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– No existe. Posta.

Iba a séptimo y me estaba diciendo algo que para mí era muy importante, casi revelador. Yo le creía porque los de séptimo saben casi todo de la vida. Por lo menos saben muchas más cosas que nosotros los de quinto. Yo le había pedido que me ayudara con un problema que me tenía preocupado desde la Nochebuena del año pasado, cuando mi hermanito de cuatro, me dijo que lo había visto yéndose de casa, con el traje rojo y blanco, la barba blanca y que se había subido a un trineo de caballos con cuernos. Es muy chiquito y no sabe que hay renos. Su fauna es muy reducida todavía. Para él, todo lo que tiene cuatro patas y no muge, es caballo. Lo dijo tan convencido que decidí ir a preguntarle a un chico que vivía casa de por medio a la mía y con el que me volvía a veces caminando del colegio. Horacio. El se llama Horacio y es buen tipo. No se mete en problemas y le va bien en todas las materias, tan bien que terminó al año pasado de primer escolta. Uno lo ve y no da dos mangos por él, pero se pasa de inteligente y le gusta enseñar cosas a los más chicos.
No tiene hermanos y como vivimos tan cerca, somos muy amigos. El es grandote, tanto que hasta los más camorreros del colegio le tienen miedo y no se les pasa por la cabeza meterse con él. A mí me conviene porque como nos ven juntos todo el día, tampoco se meten conmigo. Me cuida y para él yo soy algo así como un hermano menor y él para mí un hermano mayor. Nunca me ha mentido Horacio y por eso, cuando me dijo que no existía me agarró la angustia. Yo confiaba en él, pero por otra parte, mi hermanito tampoco era capaz de mentirme. No sabía qué hacer. Andaba hecho un trapo porque aparte de Horacio, no tenía a quién pedirle ayuda. Con mi papá no contaba hablar porque seguro se iba a ir por las ramas como hacía siempre que le preguntaba algo que no estaba en sus cálculos. Me lo hizo cuando se me dio por saber, a los cinco o seis años, cómo era que venían los chicos. El es médico, pensé, debe saber del asunto. Parece que no lo tenía muy claro porque apenas terminé la pregunta que de paso lo hizo ponerse colorado, me pidió que lo esperara un momento. Estábamos en la cocina casi a la hora de tomar la leche, me acuerdo. Fue hasta su estudio, donde tiene la biblioteca y volvió con un libro enorme de tapas marrones de cuero y olor a humedad. Hizo que me sentara en su falda, abrió el libraco y pasó unas cuantas hojas rápido hasta que llegó a una con dibujos muy raros y empezó a decirme palabras extrañas que yo no tenía la menor idea qué significaban. Las únicas que se me quedaron hasta hoy son “óvulo” y “placenta”.
Mi papá se veía nervioso y hablaba a toda velocidad como si lo estuvieran persiguiendo los caníbales y cuando terminó, cerró el libro, me miró a los ojos, me acarició la cabeza y me dijo ¿viste que era fácil de entender? Yo le di un beso con ruido en la mejilla y me fui ¿Qué otra cosa puede hacer uno en semejante situación? Encima me quedé sin la leche porque se nos hizo tarde y ese día mamá estaba con los cables pelados y a cada cosa que yo le pedía, me contestaba: “andá, decile a tu padre”. Cuando ella a mi papá le decía “tu padre” en vez de Marcos o Negro, es que había problemas. Uno va a aprendiendo a entender a los adultos. Cuesta, pero si se le pone paciencia, ganas y esfuerzo, al final se puede. Pensé por un momento en preguntarle a mi mamá el tema de los hijos, pero seguro que me iba a salir con que lo importante es lo que uno cree y no tanto lo que la gente dice. Qué tendrá que ver, digo yo, si los hijos se deben hacer de una manera más o menos parecida en todos los casos. No hay nada que hacer. Tiene un corazón enorme mi mamá, pero algunas veces eso no alcanza como para sacarme algunas dudas que de tanto en tanto me aparecen. El corazón enorme de mamá, más que aclarar, oscurece.

– ¿Estás seguro, Horacio? Mirá que a mí me dijeron que sí existía
– Pensá lo que quieras. Ya te dijo cómo venía la mano. Si me creés o no. Todo bien, hermanito.

La verdad sea dicha, desde que cumplí los nueve más o menos, empecé a sospechar de la historia que me habían contado del él y de la Nochebuena. Había varios puntos que no me quedaban del todo claros. Daba qué pensar que esos días la calle se llenara de gente con bolsas y más bolsas de regalos y hubiera un tipo disfrazado de él en los Shoppings, pero pensé que el tema era que él no se dedicaba a los mayores de edad y entonces ellos tenían que hacer el trámite de los regalos por su cuenta. Incluso se me ocurrió que muchos de los que andaban con las bolsas era porque se habían portado mal y entonces él no les iba a dejar nada al pie del arbolito. Descarté esa idea porque el mundo estaría mucho peor de lo que está si tamaña cantidad de gente es la que andaba portándose mal. Igual, el tema no me cerraba porque en Nochebuena, un poco después de terminar de cenar, había una cosa que no fallaba y se venía repitiendo año a año. Sin ningún aviso, algún tío o uno de los primos más grandes empezaba a gritar “ahí va, ahí va” y los más chicos salíamos pitando al jardín, pero cuando llegábamos, había desaparecido. Yo era muy chico para entender el significado de la palabra “coincidencia”, pero parece que la idea ya la tenía porque lo peor del caso, es que cuando entrábamos de nuevo a la casa, el árbol ya estaba lleno de regalos, todos con el nombre de cada uno. Estoy en condiciones de jurar que una vez me toco un auto de colección que tenía mi nombre escrito con una letra demasiado parecida a la de mi tía Betty que para colmo era mi madrina, le encantaba regalar autos de colección y tenía debilidad por mí. Para rematarla, ese año, el autito fue el más grande de todos y algo me terminó de descalabrar el cerebro y fue que la tía Betty única persona a la que yo le había contado que en mi carta pedía nada más que un par de libros porque sabía que la situación en mi casa no estaba como para tirar manteca al techo. En mi carta pedía un par de libros, pero lo que de verdad aoñaba tener era un autito de colección rojo y blanco, un Corvette del ’57 al que se le abrían las puertas, el capot y el baúl, giraba el volante y adentro hasta tenía los relojitos del instrumental exactos al verdadero. Yo le había dicho a la tía inocentemente (juro y hasta hoy lo sigo jurando) que sabía que el autito costaba un ojo de la cara y no quería poner a Papá Noel en apuros ni que estuviera desparejo con otros chicos. Tanto lo admiraba, que los colores de ese modelo eran los mismos que los de su traje
Pese a todo, eran muchas cosas las que inclinaban la balanza para el lado de Horacio. Si yo hubiera sido un tipo razonable, hubiera decidido en ese momento que Horacio decía la verdad, pero un niño de diez años no es un tipo razonable y además yo no podía desconfiar de mi hermanito porque sabía que era incapaz de mentir. Si él decía que lo había visto, era porque lo había visto.

– ¿Desde cuándo sabés que no existe?
– Desde que tenía tu edad, más o menos

Debe ser que algunas cosas les pasan a casi todos los chicos porque justo a mi edad Horacio tal vez se hacía las mismas preguntas y había tenido sospechas parecidas a las que tengo yo. Para él había sido más fácil porque no tenía un hermano chiquito que se empeñaba en sostener que Papá Noel sí existía, que él lo había visto. Juraba y perjuraba que era cierto y no había modo de convencerlo de lo contrario.
Ese fue un mal año para mí porque de tanto en tanto me volvía la duda y de nuevo no sabía qué hacer, a quién creerle y dónde buscar las repuestas que tanto necesitaba. No era que estuviera todo el santo día pensando en lo mismo, pero sí era algo que me preocupaba, a tal punto que hasta hubo veces que evité venirme con Horacio del colegio o dejé plantado a mi hermanito cuando le había prometido jugar con él a la pelota. Yo no era así, pero dicen que cuando uno está angustiado, se porta raro.
Casi sin darme cuenta, llegó diciembre. Esa Navidad iba a ser diferente porque estaríamos sólo nosotros cuatro, Horacio y sus papás y mi tía Betty. Los demás iban a viajar en esa época. Me acuerdo como si fuera hoy la cara de alivio de mi mamá porque ese año no se le iba a llenar la casa de gente. Estuvo linda la cena. Muy rica porque nadie cocinó cosas extrañas y todos se pusieron contentos con la idea del papá de Horacio que era un fenómeno y se sirvieron milanesas de carne y pollo con papas fritas y ensalada para todos. Me llamó la atención que esa vez no hubo ningún grito ni nadie que llamara para que fuéramos al jardín a verlo, pero creo que no le di demasiada importancia. Lo que sí recuerdo es que en un momento se sintió un ruido como de pasos y algo que se caía en el piso del living de mi casa. Estábamos todos terminando de cenar en la galería de atrás, así que tardamos un poquito. Me acurdo que la casa estaba bien oscura y que yo tenía un poco de miedo. Mi hermanito más porque se me había prendido a los pantalones como un abrojo. Mi papá iba adelante, como encabezando la expedición. Llegamos al arco que daba al living y el papá de Horacio, que era como de la casa, encendió las luces y nos encontramos con el árbol repleto de regalos, envueltos en papeles de colores. Me pareció ver en mi mamá y en la mamá de Horacio sobre todo, una expresión de sorpresa como si no entendieran lo que estaba pasando.
Cerca de la ventana que había quedado abierta, había algo que nunca había visto en mi vida, eran como unas maderitas marrones, un poco verdosas. Las había descubierto el papá de Horacio.

– Marcos -le dijo a mi papá-.- Vos que sos médico. ¿Me podés decir que es esto?

Mi papá se puso en cuclillas, miró atentamente lo que había en el piso, se levantó despacio, lo miró al papá de Horacio y le dijo:

– Caca de reno, Miguel. Estoy casi seguro que esto es caca de reno.

Sobre una idea de Mauricio Sanchez Domenech

Corvette 1957

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