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Angeles Mastretta dice en su cuento ”Ortografía” que la ortografía es carácter y vaya que sí lo es. Vaya que si es impecable refleja personalidad, aplomo, seguridad en sí mismo y sobre todo valor porque no es poca cosa andar por el mundo hoy en día escribiendo como se debe para mantenerse a salvo de las trampas que tienden los mensajes de textos y los tweets (entre otros enemigos manifiestos), sitios donde se ejercita hasta límites inimaginables el oficio de torcer las palabras hasta que se quiebran o de quitarles una a una sus letras como si se las descuartizara, hasta que llega un punto que terminan pereciéndose a cualquier cosa menos a lo que algún día fueron y tenían planeado (supongo) seguir siendo.
Vaya si es difícil mantener los principios cuando se trata de la escritura porque pareciera ser que en este mundo actual hay cosas importante que ya no conviene que importen y una de ésas se me ocurre que es la ortografía que cuando se toma en serio, merece cuando menos, alguna que otra burla de aquellos que piensan que “ke” y “que” son los mismo por la simple e infantil razón de que suenan igual, de tal modo que eso autoriza a escribir como se le venga a uno en ganas, con lo que las reglas y las pautas pasan a segundo plano y se vuelve a manifestar uno de los males que padecemos como sociedad y es que pensamos que las leyes son sólo meras sugerencias y cada transgresión es un síntoma.
Vaya si es difícil (al menos para mí), con esa preocupación por seguir las reglas y mantenerme dentro del marco, encontrarme que en el medio donde me muevo (la salud pública), donde se supone que los profesionales deberían marcar la diferencia en su acciones, escriben “ormiga”, “retrazo”, “deribar” y encima suelen manifestarse sumamente ofendidos ante la menor tentativa de corrección. Son términos de uso técnico que uno infiere que esa gente tiene que haber leído muchas veces en su vida, leído, entendido, asimilado y colocado en alguno de los sitios de almacenamiento del cerebro, pero que por alguna oscura razón que no alcanzo a entender, no son capaces de localizar cuando es necesario, como ocurre con tantas cosas que no se guardan con cuidado y a la corta o a la larga, se pierden.
Más aún. Tengo, creo, el derecho de suponer que alguien que escribe de esa manera sólo está la punta de una suerte de iceberg cognitivo, donde la parte sumergida no sólo es mayor que la visible, sino que es mucho menos accesible. ¿Qué más habrá mal guardado? ¿Qué cosas están reposando en sitios erróneos del cerebro, allí donde a nadie se le ocurriría ir a buscarlas? Aterra pensar cuántas “confusiones” o “errores” tienen que ver con un bajo nivel de conciencia tanto en el proceso de adquisición de conocimiento como dejarlo allí donde pueda estar disponible, pero mucho más aterra el hecho de que la mayoría ni siquiera se cuestiona estas cosas y sigue avanzando por la vida con ese bagaje de inconsistencias a cuestas, derrochando una saludable y peligrosa ignorancia que jamás será percibida como tal.
¿Tanto escándalo por la ortografía? La verdad es que sí porque además de coincidir con Angeles Mastretta en que tiene que ver con el carácter y con la elegancia, también se relaciona de manera prácticamente directa con el respeto. No deberíamos perder de vista que así como la palabra se apiada de nosotros y nuestras limitaciones al permitir que al usemos, tiene derecho a pedir que consideremos que no hay necesidad de manchar su identidad o arruinar su forma con tildes mal colocados, haches improcedentes, c por s (o viceversa) por dar algunos ejemplos de lo que hacemos con ellas cuando nos olvidamos que tienen forma y tamaño, elementos que las hacen únicas. Ellas nacieron y son de un modo, así que nadie es quién para deformarlas, al menos sin su debida autorización y menos aún porque se ha dado cuenta que hacer las cosas mal cuesta menos que hacerlas bien.

Carácter

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