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Sigo en la misma y me refugio de nuevo en lo que dijo hace muchos años Heidegger y me refrescó hace bastante menos Santiago Kovadloff (un enorme argentino): “Un pensador es pensador de una sola idea” y yo me he puesto empeñoso en tratar de desentrañar la maraña que significa la práctica médica actual, saltando de error en error y si se quiere, de desatino en desatino, partiendo de la convicción de que una epidemia de incompetencia se había apoderado de nuestra sub-especie, hasta que éramos víctimas de aviesas corporaciones de orígenes misteriosos que nos obligaban a pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión, salteándonos la parte esas de: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa” que recuerdo aún de mis lejanos tiempos devotos en los que me habían convencido de que yo era uno de los fabricantes de los clavos con los que sujetaron los romanos al buen Cristo, allá por el 33 de nuestra era.
Digo que de error en error y de desatino en desatino porque como en todas las cosas, ni muy muy, ni tan tan. Nada es tan lineal ni tan simple en esta vida Coincido con la gente sensata que sostiene que no todos son una manga de impresentables, como tampoco todos ni son “excelentes colegas” como insiste la corporación como mensaje homogéneo que pretende ser “ético” cuando no puede serlo por definición porque jamás la ética se puede basar en una mentira y la mayor parte de las veces en las que un médico se refiere a otro como un “excelente colega”, miente. De entrada uno podría adherir a la idea de que la verdad de la milanesa debería andar más o menos por la mitad del camino entre unos y otros. Uno podría convencerse sin demasiado esfuerzo, sólo repitiendo unas cuantas veces la letanía: “como en todos los órdenes de la vida, hay de todo en todas partes” y concluir que entonces es como que no pasa nada, si somos tan parecidos al resto y en definitivas, matices más, matices menos, vendríamos a ser lo mismo. O sea que si uno sigue con esta línea de pensamiento, puede hasta sentirse tranquilo y en paz porque la profesión no está en decadencia como piensan algunos desestabilizadores de ésos que nunca faltan, sino más bien en sintonía con el mundo que marcha como vemos que marcha, con sitios, ámbitos y colectivos donde hay de todo, pero como en las ferias americanas improvisadas, en un desorden absoluto, así que no hay modo de saber de entrada quién es quién y qué hay de calidad en semejante pila de prendas.
Hay de todo y entonces cerremos el debate porque es el factor común, como decía, a cuanto colectivo humano transita por este valle de lágrimas, pero al mismo tiempo deberíamos recordar que hubo quienes como Discépolo dijeron: “Todo es igual, nada es mejor / Lo mismo un burro que un gran profesor / No hay aplazaos, ni escalafón / Los ignorantes nos han igualao”. Vuelve a plantearse el problema de quién es quién en esta comparsa y no es un problema menor porque los médicos establecemos o deberíamos establecer con cada uno de nuestros pacientes y con la sociedad en su conjunto, una relación de confianza, a la cual estamos obligados a aportar honestidad, valores éticos, compromiso, respeto, lealtad y competencias. E no desesperarse, colegas, con respetar el Juramento hipocrático basta y sobra. Entonces, insisto, bajo la misma línea de pensamiento, hay de todo y de alguna manera entonces, estarán los que valen la pena, los que podrían valer la pena según el contexto en que se encuentren y lo que no tienen vuelta a esta altura del partido. El simple, sencillo y nunca bien ponderado esquema del semáforo, con verde, amarillo y rojo respectivamente, teoría que no sé de dónde viene, pero que resulta práctica para explicar el tema.
Si uno lo mira bien, hay excelentes colegas que brillan con luz verde, son los que en realidad marcan la diferencia, mantienen en alto los valores de la profesión, buscan su desarrollo personal y profesional por el camino del esfuerzo sin usar atajos, procuran conocer sus límites y por sobre todo, se dedican al paciente más allá de lo declamativo, sin golpes en el pecho, sin rasgado de vestiduras y sin esa cosa casi mediática de la auto-referencia a la que son tan afectos algunos de los “excelentes colegas” que están muy, pero muy lejos de serlo (tienen menos verde que un arándano). En estos “hombres de verde”, la afirmación “todo por el paciente” está construida en un día a día sustentado en la sensatez, en la conciencia del deber y en la pelea constante para mantener a la omnipotencia. Convengamos (y un buen ejercicio sería armarse una lista mental) que verdes, lo que se dice verdes, van quedando pocos y esto, salvo que alguien tenga ganas de discutirlo, más que una percepción o una opinión, es un hecho.
Caso raro en esta gente porque contra todos los pronósticos, se mantienen del mismo color pese a que el sistema (el causante de todo lo que pasa que no olvidemos que está integrado por gente), se ha dedicado con una saña sin precedente a ponerles palos en la rueda, tal vez porque conviene que el sistema sea en extremo perverso y a la vez espacioso para que en su interior quepan todos los males posibles, así las pobres víctimas de ese monstruoso ente, puedan sufrir a destajo las penas del purgatorio, sin que haya necesidad alguna de hacerse cargo ni de lo que se hace ni de lo que se deja de hacer porque en definitiva, ante cualquier queja, usted debe dirigirse al sistema porque ahí está el origen de todo el espanto ambiente. Lo curioso del caso es que este sistema donde se destacan los verdes es el mismo que para todos y pese a eso, ellos se las arreglan para seguir adelante, persistir en su objetivo de ser cada vez mejores y de paso, cuando hay un poco de tiempo, atraer hacia ellos el mayor número de amarillos posible, muchos de ellos perdidos en la nebulosa de la indefinición y esperando alguna señal que les muestre hacia dónde conviene ir si se quiere seguir mereciendo el nombre de médico porque, nos pongamos de acuerdo que en nuestro país y específicamente en el ámbito de la medicina, hay más “doctores” que médicos porque con el título de grado, como si fuera parte de un combo, viene el derecho de ser llamado “doctor”. No interesa demasiado a los fines del trato ni cómo se porte el duelo del título, ni menos si está a la altura del honor, de tal suerte que se puede llegar a la conclusión que en medicina, “doctor” cualquiera que haya completado los trámites académicos correspondientes para recibir el título. Ahora, bien: médicos, lo que se dice médicos, hay más bien pocos, cada vez menos, para ser precisos.

(Continuará)

Semáforo

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