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Ya que estamos en tren de confesión (o reconciliación como se le dice ahora), he de comentarte que ese 8 de diciembre de 1966 a eso del mediodía en la Catedral de Salta, no sentí lo que mi maestra de catecismo dijo que debía sentir. Yo le creí y apenas recibí la hostia, traté de no preocuparme porque se me había pegado al paladar como una estampilla y pese a que no había modo humano de deshacer esa unión, decidí archivar ese asunto y que el tiempo se hiciera cargo de deshacer las adherencias. Yo debía estar plenamente concentrado para detectar en tiempo real la aparición en mi interior del Espíritu Santo. Esto estaba charlado y lo habíamos pactado en las largas lecciones de Catecismo con mi paciente maestra. Debo aclarar que la preparación para el sacramento no fue comunitaria. De hecho: yo era el único alumno de esta abnegada evangelizadora que aún hoy recuerdo pese a que ha pasado tanto tiempo.
Lo dicho. En un ejercicio intuitivo de uso simultaneo de mis dos hemisferios cerebrales, me mantuve alerta como un vigía comanche. Con el izquierdo semblanteaba en ambiente, para tomar puntos de referencia o más bien caras de referencia que eran más bien pocas y estaban confinadas a la cuarta fila de la catedral, detrás de las sempiternas viejitas que parecen haber comprado un abono para ocupar los mejores lugares, copando la primera, segunda y si van todas, la tercera filas de la nave central y de ahí, no hay Cristo (con perdón por la ironía) papaz de moverlas. La fe mueve montañas, pero aún no ha desarrollado la potencia suficiente como para desplazar este pelotón de pintorescas ancianitas de peinado batido con spray y equipo litúrgico completo, léase misal, pañoleta, rosario y lentes de ver de cerca.
Mi hemisferio derecho iba abriendo puertas neuronales para que pudiera caber el Espíritu Santo entrando en mí con las alas desplegadas. Una paloma ni tiene demasiada envergadura, pero uno nunca sabe y es mejor estar prevenido para no arruinar el vuelo rasante de ingreso al espíritu de recientemente reclutado por la Iglesia Católica en nombre de Dios. Estimo haber construido una pista de aterrizaje más que aceptable en un cerebro libre de todo pensamiento impuro, ya que la confesión o reconciliación mantenía su efecto porque no habían pasado ni cuarenta y ocho horas de haberla consumado rajilla de por medio con un cura de voz cascada y un marcado acento italiano que me dio la impresión de estar en otra cosa. Tal vez, él también jugaba a disociar los hemisferios.
Párrafo aparte para la confesión. Dicho sea de paso, yo en ese tiempo aún no disponía de un repertorio de pecados de contundencia y variedad suficiente como para impresionar siquiera un poquito a un sacerdote que en apariencia, acumulaba varias décadas en el negocio, con lo que se necesitaría algo espectacular para sacar de la modorra su capacidad de asombro. Yo me sentía en cierto modo limitado en ese sentido, ya que aparte de un par de inasistencias a misa, unas cuantas palabras subidas de tono, una que otro secuestro de vueltos y unas cuantas mentiras de poca monta, no había nada que mereciera la pena destacarse. El cura debió estar de acuerdo con esta apreciación porque después de hacerme rezar el “Pésame”, se decidió por una penitencia en cierto modo simbólica que me colocó en Gracia de Dios sin demasiado esfuerzo.
Debo reconocer que en ese momento ya me hizo algo de ruido no haberme sentido más liviano después de la confesión. Se suponía que liberarme del pecado significaba sacarme un peso de encima, pero qué quieren que les diga, no noté diferencia entre mi status de candidato al infierno por esas dos misas pasadas por alto y la Gracia de Dios que me había sido concedida en virtud de mi arrepentimiento que la verdad es que no fue para tanto porque entre lo nervioso que estaba, sumado a que el cura no me dio mucho tiempo como para reflexionar acerca de mi ristra de ofensas al Señor, la interacción con el cura se pareció más a un trámite administrativo, al complimiento de un requisito si se quiere que a un acto de reconciliación con el Creador del cielo y de la tierra. Qué sé yo. Es como que le faltó picante al encuentro y ahí estaba yo, recién purificado, listo para recibir en pocas horas el Cuerpo de Cristo y sin sentir absolutamente nada más que una suerte de angustia por la vergüenza que me provocaba tener que ir sola mi alma con un traje heredado, de pantalón corto a medio muslo y más bien chico de todas partes, más con el calor que se pronosticaba para ese día. No digo que presagiaba un Via Crucis conmigo de protagonista, pero sí tenía la percepción de que recibiría el Sacramento después de una Odisea térmica que daría por tierra con mi compostura, mi pulcritud y para qué decirlo con mi elegancia que quedaría disuelta en sudor a los pocos instantes de comenzada la ceremonia. De sólo pensarlo, ya transpiraba, en un anticipo de lo que me esperaba en la Catedral de Salta al otro día. Opté por la resignación y decidí ofrecer mi descontrol sudoral como sacrificio al Altísimo con el doble fin de satisfacerlo con un gesto de adoración, a la vez pidiendo que me enviara una señal que me permitiera sentir lo que se suponía que experimentaban las almas puras, una vez conseguido ese estado.
De más está decir que en lo referente a la señal. No sucedió nada o al menos no me di cuenta pese a que me mantuve despierto hasta bien entrada la noche y del cielo, silencio de radio. Por bastante tiempo tuve la duda acerca del efecto real de mi gesto de adoración, pero como todo lo que nos va sucediendo a la largo de nuestra historia, otros intereses me fueron ocupando la mente y esa duda se fue relegando hasta quedar como quien dice, arrumbada en el último estante de la biblioteca, olvidada y juntando polvo. Lo que sí dejó su marca por años, fue esa sensación de que algo o alguien había logrado, por acción u omisión que se anestesiara mi incipiente misticismo. No era la mejor forma de empezar y hasta yo me estaba dando cuenta y eso que a los ocho años y pico no era lo que se dice el pistola de la cuadra. Más bien encajaba sin lugar a duda dentro la categoría de los lentejas, cumpliendo todos los criterios de inclusión, desde no saber ninguna mala palabra fuera de las standard, hasta no entender los chistes que en esa época se llamaban “verdes”. Yo era un típico gordito candidato al arco y entonces no se podía esperar que mi velocidad de entendederas tuviera un rendimiento mayor al previsible. En definitiva: Si hasta yo me daba cuenta que esta no era la mejor forma de empezar, la cosa seguro pasaba de evidente.

(continuará)

Creador III

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