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Pongamos que es cierto que elegimos a los gobernantes sin demasiados condicionamientos (dejo claro que siempre he dudado de la real capacidad de elección libre de un ciudadano promedio) y depositamos en sus supuestas capacidades o competencias la responsabilidad, como se dijo, de llevarnos a donde vamos a estar mejor, manteniendo obviamente la nave en condiciones y evitando tanto los icebergs como los frentes de tormenta. En este caso, estaríamos usando la fe (o la credulidad) más que el raciocinio porque nos estamos basando en lo que nos dicen que son, con un magro conocimiento de lo que son en realidad. Sería importante saber si esta actitud de creer obedece a una postura cándida e inocente del que considera a las persona como buenas por naturaleza y confía en ellas o más bien se trata de una postura cómoda que consiste en depositar el voto y después que pase lo que tenga que pasar, mientras el votante ve transcurrir a la historia, desentendido de ella, como si estuviera sucediendo en otro sitio.
Demos por sentado, además que los elegidos tienen lo que nos juran y perjuran que tienen (lo hacen durante toda la campaña) y aceptemos que eso los convierte en apropiados para gobernar. Sería importante que todos tuviéramos la consciencia de que al elegirlos, se les da un crédito, una dosis de confianza, pero jamás un cheque en blanco ni menos aún la posibilidad de liberarse de rendir cuentas a sus empleadores o de dar explicaciones sólo cuando se les rebaje la gana. Ya Perón (vaya ejemplo) decía que “El hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor”. Vendría bien recordar estas palabras en especial con estos personajes que asumen el rol de prometedores seriales en las campañas. Sería conveniente, aunque más no sea de vez en cuando, pegarles una controladita para que no se desvíen tanto que cuando nos demos cuenta, el rumbo esté irremediablemente perdido y nos encontremos en medio del océano con el barco hecho una porquería y para más datos, divisemos los botes y en ellos, sus gallardas figuras ataviadas de color naranja-salvavidas yendo (huyendo más bien) raudamente hacia mejores horizontes.
Supongamos por un momento que en un momento nos dimos cuenta como pueblo que lo que veníamos eligiendo no era de lo mejorcito que se podía encontrar en el vecindario. Entonces, algunos de nosotros decidimos ponemos en campaña para saber de un modo sencillo y efectiva quiénes son los mejores y quiénes los peores. Hay que tener claro de entrada que en los tiempos que nos toca vivir, unos y otros flotan en la misma sopa espesa, parafraseando a Discépolo: “En el mismo lodo, todos manoseaos”. Es complicado reconocer entonces paraditos en la orilla cuál es cuál porque no necesariamente se distinguen por la habilidad para nadar (o mantenerse a flote) ni llevan un display con sus cualidades y merecimientos adherido al gorro de baño y menos aún visten colores diferentes de sunga o bermuda según la intensidad y solidez de sus valores éticos y morales, valores que dicho sea de paso, ni Greenpeace en pleno tiene chance de salvar de la extinción. El único modo de saber quién es quién en este endemoniado potaje en el que se ha convertido la política, es hacer de tripas corazón y meterse dentro de la olla y empezar a semblantearlos uno por uno, ver qué hacen de sus vidas, a qué se dedican, cómo llevan el pan a la casa, cómo tratan a su perro (o gato en el sentido estrictamente felino). Se trata más o menos de montar una especie de cámara permanente, al mejor estilo “reality show” para mirar sin darles respiro a cada uno de los que el día de mañana van tener que gobernar este bendito país.
No cabe duda que esta idea es inviable y pertenece más al terreno del delirio que al de la razón en el estricto sentido de la palabra y no sólo es inviable porque a nadie le cabe en la cabeza pasarse 24 horas por día investigando a un tipo para saber a qué atenerse si lo elige, sino porque el investigado tampoco va a ser tan estúpido como para meter las de andar si sabe que lo están vigilando por encima de la medianera. Se va a esforzar y en la medida de lo posible, se va a portar bien, como para que los ingenuos parapetados detrás de la lente de la cámara vean lo que al tipo le interesa mostrar y a partir las imágenes, saquen sus propias conclusiones. En definitiva, todo se reduce a un persistente juego de actuaciones con un escenario y público enfrente, en el que se tiene más o menos éxito, según la capacidad de hacerle creer a los que miran desde la platea o desde el gallinero que lo que ven (o lo que se les muestra) es cierto, posible o de última, conveniente para cada uno. Puro teatro, incluso con fabricación de personajes hechos a la medida de las circunstancias. Los habrá con cara y actitud de saber enfrentar crisis (estado en el cual vivimos desde que tengo uso de razón), los habrá líderes capaces de embarcar toda una nación a la aventura, los habrá cautos y prudentes a la hora de tomar decisiones si el horizonte se ve convulsionado y el miedo ambiente presiona hasta tal punto que cada paso cuesta un esfuerzo sobrehumano y lo que conviene en este contexto es caminar al estilo babosa, por lo menos hasta que escampe y se pueda ver de qué color viene el día de mañana. Habrá algunos imposibles de definir (más de lo que uno cree) y que en su imprevisibilidad que en ocasiones es mera improvisación, dependen de golpes de fortuna para que las cosas salgan bien y en medio de toda esta fauna, habrá algunos, unos pocos, la minoría que realmente tienen lo que hay que tener para estar ahí, en el sitio donde se toman las decisiones, pero el problema es que esa exigua cantidad, hay un porcentaje no menor que tiene que negociar con el entorno y si aplicamos la metáfora de una raya por cada concesión, entra al ruedo de la política como un alazán y sale convertido en una cebra.
Estoy razonablemente seguro que a grandes rasgos, las cosas funcionan de ese modo y sigo sosteniendo lo que Levitt y Dubner dijeron en “Freakonomics”: “Nadie hace nada sin un incentivo”, de lo que se desprende mi escepticismo creciente en cuanto a poner demasiadas esperanzas en el compromiso con las instituciones, la responsabilidad implícita de un cargo, la generosidad, la mística de los proyectos. Todas esas actitudes fantásticas (y en franca tendencia a la desaparición) son como la pasión inicial o si se quiere, el período de enamoramiento en una pareja. Pura pirotecnia, pura fugacidad, puro despliegue de efectos para aturdir los sentidos que no tienen sentido alguno si al decir de Gonzalo Bonadeo: “el porvenir viene vacío”. Una cosa es considerar la historia como un río que tiene en su curso varias caídas de agua y a cada una de ellas se le saca provecho sensato en la generación de energía, de modo de que todo el caudal sirve y no se daña y otra cosa muy diferente es creer que el pasado y la historia son un gran espejo de agua donde cada uno puede pescar cómo se le dé la gana y donde hasta hay permiso implícito de depredar. El futuro en el primer caso, va a depender del respeto a los ciclos naturales y en el segundo a demasiadas variables, tantas que no sólo es imposible ponderarlas, sino que resulta una soberana pérdida de tiempo incluso el intento de hacerlo. Si no se ayuda a la fauna a mantener su población en equilibrio (o por lo menos si no se le ponen obstáculos), termina por extinguirse, como los peces en los espejos de agua y como seguramente nosotros mismos, si seguimos permitiendo que estos que han demostrado sobradamente su ineptitud, nos sigan gobernando. Si uno se pone a pensar, desde 1983 hasta hoy han pasado 32 años y todo pinta para que sigamos igual (lo que es lo mismo que decir peor), sobre todo porque nos hemos empeñado en usar la misma piedra para tropezar y el mismo lodo para embarrarnos.

(Continuará)

Crimen

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