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– Bueno. Aquí estamos …

Dentro de las tantas cosas que nuestra cultura judeo-cristiana no tiene claras, está el manejo de los silencios incómodos. Esos momentos eternos donde nadie dice nada y da la impresión de que el techo se va a derrumbar sobre la concurrencia, a menos que alguien con vocación de superhéroe tenga a mano alguna de esas frases hechas que todo indica han sido inventadas justamente para este tipo de circunstancias. A veces basta con un carraspeo o un ligero ataque de tos, pero en otras ocasiones el corte de la tensión tiene que ser más explícito, como en este caso en que en la mesa oval del despacho del Ministro de Salud Pública, estaban reunidos los representantes gremiales de los médicos de la provincia, cinco en total, junto con el Ministro, sus Secretarios de Estado, una cuadrilla de abogados y un par de funcionarios de línea indefinida que aportaban volumen al encuentro. Eran quince personas en total. La cosa empezaba despareja porque diez contra cinco no es un número lógico si se pretende una pelea pareja, pero así están dadas las cosas en los más altos niveles de conducción de estos gobiernos democráticos que citan una reunión de “mesa chica” y al final parece un almuerzo de los Campanelli, dicho esto por la cantidad de comensales y la profundidad de los temas, así como el nivel discursivo, técnico e intelectual con los que son tratados. Esta parecía ser una de esas reuniones donde el temario era tan largo que no sólo había plena garantía de no agotarlo, sino que era seguro que se pasaría la mayor parte de las cosas por encima, a vuelo rasante, como solía suceder de un tiempo a esta parte con estas negociaciones entre partes irreconciliables que estaban condenadas al fracaso o a estrellarse contra la pared porque empezaban con el acelerador a fondo sin considerar que en general transitaban por callejones sin salida. Para uno observador astuto y buen lector de contextos, era evidente que ambos bandos (por llamarlos de alguna manera), partían de una coincidencia absoluta en un punto: Ninguno de los dos permitiría que el otro aparezca como ganador de las discusiones. Todos mantenían tácito este acuerdo a lo largo de las agotadoras conversaciones, lo que al fin y al cabo daba cuenta que se trataba ni más ni menos que de escaramuzas de egos que jamás se ensuciarían las manos para llegar al fondo de ningún asunto. La cosa era tener en las manos la suficiente cantidad de palos para poner en las ruedas adversarias cuando fuera preciso, de modo que el avance fuera imposible y se lograra el tan anhelado estancamiento porque de ese modo se podían perpetuar y tener razón de ser en este sistema en el que unos juegan a que están muy enojados, mientras otros hacen el papel de intransigentes. De un lado se pide de todo, una larga lista de reivindicaciones pendientes que sospechosamente siempre terminan girando alrededor del mismo eje que es un sueldo que no desentonaría para nada dentro de la escala salarial de Finlandia o de Dubai. Este tema se lleva la mayoría de las horas de debate, cosa que en principio al menos puede sonar ilógico porque tanto unos como otros saben que lo que se pide es imposible de otorgar y para colmo se ha perdido el espíritu negociador de otros tiempos, de modo que se juegan los naipes a todo o nada, con una consecuencia lógica para los gremialistas que es casi siempre irse sin nada, al menos para la tropa que los mira desde la popular y no tiene acceso al corazón de esas reuniones. A esa cocina donde se prepara de todo menos comida sana no entra cualquiera. Sólo tienen pase libre quienes fueron elegidos por las bases para que asuman sobre sus espaldas el duro trabajo de defender los derechos de sus representados. Digan lo que digan estos personajes, ellos saben bien qué ingredientes se usan y cómo se negocia por debajo la mesa y cómo unos hacen de cuenta que dicen cosa importantes y los otros ponen cara de que escuchan y como si estuviera guiñado, casi como “Bailando por un sueño”, viene el momento de las discusiones, donde salen al ruedo frases duras como “con el hambre de los compañeros no se negocia” o ésta también clásica “la Salud Pública está al borde del colapso” (desde mediados de los ’80 vengo escuchando esta letanía y qué quieren que les diga, el tan anunciado colapso todavía sigue pendiente) y todo para que el Ministro o llegado el caso, el mascarón de proa que puso para reemplazarlo, ponga cara de parkinsoniano y diga en voz de tono neutro y volumen medio que “el presupuesto de la provincia no permite otro aumento” y ahí se congela todo y pasa a cuarto intermedio para una fecha a confirmar y lo que en realidad llama la atención de esta comparsa es que por el lado de los representantes de los profesionales médicos, los personajes son los mismos, al menos en líneas generales porque el recambio de cargos electivos no es la norma y parece que la representatividad vitalicia es la tendencia. Que en lo personal a mí ninguno de estos muñecos me represente, no es lo que está en discusión ni tiene demasiada importancia que yo no les reconozca autoridad ni técnica, ni moral para discutir en una mesa de negociaciones lo que se supone que me conviene o no, por la sencilla razón de que el eje temático de esta gente es salarial y el mío es profesional, con toda la amplitud de este término y en esto no admito matices porque según mi modo de ver, al mirar el tema desde este punto de vista, el salario es uno y sólo uno de los aspectos a conversar. Además, habría que hablar de cosas que veo que en estas rondas de conversaciones no se tocan porque al menos a los que participan en ellas, no les conviene abordar ciertos temas que para ellos parecen funcionar como arenas movedizas, de tal suerte evitan acercarse a ellos por miedo a hundirse sin dejar rastro y en esto quiero ser absolutamente concreto. De donde yo vengo y en la forma en que me educaron, la premisa “primero dar para después pedir” funciona casi como un axioma. No quiero decir “dogma” porque coincido con Fernando Savater cuando dice en su libro “La aventura del pensamiento” que los dogmas no son conclusivos, sino oclusivos porque obstruyen el flujo de ideas y el camino hacia el conocimiento, así que me quedo con la palabra axioma. Este es mi piso no negociable. Sigo y seguiré sin admitir que para esta gente el deber tenga menos valor intrínseco que el derecho (al menos ellos demuestran esa postura discursiva y fácticamente) y que a la hora de discutir reivindicaciones, aparezcan con cara de víctimas los “pobres médicos” (pareciera que son los únicos integrantes del equipo de salud al que por otra parte desprecian). Sólo ellos sufren la agresión de la gente, la sobrecarga de trabajo, la falta de reconocimiento a lo que hacen, las dificultades para acceder a educación permanente y la caída de su poder adquisitivo. Sólo los médicos se sienten postergados frente a otros gremios como los camioneros por dar un ejemplo y sólo los médicos deben contribuir con su impuesto a las ganancias todos los meses con el solo fin de que los políticos de turnos den rienda suelta a su compulsión de hacer caja para poder dilapidar lo que es de todos y de esa manera permanecer en el poder, más como lo hace un quiste que como uno pretendería que lo haga un líder.

Uno de los tantos grades dibujos de un gigante que fue Florencio Molina Campos

Uno de los tantos grades dibujos de un gigante que fue Florencio Molina Campos

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