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Veo gente muerta y no tengo claro si es que creo o no en los fantasmas. Qué sé yo. Tal vez la imagen tierna de Casper haga que la balanza se vuelque a la idea de que sí, en cierto modo creo en ellos, cosa que se refuerza cada vez que por el cable pasan “GhostBusters”, alguna de Harry Potter, “El maravilloso Mundo de Jack o “El Cadáver de la Novia”. La onda de estas dos últimas me cabe bastante, en una de ésas porque compartimos algún punto de mambo con el bueno de Tim Burton (conste que dije mambo y no talento). Veo gente muerta. Me pasa desde hace tiempo. Unos cuarenta años diría y qué cosa, recién me vengo a dar cuenta que soy una especie de precursor y que lo mío es bastante anterior a la película “El Sexto Sentido”. He de reconocer que la vi mucho después del estreno y no en el cine. Todavía me acuerdo que en su momento me llamó la atención que ninguno de los dos personajes principales abrían puertas y entonces se me ocurrió pensar que la verdad de la milanesa es que ellos mismos estaban muertos porque que yo sepa, los fantasmas no tienen la capacidad de maniobrar picaportes. Hasta los fantasmas tienen límites, me dije. Una manera de hacer más equitativo el reparto de poderes. Sea como sea, me pareció muy piola la película esa. Había que ver cómo el changuito, Haley Joel Osment y el buenazo de Bruce Willis se sacaban chispas y eso que a Bruce esta vuelta no lo persigue una alianza de la Mafia Rusa, el Hezbolla y el Cártel de Sinaloa para cortarlo en fetas y servirlo con vegetales de la huerta. Aquí hace de Malcom Crowe, un psicólogo especialista en niños, lejos, muy lejos de John McClaine y sus hazañas épicas en rascacielos, aeropuertos, subterráneos, el submundo de la informática y la siempre fascinante Moscú, por nombrar los escenarios que totalmente a conciencia ponía patas para arriba en cada uno de los episodios de la saga “Duro de Matar”, simpática, previsible, básica, lineal y entretenida como pocas (mucho menos plomo que las sagas de hoy llenas de personajes de ciencia ficción medieval que no me mueven un pelo). Una maravilla, salvo para la gente que al final tenía que ponerse a limpiar el desastre que dejaba esta gente. No soy un conocedor profundo del tema, pero me parece que se puede considerar normal que los muertos vean gente muerta. Por lo menos parece razonable porque de última se están reconociendo, por así decirlo, entre colegas o entre pares que comparten la misma situación. Todos vieron la luz al final del túnel y la gran mayoría se fue tras ella. No debería llamar la atención eso porque de otro modo, me da la impresión que lo que hay después de la muerte sería muy solitario, salvo que una vez cruzada esa última frontera, se nos dotara de un equipamiento totalmente nuevo, con otras funciones, tecnología más sofisticada y yerbas por el estilo para poder extrañar sin culpa nuestros cinco sentidos y andar por la eternidad como Pedro por su casa. No siendo así o por lo menos hasta no disponer de elementos para pensar que este drástico cambio de estado existe a partir de la muerte y que vale sólo para el lado de allá, nos conformaremos con suponer que sólo los muertos ven muertos, quedando para los vivos la visión de los vivos, como tiene que ser para que no exista la menor posibilidad de desencuentros o malentendidos entre ambas poblaciones. Lo mío es un poquitín más complicado porque conforme a la evidencia disponible y pese a que en ocasiones mi desempeño diario tiende peligrosamente a la rutina, entiendo que aún pertenezco al mundo de los vivos (no tengo inconvenientes con los picaportes, por ejemplo), pero veo muertos desde que tengo uso de razón. No pasa un día sin que vea algunos. Ya hace mucho tiempo que tengo estas visiones y es razonable mi preocupación porque implica un don muy raro y que por esas cosas del azar, tengo el privilegio (por decirlo de algún modo) de poseer. La verdad es que a veces tengo sentimientos encontrados y paso de la angustia por lo que veo, a una especie de estado depresivo porque aún no se me ha acercado ningún peso pesado de Hollywood para proponerme llevar al cine mi historia. Es como que me estuviera bipolarizando. No crean que a mí este asunto me hace demasiada gracia, sobre todo porque no es algo que pueda manejar a voluntad. El tema es que los muertos se me presentan así, de improviso, en cualquier circunstancia y la mayoría de las veces no estoy preparado para estas visitas que sí me dejan un gusto amargo en la boca que no se me va con nada. Desaparece solo al final del día, siempre y cuando no haya alguna visión en el medio que reavive esta sensación de que soy el único que está pasando por esto y para colmo, me resisto a entender el mensaje, si es que acaso hay algún mensaje. Puedo tratar de manipular el asunto y escapar por la tangente, poniendo proa hacia el territorio de la ironía o de la acidez, cuando no a las zonas más oscuras del sarcasmo. A veces lo consigo, gano un poco de tiempo y le doy una vuelta más al tema antes de permitirle salir a la superficie, como si de mí dependiera. Una más de las ilusiones que me sigo haciendo. La verdad es que simplemente opto, cuando estoy corto de recursos (estado cada vez más frecuente), con hacerme el gracioso para maquillar con brocha gorda esta cosa que me empuja el pacho hasta casi tocar a la espalda. El secreto del éxito es ofrecer al mundo (o por lo menos a lo que tenemos cerca) la imagen de alguien que está más allá del bien y del mal, mirando todo desde un mangrullo, sin permitir que nada de lo humano lo roce, libre de emociones detrás de esa cáscara que casi nada puede atravesar, salvo los muertos que no tienen el hábito, ni la voluntad ni menos aún la necesidad ponerse a respetar lo impermeable. Para ellos, mi compleja y a la vez patética estructura de defensa tiene tanto poder de freno como una pared de papel de arroz. Ahí están, pasando a través de la coraza cada vez que se les viene en gana y desfilan dentro de mis ojos, tan dentro que no alcanza con cerrarlos apretando los párpados hasta el límite del dolor para dejar de verlos porque, maestros del contraste al fin son capaces de brillar en la oscuridad y de vestirse de negro a la luz del día como para que quede claro que han decidido ser visible. Llegan y se quedan esperando el momento más oportuno para aparecer y ocupar el espacio que piensan que les corresponde, haya derecho o no y permanecen allí hasta asegurarse de que los he visto y los he reconocido. Ya entendí que para ellos es vital, vaya la paradoja, esa certeza. Una vez que la obtienen, simplemente desaparecen y dejan como huella esta angustia que me excava el alma porque de algún modo siento que a muchos de ellos, a tantos, les llegó el momento final mucho antes de lo que les correspondía y prácticamente en todos los casos, alguien debería hacerse responsable, pero todos sabemos que en este país, si hay algo que nunca aparece son los responsables y qué quieren que les diga, el tema de la voluntad de Dios, o Su plan o cosas por el estilo no sólo ya no me cierran, llega un punto que hasta me parecen perversas. No encuentro consuelo en pensar en un más allá, en una eternidad de gloria o en la fugacidad de nuestro paso por esta tierra. No me nace consolarme y pese a que eso lo entendí mucho tiempo atrás, recién he podido dejar de intentarlo hace relativamente poco. Ya borré de mis esquemas mentales la imagen de un dios caprichoso y voluble que apunta con el dedo a este, ese o aquel y decide sobre cada uno en consecuencia, como si fuera el operador de una colosal ruleta rusa, sabiendo de antemano cuándo es que va a tocar el disparo que lleva consigo una bala. Los dedos son humanos, tienen identidad definida. A veces apuntan a quién le toca, pero otras veces se borran del escenario y dejan de señalar a los que ese día, al menos ese día, deberían salvarse.

Muertos

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