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Hoy me desperté con una sensación diferente, pese a tener la conciencia de que era domingo y por definición, los domingos me tiran abajo, más aún en este tiempo que veo de transición en el que me la paso buscando (con éxito variable) amar lo que hago, como dice el aforismo, ya que no tengo lo que hay que tener (parece) para hacer lo que amo y ruego se me dispense haber recurrido a esta frase tan trillada, pero me pareció el modo más práctico de expresar lo que son los días hábiles para mí, en especial los lunes en los que me tengo que encontrar con que mi lugar de trabajo, como dije tantas veces, parece el cuarto de un adolescente, de lo que se desprende que si uno se pone en la tarea de intentar ponerle orden, no tiene la menor idea por dónde empezar porque en definitiva se trata de estratos y estratos de cosas puestas en lugares incorrectos y en cierto modo dejadas tanto tiempo a la buena de Dios que en un momento dado son declaradas desaparecidas en acción y se debe desviar parte de un presupuesto para comprarlas de nuevo, pagando en muchos casos bastante más de lo que valen.
Tal vez eso forme parte del miedo a acomodar. Encontrar lo supuestamente perdido y tener que explicar que se ha gastado de donde no se tenía por no ensuciarse las manos y revolver en el desastre. No sé si como metáfora es feliz, pero así siento a mi lugar de trabajo hoy por hoy y si no fuera por mi mujer y mis hijos, además de unos cuantos amigos, algunos viejos y otros más recientes, creo que en este momento estaría viviendo de la caza y de la pesca, lejos del largo brazo de la AFIP y por ende sin preocuparme en lo más mínimo por el descuento del impuesto a las ganancias que me cercena un buen pedazo de sueldo todos los meses mientras jueces y banqueros hacen cola para morirse de risa de estúpidos como nosotros que pagamos de nuestro bolsillo las fiestas de los gobernantes y además de no invitarnos, tenemos que hacernos cargo cuando se van de limpiar el estropicio que dejan porque a cochinos, desaprensivos, escandalosos y egoístas, eso sí, no les gana nadie.
Como de costumbre, ese no era el tema. Decía que hoy me desperté con una sensación diferente a la de un domingo cualquiera y la verdad es que no sé muy bien cómo explicarla. Qué sé yo. Por decir algo, por hacer un intento de ponerla en negro sobre blanco, diría que me sentí un poco menos agobiado, con la espalda más suelta, sin la rigidez diaria que le imprimen el paso de los años y las pequeñas y grandes derrotas de todos los días. Me sentí flexible, capaz de proezas que hace rato ni siquiera me atrevía a intentar por miedo a quedar descalabrado en medio de la prueba, sabedor de que lo que decía Sarmiento sigue siendo la pura verdad: “Del ridículo no se vuelve”. Apenas abrí los ojos, estaba seguro que podría tocarme la punta de los pies sin flexionar las rodillas, cosa que nunca logré hace en toda mi vida, salvo cuando era lactante y ese tipo de acrobacias forman parte del repertorio básico de un niño más o menos sano, pese a que en mi caso, tenía una contextura física que me aproximaba más a Buda que a un contorsionista del Cirque du Soleil, pero este domingo algo me decía que era capaz de hacerlo, así , de una, sin siquiera un mínimo precalentamiento.
Estaba plenamente convencido mientras me desperezaba que hoy el desayuno vendría a la cama y que si había suerte, en vez de tostadas de pan de molde, tocarían medialunas dulces de esas que dejan pegoteados los dedos y obligan a chuparlos en una regresión justificada a los primeros días de vida porque con el almíbar de las medialunas, no hay servilleta de papel ni rollo de cocina que funcione y esto es una afirmación respaldada por la suficiente evidencia científica como para que venga un trasnochado por más psicólogo que sea, a rebatirla con argumentos freudianos que en estos casos, cuando la urgencia higiénica es lo que prima, volver a la etapa oral más que un retome del Edipo, constituye una adhesión transitoria a la doctrina de Maquivelo en cuanto a que el fin justifica los medios. Fenómeno, pero el desayuno estaba tardando más de lo previsto, pero yo no tenía la menor intención de levantarme de la cama porque eso hubiera sido el equivalente a entregar el rey en una partida de ajedrez antes que el adversario diga jaque.
Creí escuchar o mejor dicho, escuche claramente que alguien, en la cocina, armaba un paquete que me imaginé enorme con ese papel como de plástico que hace ruido. Para que nos ubiquemos, hablo de ese que envuelve los huevos de pascua artesanales. Los buenos, los gruesos. Esos que no tienen gusto a lecitina de soja y se sienten como ásperos apenas se empiezan a disolver en la boca. Ahora que está pasando el tiempo y el paquete no llega, estoy un poco confundido y no sé si escuché mal o quería oír ese sonido. Da lo mismo a esta altura de la mañana porque me dieron ganas de hacer pis y apenas me levante, chau desayuno en la cama y vaya a saber qué pasará con el paquete que estoy seguro que alguien estaba armando temprano.
Hoy es mi día. Me venía preparando desde hacía un tiempo largo para esta fecha donde ocurren cosas distintas y somos en serio los reyes durante estas veinticuatro horas que se pasan tan rápido como un destello, pero que quedan engarzadas junto con los mejores recuerdos y duran muchos, pero muchos años vivas y palpitantes, tanto que uno puedo cada vez que le dan ganas, volverá tocar esos momentos en los que todo estaba por suceder y la espera tenía forma de mariposas en la panza. Las primeras que se sienten, tal vez y seguramente las más inolvidables. No sé. Pienso que esa ansiedad descansa en la inocencia que tiene la fuerza suficiente para hacer reales a los Reyes Magos, a Papá Noel, al Ratón Pérez que en otros sitios se llama el Hada de los Dientes. Tanta fuerza que le hace creer a un tipo de cincuenta y seis años que este día del niño le tocaba a él también, pero no estaban ni papá ni mamá para hacerlo posible. O sí. A pesar de que terminé desayunando café con leche y tostadas de pan de molde con mermelada de membrillo en la mesa del comedor y no vi ni rastros del paquete ni logré pese a que hice el intento, tocarme la punta de los pies sin flexionar las rodillas, sí me tocó a mí este día del niño porque sólo papá y mamá pudieron lograr que hoy me despertara distinto. Casi todopoderoso, diría, como cuando estaban ellos y eso era suficiente como para ahuyentar uno por uno los miedos que me acecharon desde siempre y que ahora no digo que se hayan hecho más fuertes, pero sí se me vienen a la memoria cuando alguna sombra cruza por delante de la mirada limpia de uno de mis hijos y la opaca aunque sea por un momento.
Hoy me tocó el día del niño y ¿saben qué? Por un momento largo, casi no tuve miedo.

Casi

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