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– Le estoy sacando el tiempo, doctor, con estas tonteras mías. Yo sé que no tengo que largarme a hablar porque no paro más. Usted me debería haber interrumpido, doctor. Le juro que cuando me doy cuenta que hablo como un loro, me da una vergüenza bárbara y no sé dónde meterme. Perdóneme.soy así y no lo puedo evitar. Además ¿Qué quiere que le diga? No tengo nadie con quien hablar porque no soy de juntarme con las chicas del barrio. No por nada, doctor. No digo que ellas sean malas. Por favor. Soy incapaz de una cosa así, pero la verdad es que no se da que nos juntemos. A algunas de ellas las saludo. y una que otra vez cruzamos un par de palabras en el almacén, en la panadería o en la parada del colectivo. Los temas son los de siempre. Cuando no es el tiempo, son los maridos o los hijos, la plata que no alcanza o lo peligroso que se ha vuelto salir a la calle. Eso. De eso se habla y a mí es como que no me alcanza porque hay cosas que pienso y me gustaría compartir, pero como le dije, no se da. Yo sé que ellas andan diciendo que yo soy medio estirada y que me las doy de no sé qué cosa y que me creo superior a ellas. No sé por qué son así, si no les hice nada. Pero le repito, doctor, no son malas. En realidad una sí. Raquel se llama y es la mamá de un compañero de Cristian y una vez lo denunció a la directora porque le había pegado al hijo. Si usted los viera. Mírelo a Cristian que es menudito y el otro una bestia que parece de quince años. Yo sé que Cristian no le pega a los chicos, pero la madre es una resentida y dicen que se puso así cuando se le fue el marido con una mocosa de dieciocho años y la dejó a ella y al hijo casi en la calle ¿Qué culpa tiene Cristian si a ella le fue mal en la vida? Pero así es la gente, doctor. Una nunca sabe de dónde va a venir la puñalada. Pobrecito Cristian porque eso le hizo mucho daño. Se la pasaba llorando y no quería saber nada con ir a la escuela Andaba todo el día mirando al piso y no hablaba. Fue la primera vez que lo llevé a una psicóloga. El pediatra de la salita del barrio donde vivíamos en ese tiempo me recomendó que lo vieran ahí nomás que había una psicóloga jovencita que tenía muy buen trato con los chicos y no sé por qué pero le hice caso al doctor ese que era muy bueno con nosotros y nos consiguió un turno para el otro día y ella lo recibió en el consultorio. Yo me quedé todo el tiempo sentada en una silla detrás de Cristian mientras ellos jugaban y era como si yo no existiera. Lo hacía dibujar. Lo que él quisiera y le iba preguntando qué era cada cosa y él le contestaba todo. Tan contento parecía y nos iba bien. la veíamos dos veces por semana y a Cristian se le fue pasando la vergüenza y a las tres semanas ya volvió a tener ganas de ir a la escuela y dejó de darme trabajo llevarlo casi a la rastra. Mejoró mucho los deberes y cuando los terminada, se pasaba las horas haciendo dibujitos para la psicóloga y se inventaba cuentos y me decía como en secreto que eran para cuando ella le preguntara. Decía que era su amiga de lentes y le llamaba la atención que tuviera el pelo tan rubio. Yo sé eso porque me daba cuenta y que sus ojos fueran tan celestes. No se veía gente así en el barrio y encima hablaba con una tonada rara, como de afuera que a Cristian lo divertía mucho y hasta hacía la prueba de imitarla. Muy bien no le salía al principio, pero la fue sacando mejor y cuando la saludaba con esa tonada, ella también se ponía contenta. Un día, le contó que era su cumpleaños y él le dijo que no le creía porque no había ni torta ni globos. No se veían los sandwichitos no las papas ni los chizitos. No había gaseosas ni regalos, así que no podía ser su cumpleaños. Me acuerdo que ella lo miró con los ojos bien abiertos y le dijo que si él le daba un beso (iba a ser la primera vez), seguro que más tarde habría una fiesta como tenía que ser y él le dio un beso ruidoso en la mejilla. Era chico todavía y en una de esas por el entusiasmo, la babeó un poquito, pero ella no le importó o por lo menos yo no me di cuenta porque no hizo caras. No sé cómo hizo, pero a las seis de la tarde fue a la casa un chico que trabajaba de agente sanitario en la salita y nos dijo que estábamos invitados Cristian y yo a la fiesta de cumpleaños de Celeste (así se llamaba la psicóloga que era de Mar del Plata y hacía poco que vivía en Salta). Eran unos diez chicos y había de todo. Ellos estaban felices porque era la primera vez que iban a un cumpleaños y eran ellos los que recibían el regalo. A Cristian le tocó una camioneta verde de colección preciosa. No lo podía creer y tenía los ojos tan abiertos que parecía que le iban a saltar. Celeste repartía los paquetitos a los chicos y todos tenían cosas hermosas. Juguetes que nosotros no les podíamos comprar a los chicos. ¿Sabe, doctor? No me sentí mal y me ofendió que hiciera eso porque se notaba que lo hacía con amor y les decía a los chicos que estaba tan feliz de que hubieran venido todos que por eso tenía tantas ganas de hacerle regalos y les pidió que a cambio, cuando les tocara verla porque todos eran pacientes suyos, le llevaran dibujos con muchos colores. Cristian iba cada vez mejor y a yo no le dije nada a mi marido porque estaba segura que no iba a querer saber nada con que estuviera yendo a la psicóloga con Cristian porque decía que los psicólogos eran para los locos y que a los chicos malcriados como Cristian se los corregía con un par de sopapos cada vez que se mandaban alguna. En confianza, doctor. Cristian le tenía miedo a su papá y cada vez que él volvía del trabajo (cuando tenía trabajo) a la tardecita, era como si Cristian se apagara de golpe. Se quedaba calladito y a veces, si era un poco más tarde, iba rápido a su pieza, se acostaba y se hacía el dormido. Yo sabía y sin que mi marido se diera cuenta, le llevaba una fruta o un pedazo de tarta a la pieza para que comiera algo y no se durmiera con la panza vacía. El dentista me dijo que por eso se arruinó los dientes. Claro. Tenía razón porque no se lavaba antes de dormir y eso le hizo daño. Me dio un poco de vergüenza cuando el doctor me lo dijo, pero yo no le contesté nada. ¿Qué le iba a explicar? ¿Le iba a decir que un chico de seis años prefería hacerse el dormido que verlo a su papá porque le daba miedo? No todo el mundo entiende esas cosas, hay que estar ahí, doctor. Hay que vivirlas para saber de qué se trata.

Pastillita

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