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Creo que estoy llegando al punto en que algunas leyes, sobre todo las no escritas, me sacan de caja. Incluyo los “códigos” como se estila llamar ahora a estas actitudes que se parecen más a las de una araña tejiendo una red que a la de un ser humano transparente intentando preservar la verdad lo más cerca de la superficie posible. Me altera y ni me tomo el trabajo de atenuar mis reacciones, esto de mantener vigente la premisa “de eso no se habla” o se menciona por caminos tangenciales o se maquilla con eufemismos o simplemente se niega de un modo terminante y taxativo con la estúpida ilusión de que con ello bastara para que no exista. No se escatiman recursos cuando se trata de mandar cosas al estante de arriba de las bibliotecas, al último cajón del escritorio o al rincón más oscuro de los roperos. No se necesitan razones lógicas. Basta con un par de excusas de ocasión porque casi todo el mundo cree que como siempre, no va a pasar nada. No vaya a creer que no pasa nada porque si uno se ocupara de calibrar las antenas como corresponde y hace el esfuerzo de percibir lo que suena más allá de las interferencias y de los ruidos de fondo, se va a dar cuenta que si hay algo de lo que se habla es de lo que no se debe hablar, pero las leyes no escritas, los “códigos”, hacen de barrera para que el ambiente derroche calma y a simple vista todo de la impresión de estar bajo control en un vecindario habitado en gran medida por gente que hace de cuenta que no dice mientras otros hacen de cuenta que no escuchan.
Se llamaba hipocresía cuando yo era más chico. He de confesar que en mi época de estudiante secundario, allá en los ’70 en un colegio rígido y confesional, nos trataban de convencer (con éxito variable) que ese modo de actuar era sinónimo de urbanidad, de buena educación, de modales civilizados y hasta hubo tentativas de incluir la cortesía dentro de esta fábrica de barro que no sólo ensucia la comunicación, sino que la empantana y convengamos que hasta el día de hoy, al menos, no se ha inventado un lenguaje con sistema “4 x 4” que nos permita salir airosos de esas ciénagas. Ser cortés no es lo mismo que ser hipócrita porque los primeros no sólo no están obligados a eludir la verdad o a disfrazarla, sino que en la mayoría de los casos, la despliegan con altura, madurez y contundencia.
Del mismo modo que corteses e hipócritas juegan en equipos diferentes (desde al vamos, los primeros no ostentan “códigos”), los frontales y los brutales tampoco se ponen la misma camiseta porque ya se sabe que no es imprescindible descerrajar la verdad. Basta con decirla y practicarla sin que ello implique comerse vivo a nadie. Sociedad pendular ésta en la que conviven los hipócritas con sus leyes no escritas, sus “códigos” y sus relaciones untuosas, los corteses que piensan que una persona merece al menos que se lo trate bien, los energúmenos que ven al otro no como un semejante, sino como una presa y la inmensa mayoría de la gente que casi todo su tiempo lo pasa sin tomar partido por ninguno de los tres grupos y vive como le sale, lo mejor que puede y echando mano a lo que le ha tocado en suerte o en desgracia. Esa enorme mayoría, afortunadamente, es la que hace arrancar y mantiene en funcionamiento las cosas en el mundo, talvez por eso es que no tiene demasiado tiempo como para hacerse planteos que inquietan o preguntas que incomodan y tal vez allí esté la razón por la que esa mayoría puede llegar a ser tan vulnerable al engaño. No se trata de si cree o no lo que le prometen. El punto es que no se detiene a pensar en ello, salvo que se le encienda alguna de sus luces de alarma o sienta un crujido de alerta en su cerebro. Si eso no sucede, los veremos votar en las elecciones siguiendo más las tendencias que las convicciones y mirando más los envases que el producto que contienen.
Así, la democracia le conviene a unos pocos que le sacan todo el jugo posible, mientras los demás se deben ocupar, sin demasiado margen para otra cosa, de sembrar las naranjas y mantener la cantidad suficiente para que cuando llegue la hora de exprimirlas, les valga la pena el esfuerzo a los que manejan la juguera. No se trata de inteligentes dominando y brutos dejándose dominar. Es mucho más complicado que eso. Es un sistema perverso que gracias a esa prédica constante de los “códigos”, de las “formas políticas” (bajo cuya sombra, todo o casi todo vale), va anestesiando la vocación de asumir riesgos, la necesidad de marcar la diferencia, de apartarse del centro de la corriente para buscar otros modos de ir adelante. Se embota el sentido que uno debería darle a sus cosas y en definitiva a su vida. Todo gracias a maniobras tan efectivas como perversas, tales como la discrecionalidad en las limosnas oficiales, la prédica de la defensa de los derechos, la postergación de las evaluaciones que se acompaña de un descenso permanente y para nada sutil de las varas de medida que por otra parte están cada vez más cerca del piso con lo que imaginar un subsuelo para nuestro futuro no es para nada aventurado.
Los “seudo-demócratas” que en buen romance se conocen como “caudillos” y se identifican en general con el populismo, son infalibles a la hora de crear pueblos convenientes a sus propios intereses y se destacan por convertir a la gente en moneda de cambio. De tanto en tanto le dan a la persona indicada una pizca de lo que le corresponde mientras le palmean la espalda y lo convencen de que a partir de ese momento la lealtad y el agradecimiento de por vida es la única opción posible. Creadores de seres agradecidos, estos personajes que hacen ostentación de sus “códigos” vayan donde vayan, están convencidos de que no merecen otra cosa que la gratitud de las masas que sin ellos vaya uno a saber lo que serían. Que con ellos no les vaya mucho mejor que digamos, es un detalle sin importancia, al menos, no tiene valor como recurso de aprendizaje porque vemos cómo se repite una y otra vez la historia de millones de personas que por el sólo hecho de que alguien les diga en el momento justo lo que ellos necesitan escuchar, lo eligen y con ello se compran un boleto de ida al fracaso.
Todo funciona como debería, dicen los que se supone que son los responsables del asunto. El Honorable Congreso de la Nación aprueba leyes que automáticamente se convierten en sugerencias, la justicia mira a los gobernantes antes que a los acusados, esperando a ver quién es el primero que guiña el ojo en señal de aprobación, al tiempo que el derecho se va alejando inexorablemente del sentido común y hasta da la impresión de que le vuelve la espalda a la gente a la que se supone que debe proteger y el ejecutivo baraja y baraja, esperando el momento oportuno para repartir y que las mejores cartas lleguen a las mejores manos, a las que convengan, a las que respondan. De eso se trata. De seguir adelante con todas (o la mayoría de estas certezas) y hacer como que se prescinde de ellas para avanzar, tomando riesgo, procurando hacerse cargo de los que se dice y delo que se calla, de lo que se hace y de lo que se deja de hacer, marcando el camino por más que a primera vista sea un sendero estrecho lo único que se puede ofrecer a los caminantes, buscando permanentemente acercarse a las respuestas, sin perder de vista las preguntas. Es eso o la sumisión, los “códigos”, la conducta corporativa (que algunos caraduras tienen la desvergüenza de llamar “ética”), la elección del centro de la corriente y la vocación de corcho. No sé. Hoy elijo de nuevo ser incómodo, cuestionador para afuera y para adentro, imperfecto, pero mejorable y básicamente bueno porque intento hacer cosas buenas. Esa es mi base. Ese es mi mínimo no negociable Esa es mi rebeldía. Ese es el modo en que he decidido transitar este último tramo de mi vida que por otra parte y si se me permite, espero que lo más largo posible y de paso, si no es mucho pedir, desearía que mi dignidad, mi rebeldía, mis convicciones, mi fuerza, mi escepticismo constructivo y mis ganas de ser mejor se murieran después de mí, nunca antes. A quien corresponda, que le llegue este mensaje como un pedido y si está en sus manos, me haga saber como sea si está concedido o no. Es lo único que pretendo, digo, alguna vez en mi vida, tener más o menos claro a qué atenerme.

James Dean (1931-1955) Un arquetipo, algo anacrónico tal vez, del rebelde. Murió a los 24 años al estrellarse con su porsche luego de terminar el rodaje de tal vez su filem más conocido: "Rebelde sin causa"

James Dean (1931-1955) Un arquetipo, algo anacrónico tal vez, del rebelde. Murió a los 24 años al estrellarse con su Porsche luego de terminar el rodaje de tal vez su filem más conocido: “Rebelde sin causa”. Ojalá hayas encontrado, estés donde estés, lo que andabas buscando con tanta pasión

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