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Parece mentira que desde hace tanto tiempo la industria venga usando las mismas tácticas y la masa médica crítica se siga tragando el anzuelo porque vamos a ver. Muchos pregonan que hacen como que se lo tragan, pero siguen siendo agentes de lapicera libre, que no están casados con nadie y que sólo buscan el bien del paciente, único interés que los mueve. Tal vez sea así y aunque tengo unos cuantos motivos para dudarlo, por un momento voy a darles la derecha y haré de cuentas que les creo a todos los que juran por Dios y los Santos Evangelios que la industria no influye para nada en su práctica diaria y que resisten defendiendo la plaza como gatos panza arriba, pese a estar sitiados por un ejército mucho más poderoso que ellos, al que le sobra alcance de brazos, paciencia y recursos.
Digamos que en este mundo existe un grupo privilegiado de mortales a los que alguien invita a cenar a un restaurante al que en condiciones normales no podrían ni entrar sin poner a prueba el poder de fuego de su tarjeta de crédito. En ese lugar, el anfitrión no se fija, como cualquier ser humano normal, en la columna derecha de la carta y se pasa la velada incitando a sus invitados a que pidan y pidan, mientras el vino de tres dígitos (de precio y de volumen) se empeña en caer dentro de las copas con el solo fin de mantener húmedo el cristal y el aparato digestivo de los comensales. Pongamos que después del postre y del cafecito con o sin un whisky que funciona como bajativo, cada uno se va a su casa y aquí no ha pasado nada, nadie debe nada a nadie y todos en santas paces.
Supongamos que a un señor que trabaja de mañana en un hospital público y de tarde en un consultorio privado, mechando la rutina con una pasadita por la sala de internación de una clínica, le llega a su casa un sobre con dos pasajes (a veces de primera clase) y un voucher que dice las palabras mágicas: “all inclusive” en un complejo hotelero de la Riviera Maya o sitios por el estilo, donde todos sabemos que el ambiente de austeridad y la ausencia de tentaciones son propicios para que reverdezca la vocación por la ciencia y la búsqueda de la verdad sin que nadie se desvíe de tan magnos objetivos por nada del mundo. Supongamos que de vuelta de ese congreso, simposio, seminario o lo que fuera la excusa para el viajecito, quien paga y quien disfruta se separan amablemente con un cordial apretón de manos sin que quede entre ellos vínculo alguno que obligue a hacer algo en contra de los principios éticos que dice el bronceado turista caribeño, guían su proceder médico Tal vez eso sea cierto, pero para comprobarlo, habría que esperar al menos a que se le vaya el tostado y metabolice todos los mojitos, margaritas y daikiris que se mandó entre ponencia y ponencia, como para liberarse del stress que produce tanto aprendizaje.
Imaginemos que un grupo de especialistas le ven le lado positivo a formar una sociedad y más aún, al toque se dan cuenta que si le ponen “científica” es como que vende más porque esa palabra en nuestro medio siguen funciona como un repelente de suspicacias (no como “fundación” que tiene mala prensa). Lo primero que se espera de una sociedad científica que pretenda merecer este nombre, es organizar una actividad precisamente científica en la que se aborden temas fundamentales de la especialidad. Ahí viene el primer escollo porque para que haya convocatoria, quienes se hagan cargo de las conferencias tienen que ser peces gordos. Digamos las cosas como son, si no es así, el salón de actos se llena de estudiantes, enfermeros y unos cuantos acaparadores de certificados que no se permitirían faltar a ningún evento que tenga cartón final garantizado. El tema es que traer a estos muñecos cuesta un toco de guita, por decirlo de modo elegante. Esta gente no se mueve por el mundo por un tostado mixto y la coca. Y como diría la dama o el caballero en problemas mirando al cielo: Y ahora … ¿Quién podrá ayudarnos? Y como por arte de magia, ese laboratorio preocupado por la formación de “sus” médicos, pondrá los tejos para que unos cuantos invitados vengan trayendo la luz a cambio de generosos viáticos, un fin de semana de ensueño y los quince minutos de fama garantizados por un auditorio lleno y un aplauso cerrado. Eso sí. La audiencia y los disertantes, apenas terminado el encuentro, seguirán siendo independientes, sólo guiados por sus conciencias y el conocimiento científico a la hora de decidir para qué lado rumbea la lapicera.
Hagamos la prueba de pensar un escenario en el que cautivantes señores de traje impecablemente cortado, todos al mismo tiempo, en una coreografía más ajustada que la del Bolshoi de Moscú, se presentan en despachos de serios señores de guardapolvo planco impecable (el ambo verde es un equivalente aceptado) y luego de una introducción rica en alabanzas, proponen la participación de estos últimos en un “estudio multicéntrico” para probar una nueva droga, segura, efectiva, revolucionaria, accesible y candidata a cambiar la historia de la medicina. Los de blanco (o verde) ponen los pacientes, la mano de obra barata (conocida como médicos de planta o residentes), la infraestructura del hospital (con las clínicas no se juega) y por sobre todo el nombre y los de traje bien cortado retribuyen como corresponde, porque saben que salga como salga el trabajo, sus jefes ganan y eso es lo que importa. Ahora, que en el camino el medicamento estropee a unos cuantos “voluntarios”, son gajes del oficio. Total, si a algún trasnochado se le ocurre la peregrina idea de demandar, otros señores de traje (mejor cortado todavía) le hará saber de muy buen modo que él firmó un consentimiento. A llorar a la cruz, campeón. Has sido empernado y a no preocuparse por los de blanco (o verde). Ellos no van a ser afectados por su relación con el laboratorio, porque sólo se atienen a la evidencia a la hora de tomar decisiones y jamás serían influenciados por nada que esté en contra de ella. Son intocables como Elliot Ness. Qué cosa. Justo en este momento, se me da por pensar que a los integrantes de la casta más baja de la India, los parias, también se les dice intocables.
En fin y para no abundar. Así funciona la cosa. La independencia de criterio de gran parte de la corporación médica se forja con esfuerzo y coherencia, entre cena gourmet y simposio en el Caribe, entre un par de charlas en el interior del país un fin de semana largo y un multicéntrico de vez en cuando. Para mechar un poco esta agobiante rutina, se han inventado los “workshop” donde muchos cándidos creen que van a aprender cuando en realidad van a comprar, muchas veces algo que es demasiado caro para ser bueno y que en general no se necesita, pero hay que estar ahí y mirar con el asombro de un niño tantas virtudes aglutinadas en un solo objeto que tenemos ahí, al alcance de la manos y de paso, como para descansar el asombro, mirar a los costados y darse cuenta que entre los animados concurrentes no suelen faltar encumbrados funcionarios de la Salud Pública que también, seamos justos, necesitan de este tipo de reuniones para poder mantener su independencia de criterios a la hora de elegir las mejores opciones y seguir siendo intocables (elija usted la acepción que más le plazca).
No hay nada que hacer. La medicina sí que es un sacerdocio.

Industria I y II pertenecen a la serie: “Al que le quepa el sayo, que se lo ponga”

Industria

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