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Maestro de maestros el Ministro. Uno de los pocos políticos que fue capaz de adelantarse a su tiempo y ver más allá. Casi un Capitán Kirk que tenía la intención de “llegar a donde jamás había llegado el ser humano”. El problema es que la provincia de Salta no era la nave Enterprise, ni el Ministerio contaba en su tripulación con un Scotty, una Uhura y mucho menos con un Señor Spock. De hecho, ese enorme barco estatal que se mueve propulsado a puro viento de cola y gracias a la inercia, estaba lleno de marineros de agua dulce que jamás en la vida habían capeado una tormenta. Improvisados navegantes de Pelopincho que rotaban de cargo en cargo en esa calesita demencial donde después de dar una vuelta completa, todo regresaba al punto de partida para empezar de nuevo y repetir con el empeño de los necios y la efectividad de los estúpidos los errores de siempre. Que conste en actas que hablo de estúpidos no como un insulto, sino como una descripción sintética de ciertos personajes, partiendo de la base de que estúpido es aquel que hace las cosas siempre del mismo modo y espera resultados diferentes. Tal vez, si uno fuera políticamente correcto, los podría llamar “funcionales al sistema” pero me parece que queda corto y la verdad, es que esta altura de la vida, no me queda ánimo como para andarle haciendo precio a este tipo de gente.
Qué quieren que les diga. Prefiero decirles corruptos, ineptos, incompetentes, traidores porque la verdad es que muchos de ellos se portan peor que delincuentes comunes porque hacen mucho más daño, sobre todo cuando tienen la educación o la salud en sus mano. En esos casos su poder de fuego es de gran ayuda en la dura tarea de aniquilar el futuro específicamente de los que menos posibilidades tienen de llegar a él con algo de dignidad. Los vulnerables, los que miran el sistema desde el lado de afuera de los márgenes, los que viven toda su vida sin alternativas. El destino de esa gente es lo que muchas veces se decide en una “mesa chica” donde hay pocos que pactan en un escenario de misterio y clandestinidad. Lo peor del caso es que casi ninguno de ellos piensa ni siquiera un segundo en que la moneda de cambio suelen ser personas de carne y hueso que están a merced de los vaivenes de tipos que al mismo tiempo que dejan sus escrúpulos en el estante más alto de la biblioteca, empiezan a modular la voz con discursos seductores donde proclaman su compromiso con la gente que a todo esto los mira comer y tomar hasta hartarse, con la esperanza de que sobren algunas migas y así salvar el día.
Pasa en educación con la consigna de ir bajando la vara de nivelar hasta ponerla lo más cerca del piso posible. Qué importa abolir la gramática, erradicar la ortografía, evitar que los niños no entiendan lo que leen. Total, cuando lleguen a la universidad se van a “poner las pilas“. De ahí en adelante, no los va a parar nadie. Es así. Esta gente que da su vida por la política nos va a hacer creer que esté donde esté la vara, nuestro país va a seguir exportando cerebros como sucedió a lo largo de la historia y desde este remoto confín de Sudamérica van a salir los contingentes de profesionales y científicos que llenarán los claustros universitarios de todo el mundo con la excelencia que sólo se puede obtener con nuestro sistema educativo que muy pocos (ninguno de estos iluminados, por supuesto) parecen haberse percatado de que se viene cayendo a pedazos sin pausa desde hace ya mucho tiempo.
Pasa en salud. Nos pasó a nosotros que creíamos haber encontrado un modelo que merecía ser desarrollado porque de entrada supimos que era perfectible y que necesitaba mucho trabajo para funcionar a pleno, como pretendíamos que lo hiciera. Un modelo que después de poco más de ocho años de lucha, con sus idas y sus vueltas, vino a caer en manos de los políticos, igual que un botín de guerra (que en estos casos se llama “promesa de campaña”). ¿A quién le convenía que un Hospital se destacara netamente del resto de la red y que encima lo gerenciaran “los gallegos”?¿Quién se haría cargo de explicar por qué este hospital sí funcionaba, sí gastaba lo que debía y sí asistían como corresponde y los demás no? Eran preguntas pesadas, a las que debía darse una “respuesta política”, con todo lo que ello implica.
No se trataba entonces de hacer el esfuerzo y elevar la calidad de la red de salud pública de la provincia. No estaba en los planes de nadie tomar la decisión estratégica de “ir hasta el hueso” y refundar el sistema. A ninguno de esos personajes que fatigaban los pasillos y los despachos el Ministerio les podía caber en la cabeza semejante dosis de sensatez y respeto por el bien común. La misión, entonces, fue otra, la opuesta o sea tirar abajo prolijamente todo lo hecho y en lugar de repicar lo que funcionaba, se optó por la de siempre: parir un “elefante blanco” más, con la pátina de ineficiencia, desidia y comportamiento inercial que caracteriza a la mayoría de los organismos del estado en nuestro país. Fue él, nuestro Ministro, el encargado de ejecutar la orden. El, en su osadía, en su audacia sin límites, fue el que dio el puntapié final para crear esto que lleva un nombre que cada vez se parece más a un estigma del que obviamente nadie se enorgullece. Se llama hoy como merece llamarse: “Hospital Público” Materno Infantil, con todo lo que implica ser un hospital público que en realidad, más que materno-infantil es infantil porque dentro de él, la gran mayoría hace lo que le viene en gana. Convenientemente para su misión de captar adherentes, desde el polo gremial se pretende confundir propuestas de gestión con coartación de la libertad profesional, cuando no con deshumanización y codicia. Se trata de hacerle creer a los incautos que el control y la evaluación de desempeños es persecución laboral y que la excelencia y flotabilidad en la corriente del sistema son la misma cosa. No nos extrañe que casi nadie visite nuestra biblioteca virtual y que pocos, muy pocos, reclamen por mejor acceso a la actualización científica y menos, muchos menos, cultiven actitudes como el compromiso con su propia gestión del conocimiento, la autocrítica y la honestidad intelectual. Para qué hablar de debatir ideas o proyectos, si funciona con descalificar personas.
Sea lo que sea, se cumplió la premisa de la gran mayoría de los gobiernos que padecimos en nuestra Salta desde que tengo uso de razón y es exterminar las promesas, los sueños, los ideales o las visiones que puedan llevar dentro la esperanza de un cambio que nos mejore. Se trata, en definitiva, de destrozar todo lo hecho, con la condición de que los que vengan después se hagan cargo del dolor, de la frustración, del vacío y de la desesperanza que va a ocupar todos los espacios que van a dejar libres, cuando desaparezcan exterminados por la desazón, todos los que cometieron el pecado mortal de pensarse mejores.

Pelotero

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