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Los nombres no garantizan absolutamente nada. Ninguno tiene una ventaja específica sobre otro. Pensar lo contrario es más o menos lo mismo que sostener que si se nace bajo la influencia de Libra con ascendiente en Cáncer, la vida le sonreirá a esos afortunados y por el contrario: ¡Pobre de aquellos a los que les toca ver la luz con el signo de Tauro en confluencia con Acuario!. Huevadas. Los astros y los nombres son sólo eso: Astros o nombres.
Pongamos el caso. Uno puede haber sido bendecido con un “Alberto” y con el paso del tiempo demostrar cada vez con mayor nitidez que con suerte y como cerca podrá ubicarse a quinientos años luz de Einstein. Otro lleva dignamente un “Luis” y no podrá por más que se empeñe y deje la piel en ello, hacerle la menor mella a Beethoven que por otra parte podrá descansar en paz sin inquietarse porque se viene el que lo desplazará del sitial de leyenda de la música luego de una pila de años de estar allí, propiamente en la cima. Eso sí: Puede llamarse Luis y ser sordo, pero es más bien poco probable que esta situación se relacione con algún poder secreto del nombre o en todo caso con efectos perniciosos para el funcionamiento del oído del portador.
Hay un caso paradigmático, por cierto y es el de llamarse “Néstor” en este país, en especial desde 2003 y más aún desde 2005-2006. No es poca cosa llevar puesto un Néstor por más que uno sea del montón. Es un nombre que ha adquirido con el paso de los años, una cierta cotización, por así decirlo. Un valor intrínseco que trasciende la dudosa estética que lo caracteriza. De un tiempo a esta parte, escuchar que se dice “Néstor” en las inmediaciones, obliga a pensar en “El”, lo que en cierta medida es lógico y demuestra que la letra con insistencia entra y que hay insistencia no se discute porque pocas veces se ha visto bautizar tanta obra pública, tanta calle y tanto torneo deportivo de esa manera con ese nombre. Cierto es que en el caso de “Cristina”, “Diego”, “Lío” y el de más reciente aparición en el firmamento: “Francisco”, puede pasar más o menos lo mismo, pero reconozcamos que salvo “Cristina-Ella” y por otras razones, ”Francisco”, los restantes tienen implicancias más limitadas; si se quiere más mundanas, ligadas sobre todo al fanatismo, a la idolatría, al encandilamiento, a la mentalidad cholula del argentino medio y a un poder de seducción evidente de los portadores. Pensándolo bien: Los cuatro nombres dan la impresión de moverse más o menos por el mismo meridiano ¿No es cierto? Por si acaso: démosle tiempo a Messi porque todavía está verde como para jugas, en este aspecto, en la primera “A”.
Como costumbre, me fui a banquina y aquí me veo tratando de recuperar el pavimento antes de que el auto se me escape de las manos. Esto va en serio y andábamos introduciéndonos a la comprensión del “Secreto encanto de llamarse Néstor en la Argentina”. Va muy en serio aunque no parezca. Tan en serio que no puedo escribirlo con la solemnidad que sería previsible para el tema. No puedo sino pensar en voz alta que en nuestro país hay miles y miles de “Néstor” que no la pasan tan bien, lo que se hace más evidente e incluso hasta paradójico en aquellos que llevan el nombre en honor “al que te dije”, al “del ojo esquivo” que pudo enriquecerse más allá de lo que la moral manda, que hizo y deshizo en una provincia periférica manejándola como si fuera una plantación del sur de los Estados Unidos antes de la Guerra de Secesión, que se convirtió en duelo de más propiedades de las que podía acomodar en su memoria y que se fue especializando con el tiempo en hacer leña del árbol caído, habilidad en la que llegó a destacarse y ser referente.
El tema es que “El” fue un Néstor que sí la pasó bien y de algún modo parece bendito por la fortuna y las circunstancias que por otra parte, trataba de manejar toda vez que se le presentaba la oportunidad y se sabe que dominar el entorno es uno de los requisitos del éxito. Así como ha “Néstor” que secan el nombre de tanto sacarles jugo, otros no tienen tanta fortuna o simplemente se trata de que les ha sido vedado por un juego perverso de los dioses el acceso al exprimidor.
Algunos dirán que la suerte dispar tiene que ver con problemas de cultura. Con cerrazón que impide acceder a los beneficios de la civilización por culpa de ataduras a creencias imposibles de comprender para el hombre moderno, occidental y en líneas generales, cristianos. Otros sostendrán con la mejor cara de convencidos que se trata de puro azar, de una suerte de resultado de un “choque de moléculas social” que como todo movimiento caótico, puede desencadenar en resultados imprevisibles depende de qué lado de la muralla se caiga después de las reacciones químicas pertinentes. Habrá también los que le achaquen al individuo su falta de competencia para aprovechar tamaña ventaja. Su falta de visión como para darse cuenta que ser un “Néstor” no es cualquier cosa y puede llegar a tener utilidades inimaginables si uno se toma el trabajo de descubrirlas. Proceso que tal vez puede llegar a ser bastante laborioso, pero tiene grandes posibilidades de dar frutos más que convenientes, pero el problema es que cientos y cientos, miles de “Néstor” están demasiado sumergidos en la tarea de llegar no a fin de mes, sino al final del día con la panza más o menos llena. Se ocupan de ahuyentar la miseria con lo que tienen a mano lo mejor que pueden, o se declaran vencidos, se rinden y dejan que el torrente de la historia se los lleve puestos sin alcanzar siquiera el rango de número en una estadística.
Néstor Femenia se murió a los 7 años. La ventaja supuesta del nombre se la comió la miseria, el abandono, el desinterés de políticos y gobernantes, la inequidad estructural, a lo que se sumaba y el hecho de haber nacido Qom en el Chaco. Se murió, como firmaron los médicos de guardia en el hospital en su acta de defunción, de “Enfermedad” y pese a que suene demasiado grotesco por lo poco profesional, quien escribió eso, tenía razón. Néstor Femenia, con 7 años y unos 20 kilos era una enfermedad en sí mismo. Una enfermedad que no aparece en los libros de patología médica aunque sí se ve con frecuencia en el Africa de la postergación, la injusticia, el sometimiento y el olvido, en los campos de exterminio del nazismo y de sus discípulos y en las provincias del norte argentino donde como dio ya desde hace tiempo, a las “comunidades de pueblos originarios” no los tratamos mejor ahora que llevan tan pomposo nombre de lo que los tratábamos cuando eran sólo “tribus de indios” y les decíamos tobas y no Qom.
Con este Néstor, con este niño que en toda su vida ni siquiera tuvo una oportunidad para darle descanso a la tristeza, al dolor y al sufrimiento, estoy seguro que se me ha muerto una parte más grande de lo que yo mismo creo y se ha muerto con dolor, con tristeza, con la percepción casi sólida de que también en cierto modo soy responsable de esa cara que estalla en lágrimas, de esas costillas que perforan la piel desde adentro y de ese miedo estructural que quien dice no lo convenció de hacérsela un poco más fácil a la muerte.
Descansá en paz, changuito. Lo mínimo que te merecés es eso y que donde hayas ido a dar te encuentres con todo lo que te faltó y no te dejó ser.
De paso y si podés,si te da el ánimo y te vienen ganas, querido changuito, hacé lo posible por perdonarnos. A algunos de nosotros te juro que nos hace falta.

Néstor Femenia. La foto la tomé, así como está del Diario El Tribuno de Salta de hoy. No quise taparle los ojos para que  pueda mirar a quienes por acción u omisión, dejamos que se muriera tan antes de tiempo.

Néstor Femenia. La foto la tomé, así como está del Diario El Tribuno de Salta de hoy. No quise taparle los ojos para que pueda mirar a quienes por acción u omisión, le saqueamos la luz que le quedaba en los ojos y dejamos que se muriera tan antes de tiempo. Te pido perdón por lo insignificante de mi homenaje. Es que así me siento: Tan, pero tan poca cosa.

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