que en nuestro país, sólo era cuestión de arremangarse la camisa y ponerse a cosechar el alimento para escapar del hambre porque cuando mi mamá, mi papá o mis tíos proclamaban lo que proclamaban daba la impresión de que el buen Dios había derramado un plus de dones sobre esta tierra y que la Divina Providencia se había tomado su trabajo muy en serio porque aquí sobraba todo lo que en muchas partes del mundo faltaba. Sería estúpido negar que me vino bastante bien creer que las cosas funcionaban de ese modo, que teníamos un Dios particular que se ocupaba de nosotros porque nos consideraba una prioridad y no iba a permitir que pasáramos privaciones de ningún tipo. Todo se reducía tener la voluntad de comer y el resto venía por añadidura. Me tranquilizaba esa realidad que evitaba tormentos innecesarios a mi alma en construcción con ciertas sensibilidades todavía complicadas de controlar. Saber que ese aspecto tan crítico de la humanidad estaba solucionado en la tierra en la que me había tocado en suerte nacer, me dio una dosis enorme de tranquilidad que debo decir a la hora de ser honesto, me acompañó hasta bien entrada la adolescencia.
Como la mayoría de las mentiras que se descubren o como casi todos los mitos que caen, no recuerdo una fecha precisa a partir de la que me di cuenta que en mi país, sí que había gente que se moría de hambre y en casi todos los casos, voluntad de comer tenían, pero a la hora de pedir precisiones a Dios y a la Divina Providencia, nadie atendía las ventanillas y al final, todos se terminaban yendo, derrotados por el cansancio de la espera y un par de cachetazos de humillación y silencio a cuestas. No sé cuándo me di cuenta que era mentira eso del hambre. No tengo la menor idea de cuándo entendí que sólo se trataba de una excusa de los adultos para postergar un instante la obligación de hacerse cargo de lo que les correspondía a cada uno, ya fuera por acción o por omisión porque nos pongamos de acuerdo. Si hay para que todos coman y hay algunos que al final del día no lo logran, todos tenemos algo que ver en el asunto. En ese tiempo, no tenía muy claro qué es lo que me tocaba hacer a mí, salvo indignarme, sentir que se me arrugaba el corazón cada vez que un chico pedía monedas en la calle

Crimen

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