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Hoy es un día raro. No está él y hasta hace nada estaba. He de confesar que lo que más me llama la atención es que hay lugares por los he transitado estos días que lo siguen teniendo incorporado, tanto que cuesta ubicarse en ellos sin dejar de pensar que va a aparecer en cualquier momento y entonces, llegaremos a la conclusión de que todo lo que lleva a pensar en ausencias es ilusorio, un simple simulacro de delirio, un truco de las percepciones, una trampa en la que caemos de vez en cuando los incautos y será por eso que muchas veces empezamos a extrañar antes de tiempo.
Pocos sabíamos (él se ocupaba de sembrar el campo de señuelos) que peleaba a su modo contra una enfermedad despiadada y creo que muchos menos estábamos conscientes de que la gran duda era si en realidad seguía en plan de lucha o ya había dado por terminada la guerra y sólo esperaba que el vencedor se alzara con el botín porque había decidido por su cuenta decretarse vencido sin más trámite.
Tal vez no se reconciliaba con la idea de ver cómo el cuerpo se le iba deteriorando, sin que apareciera en el horizonte una promesa de control posible, cosa que él tenía clara porque sabía que con el tiempo no se negocia. Como médico, había aprendido que el tiempo podía ser, según como pintara la mano, aliado o adversario, incondicional en cualquiera de sus facetas.
Quién te dice que no sentía necesidad de convencerse que el tabaco era tal vez uno de los peores enemigos (al menos entre los que venían desde afuera) y por eso, quizás para no entrar en conflictos inconducentes que hacen perder la elegancia y la compostura, había decidido capitular también ante él y como para ahorrar trabajo y explicaciones, tampoco le prohibió la entrada a una buena mesa sin restricciones porque él era así, excesivo y no hay cómo ir contra la propia naturaleza.
O será que ya no podía cargar sobre sus espaldas esa enorme bondad que tantas veces se ocupaba de camuflar detrás de capas y capas de sarcasmo y así atenuar su presencia hasta anularla en la visión de las miradas indiscretas, para evitar que se lo viese así, tal como era. Bueno y punto porque a esta altura del partido no podemos negar que hizo cosas buenas, vaya si las hizo.
No sé. Quizás no supo evitar que el personaje, como suele ocurrir, se devorara a la persona y ya no le salían con tanta facilidad esas sentencias que lograban desacomodar hasta al más pintado. Se me da por pensar muchas cosas, creo que como suelo hacer cuando algo me lastima y no me interesa disimularlo. Demasiadas cosas se me amontonan en el balcón ahora que el dolor puro y duro ha encontrado un resquicio para salir a la superficie y ponerse fuera de mi control, como tiene que ser cada vez que un hueco en el alma toma forma y se apropia de un espacio que será suyo hasta quién sabe cuándo.
Hoy por hoy sé que lo quise mucho a este tipo. Como suele suceder, me doy cuenta que lo quise más de lo que yo creía. Me consuela un tantito así, saber que una que otra vez se lo dije en la cara a este gordo infeliz que más de una vez me hizo saltar al Mr Hyde. A este niño enorme de sonrisa pícara y mirada brillante que parecía haber sido sorprendido en plena travesura y creo que eso es lo que importa porque ese enorme afecto que le tuve, pudo mantener a raya siempre la tentación que me daba de juzgarlo porque no se cuidaba, porque me vivía diciendo que me envidiaba por mi voluntad de salir a caminar al rayo del sol, porque no dejaba de fumar y no demostraba la menor intención de mejorar su relación con el azúcar que se empeñaba en mantenerse alta, haciendo ese daño todos sabemos que hace.
El sabrá por qué no se cuidaba y no hacía lo que la medicina recomienda en estos casos, corroborando una vez más que los médicos nos caracterizamos por ser los peores pacientes. Tal vez él, por su permanente idea de conciliar, quiso que se mantuviera la verdad de ese dicho y se esforzó entonces por ser el peor paciente posible. Como dije, el Gordo solía ser así: Excesivo.
No digo que entendía su postura (al menos aparente) de dejar que la diabetes se lo llevara puesto, pero sea como sea, yo aplicaba en él lo que siempre pensé y es que la gente, sin excepción, tiene más razones para no cuidarse que para cuidarse, más si recordamos lo que decía Mark Twain: ”Para vivir una vida sana, debemos de comer lo que no apetecemos, beber lo que no nos place y hacer lo que preferiríamos no hacer”. El territorio que habitan los motivos para no hacer lo que se debe cuando se sabe uno amenazado por la enfermedad es una zona minada en la que nadie debería meterse sin autorización del dueño del terreno que a la vez nos va a ir indicando dónde es peligroso pisar porque al fin y al cabo es uno quien pone las minas o de última, es uno el que tiene idea de dónde están colocadas.
En una de ésas, digo, el gordo se tomó a Twain al pie de la letra y punto. Esta vida de ascetas no es para mí y a otra cosa con los preceptos de la ciencia, habrá pensado y de un plumazo, a los de factores de riesgo les quitó la categoría y punto, excesivo como era, de nuevo.
Para hacerla corta podría decir que hizo eso, pero algo me dice que debía haber cosas más profundas que se escapaban de la mirada de todos los que de alguna manera, más o menos, llegamos a conocerlo, como en mi caso, fui uno de sus compañeros de escuela hace cincuenta años, lo que me doy cuenta que hoy con él en otra dimensión, no significa nada porque a sus rincones oscuros, a sus dudas o en definitiva a sus miedos, fui uno más de los que no pudo llegar, entre otras cosas porque él con la sutileza de un canciller, no lo permitía. En una de ésas porque pensaría que andar ventilando los puntos flojos no era de caballeros.
No quiero que la tristeza me siga ensombreciendo y trato de timonear los recuerdos y verlo con esa enorme dignidad, esa compostura de gentilhombre y ese exquisito sentido del humor sobre el que había construido un personaje que daba la impresión de mantenerlo a salvo de todo, menos del él mismo. Ese personaje que tal vez intentaba decirnos que el miedo se había transformado en un tema de agenda y había tomado cuerpo desde que se enteró que había una enfermedad con nombre y poder de fuego que estaba ganando territorio dentro suyo y que al final resultaría vencedora.
Te acercaste a la parte iluminada de mi memoria, Humbertito querido (siempre el “querido” va después del nombre cuando habla la “gente como uno”), te llegaste con ese desparpajo elegante que mostraba al aristócrata que te gustara o no, llevabas puesto- “Yo soy un aristócrata venido a menos por un revés de fortuna”, decías y algo de eso seguro que había.
Estás en la memoria como protagonista de este momento que me lleva a escribirte y a recordar al gran tipo, al maestro, al del humor casi inglés por lo refinado (no siempre, justo es reconocerlo), al de la caballerosidad pasada de moda y por eso, precisamente por eso, mucho más valiosa, al que se confesaba ignorante pleno de “estas cosas de la gestión” y al que no se le podía negar una mano en esas urgencias, sobre todo cuando a algunas de las direcciones o a la Gerencia les daba un ataque súbito de eficiencia y se resucitaban fuera de contexto convenios de gestión de otras épocas que te provocaban un estado de crispación evidente. Si habremos discutido, Humbertito. Si me habrás hecho pasear por la tierra de la calentura con tus salidas en medio de una reunión formal que vos transformabas cada vez que podías en una mesa de amigos donde yo, el talibán de la solemnidad para esas ocasiones, quedaba en ridículo y tenía que dar, obligado, el brazo a torcer y sumarme a un corriente porque bajar un cambio de tanto en tanto no le viene mal a nadie.
Es una pena, hermano. Te juro que es una pena porque a partir de un punto, las opciones se te presentaron claras y hasta pienso que hubo chance de destejer esa parte de la trama de tu historia y volver urdirla diferente, digo, para que te quedaras con nosotros un tiempo más, entre otras cosas porque había un discípulo que por fin encontró su maestro y eso no es poca cosa, sobre todo hoy, en este tiempo complicado y raro en el que los valores ya no valen, los sueños vuelan cada vez más bajito y las ganas de crecer para ser mejores están como desganadas, sin fuerza, ahí, en el costado, donde se apilan las cosas pendientes que más que pendientes, están condenadas a la postergación definitiva, cuando no al olvido.
Como te decía. La cosa era sencilla. O dabas un vuelco y ordenabas de una manera totalmente distinta la biblioteca o dejabas que el tiempo hiciera su trabajo allanándole el camino a la enfermedad para que ésta a la corta o a la larga, te terminara llevando y así fue. Qué cosa, hermano. Tener que extrañarte tan pronto, tan antes de tiempo. Qué cosa, hermano. Vos y unos días después Elena. No hay caso, Humbertito, este 3 de diciembre va a tener un gusto amargo y demasiadas sillas vacías.
Hasta siempre y que estés bien. te doy mi palabra que de aquí en adelante, me voy a encargar de cumplir tu pedido: No te vamos a dejar afuera de ninguna conspiración.

Para Humberto Figueroa que ahí anda sin irse del todo

Personaje

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Un pensamiento en “Personaje

  1. …Y no me dejen afuera de ninguna conspiración…!!
    Abrazo grande Humberto, me enteré de tu partida estando yo en un momento bastante crítico y la pena me atenazó el corazón…

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