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Seis y cuarto de la mañana. Un día como cualquier otro. Me despierto con la ingenuidad intacta. Me dedico con todo el empeño posible a pensar que las cosas pueden llegar a ser diferentes y peor todavía, llego al límite de la candidez cuando imagino que eso depende de mí. Vaya uno a saber qué poder se esconde detrás de unas horas de sueño como para hacerlas capaces de renovar las ilusiones. No importa que ya no se pueda dormir de un tirón y que la noche se divida en tramos porque se sabe que a medida que nos ponemos viejos, despertarse de tanto en tanto deja de ser la excepción para convertirse en una regla. Para dormir en cuentagotas basta con esa preocupación que ha quedado adherida al último pensamiento antes de cerrar los ojos y que se parece tanto a la obsesión que cuesta encontrar la diferencia.
Se empieza el día con una rutina que tiene algo de ritual, como toda serie de actos que se iteran y sirven de cables que nos conectan a un mundo que hagamos lo que hagamos, ha seguido y sigue con su giro permanente alrededor del eje del tiempo porque no cuenta con la opción de detenerse. La conciencia va goteando mente adentro y es como si impregnara de a poco el cerebro todavía embotado mientras se va desprendiendo de los restos de algún sueño (cuando no una pesadilla) que suelen rezagarse tal vez con la ilusión de acompañarnos en el viaje hacia la próxima noche donde si cuadra, volverá a ser protagonista y a tener algún sentido porque todo tiende a indicar que los sueños en vigilia están condenados a evaporarse sin dejar rastros o a lo sumo un dejo salado en la boca.
Salir a la calle con el mejor aspecto gracias a la habilidad que se va adquiriendo para que el día de ayer se transforme en un bocado que la memoria es capaz de tragarse de un solo saque y digerirlo (es un decir) lo mejor que puede. En general, no quedan grandes restos y se puede intentar un arranque como si el mundo fuera nuevo. No importa tanto si se trata de una artimaña que sólo procura hacer de cuentas que no puede existir lo que no conviene. A no sorprenderse por lo infantil del esquema. Es sabido desde siempre que mucho de lo que apesta a real tiene más de fantasía que de materia.
En fin. Ir de lunes a viernes a trabajar a un sitio que ya no es lo que era y fue despedazado porque se pudo constituir esa alianza nefasta y despiadada entre el tiempo, la inacción con resistencia, el egoísmo disfrazado de política y los intereses mezquinos. Cuando la política se desnaturaliza, se hace esclava del poder y ve todo lo que funciona como una amenaza. La paranoia de los que deciden hiere de muerte a los mejores proyectos porque lo primero que olvidan cuando se encaramen en ese mundo demencial que engendra enemigos en serie, es que en el momento de nacer, cada idea tiene la forma y la textura de los sueños. Pocas cosas rezumen tanta tristeza como un sueño muerto, más aún cuando viene de una larga agonía, con la impotencia encastrada a presión dentro del alma. Sin válvula de escape y sin respuestas.
Llegar este sitio hoy hostil. Transitar los pasillos que tantas veces caminé con paso diferente al de hoy. Sin hacer esfuerzos como ahora para mantener la esperanza a flote para que sucedieran cosas que me hicieran mejor y vaya si sucedían en esos tiempos. Vaya si lo que deseaba se iba cumpliendo, a veces con tanto vértigo que no alcanzaba el tiempo como para aprehenderlo todo y quedaban los tinteros llenos de letras sin escribir, disueltas en el líquido negro que las ocultaba de los depredadores y les permitía esperar tranquilas el momento de la pluma, el papel y la siembra de palabras en el centro de la memoria para que a partir de allí, la historia se contara por sí misma, como tiene que ser, mientras el mundo hace como que se detiene a mirar lo que sucede allí, en esa comarca lejana de todo y pasa las cosas sin nadie que interfiera ni pretenda arrogarse paternidades que no le corresponden ni se merece.
En este lugar que ahora es tan diferente que se percibe peor, los sueños y los proyectos se parecían tanto entre sí que nadie perdía el tiempo en encontrar las diferencias porque la verdad es que no valía la pena.
Había valores. Había misión. Había visión, metas y objetivos. Todas palabras repletas de sentido, lejos, muy lejos de las declamaciones vacías, Tal vez el camino para llegar no era el mismo para todos y la velocidad de marcha también era diferente, pero se tenía claro que allá era allá y la dirección de viaje era una sola. Hacia ese punto en el futuro dirigíamos la mirada y hacia ese punto encaminábamos los pasos. Cierto es que hubo algunos que no entendieron y de ese modo comenzó a germinar lo que no quisimos, no supimos o no pudimos ver. Una cosa tan obvia y sabida que nos impregnó es que el peor enemigo es aquel que nace de nuestras mismas entrañas y es el peor porque como se nos parece, puede crecer y hacerse poderoso, a la vez que mantenerse invisible como amenaza. Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde y el fracaso, de ser una posibilidad remota, se convirtió de una día para el otro en un hecho.
El desgaste, el deterioro y la pérdida de nuestra identidad que nos hacía distintos al resto, comenzaron mucho antes de que en ese setiembre de 2009 a un burócrata trasnochado con disfraz de Ministro se le ocurrió que era una idea brillante encajar un hospital dentro de otro y mezclar dos culturas que no tenían el menor interés de fusionarse y allí empezó el derrumbe de lo que había sido una promesa de cambio que como la mayoría de las promesas en países periféricos y artesanales como el nuestro, quedan en eso. ¿Qué habrá pensado ese Ministro? ¿Qué excusas habrá pergeñado para dar por tierra a un plan de acción que preveía un traspaso progresivo y no una fusión traumática? ¿Acaso habrá querido ser él una parte de la historia y que su nombre quedara en el bronce? ¿Es que tal vez por mirarse permanentemente el ombligo se olvidó que para el resto del mundo su ombligo es menos que nada? ¿Qué habrá pasado por su cabeza? ¿Es que tenía en la manga la posibilidad de descargar culpas en otros en nombre de su majestad, la decisión política? Fue un visionario, tal vez y yo no soy capaz de entenderlo porque mis limitaciones se hacen evidentes ante tamaña grandeza.

Pelotero

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