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– Y sí, doctor ¿Qué quiere que le diga? El padre se las agarraba nada más que con Cristian. No sé por qué, se lo juro. A los otros la verdad es que ni los miraba. Este no es mío, me vivía diciendo. Este es de otro y me lo encajaste a mí. Así sos de guacha. Eso me decía y lo miraba al pobre chiquito que temblaba de miedo y a veces hasta se hacía pis encima y peor se ponía el padre. Maricón, le gritaba. Te voy a cortar el pito si te seguís meando encima y Cristian miraba al piso y se aguantaba las ganas de llorar hasta que el padre se iba y entonces él aprovechaba para esconderse debajo de su cama y ahí esperaba hasta cualquier hora a que el padre se durmiera o si había suerte, hasta que se iba con los amigos por ahí y entonces por lo menos por unas horas podría dormir tranquilo. Era un infierno, doctor. yo ya no sabía qué hacer. Pensaba a veces en ir a la policía y denunciarlo, pero me decían que era al vicio porque casi todos los policías le pegaban a la mujer y a los hijos así que se me iban a reír en la cara si les iba con el cuento y quién me aseguraba, me decían que no le iban a avisar a mi marido que yo andaba diciendo cosas de él y ahí sí que la íbamos a ligar todos porque usted no se imagina de lo que puede ser capaz ese tipo, doctor. Es malo. La misma madre, mi suegra, se lo dice a todo el mundo. Es malo desde chiquito, le cuenta a quien quiera escucharla. Siempre ha sido violento y desde que le dio por el vino los fines de semana, peor se pone. Ella que lo conoce como nadie y en ese tiempo que estábamos tan mal y que Cristian sufría tanto porque le tenía terror al padre, me aconsejaba que aprovechara una de esas noches en las que él se iba de farra, armara un par de bolsos y me fuera lo más lejos posible con los chicos. Donde no te pueda encontrar, me decía. Total, seguro que en el primer momento se va a morir de la bronca y va a salir a la calle a gritar que cuando te encuentre te mata, pero para lo que le va a durar la calentura. En una semana se olvida que tiene mujer y tres hijos y seguro que termina enredado con alguna chiruza de esas con las que se junta a tomar en los boliches los sábados por la noche. Vos andate, hija que de él me ocupo yo, me decía mi suegra y la verdad, doctor, yo lo veía tan mal a Cristian que me daba por pensar que lo mejor era irme, pero en ese tiempo yo no trabajaba y él me daba dos pesos para todo y con eso me tenía que arreglar para la comida, las cosas de los chicos y lo que pudiera hacer falta. No me sobraba ni un centavo y eso que estiraba la plata como un chicle, pero no había caso, siempre salía algún imprevisto y chau ahorros. ¿Con qué me iba a ir? Porque los pasajes en el colectivo no me los iban a fiar y cuando llegáramos había que alquilar aunque fuera una pieza, comer todos los días y vivir hasta que yo consiguiera trabajo, doctor. Era peor que estar enjaulada porque no tenía la menor posibilidad de salir de esa cárcel, pero mirara donde mirara, no se veían cadenas ni puertas ni rejas. Era imposible escapar y yo desde el principio lo supe y llegó un momento que hasta yo que eran muy creyente, me olvidé de rezar porque me di cuenta un día que Dios había estado desde siempre mirando para otro lado mientras a mí y a mi Cristian se nos iba a vida gracias a este infeliz que para colmo, de la nada, se empezó a poner violento también con los otros dos y ahí no aguanté más y me fui a una oficina del Gobierno donde me habían dicho que protegían a las mujeres que estaban como yo. Muy bien me atendieron. Qué lástima no haber sabido antes que ese lugar existía porque me dieron como un departamentito de dos piezas con cocinita para que nos acomodáramos los cuatro hasta que se pudieran hacer los trámites con el Juez para que ese tipo no se nos pudiera acercar más. Iba a tardar unos meses, me lo advirtieron de entrada, pero no había apuro y entre tanto podíamos quedarnos ahí. Yo trabajaría haciendo costuras o cocinando porque le digo la verdad, me doy bastante maña con la cocina. Sobre todo con las tortas y ellos se encargaban de venderlas. Lo único malo es que no iba a poder salir a la calle por un tiempo porque no fuera cosa que me viera y ahí sí que se armaba. Como dicen los chicos ahora. Se podría todo porque seguro a él la policía ya le había ido a hacer una visita y me imagino cómo estaría y además, a mi suegra yo la tendría en contra porque me había repetido más de una vez que cualquier cosa menos la policía. Ella no quería saber nada con la policía y creo que porque el hermano mayor de mi marido tenía un par de cuentas pendientes. Un asunto del que nadie hablaba, pero que no estaba arreglado. Un tipo raro, mi cuñado. Nunca miraba a los ojos y jamás me gustó, pero para mi marido era un ídolo y hasta lo puso de padrino de Cristian que le tenía terror, pobrecito. Una vez en la cena de Año Nuevo el muy animal le mostró un revólver, empezó a jugar con él delante del chico y encima hizo un par de tiros al aire. Cristian tendría no más de tres años y no le exagero si le digo que se pasó toda la noche sin dormir y es el día de hoy que se acercan las fiestas y se pone como loco. Se tapa los oídos y grita cuando empiezan con los cohetes. No hay forma de hacerlo salir de la pieza. Menos mal que cuando vivimos en el departamentito, se escucharon poco o nada los ruidos de los petardos y Cristian por primera vez en mucho tiempo, pasó la Navidad y el Año Nuevo más o menos tranquilo. Hasta se comió como tres pedazos grandes del pan dulce que yo había horneado ¿Me cree si le digo que en esos meses éramos felices? Nadie nos molestaba. Yo trabajaba y me iba bien porque como le dije, me doy maña con las tortas y cada vez me encargaban más. A veces no daba abasto y me consiguieron una ayudante que era del campo y vivía al lado de nosotros. Había llagado ahí después de que lo encontró a su novio manoseándola a la chiquita menor. Cinco años creo que tenía. La tocó nada más, pero fue suficiente. No aguantó más y se fue de la casa con la nena y desde entonces estuvo con nosotros y la verdad es que era bien buena con las tortas. Tenía una mano bárbara para la crema y encima era buenita. Casi no hablaba y la chiquita se hizo muy amiga de Cristian y jugaban juntos casi todo el día, doctor. No hay nada que hacer. Ahora que lo veo, éramos felices y los chicos ni siquiera lo nombraban al padre. Ninguno se volvió a hacer pis en la cama y el más chiquito dejó los pañales de un día para el otro. Yo para ese entonces y con eso le digo todo, ya casi no tenía miedo.

Pastillita

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