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No habían pasado ni diez minutos, calculo, cuando sentí un par de golpecitos en la puerta del consultorio. Yo estaba como en otra cosa, algo que me sucede cada vez que me encuentro con historias de carne y hueso que me hacen temblar las estructuras del pensamiento médico políticamente correcto, estructuras que dicho sea de paso se ven bastante endebles y sobre todo vulnerables a la transgresión por parte de ideas que según tengo entendido, van un tanto a contramano de lo que debería ser el médico para la mayoría de los que conforman esa fauna tan particular. Digo. Es una inferencia y la saco a la luz porque veo signos como el deterioro evidente en el compromiso, los huecos cognitivos, la renuencia a tomar riesgo, la dependencia de la tecnología, las amistades peligrosas con la industria y las elecciones de especialidades que cada vez tienen más que ver con el éxito y el dinero fácil que con otra cosa, haciendo juego esto último con la inmediatez, la transitoriedad y el culto a lo descartable que están corroyendo tanto a los individuos como a las sociedades. Suelo abstraerme del mundo para andar sin apuro ni agenda por estas veredas sinuosas que no pretenden ni por asomo ser ejercicios filosóficos, sino más bien moradas hacia adentro sin otra pretensión que reflexionar sobre lo que al fin y al cabo está dentro de las cosas que más me importan que es mi elección profesional y el modo en que la voy llevando que podría definirse usando cualquier adjetivo menos conformista, cómodo y resignado. En estos asuntos de derivar en estado de alerta andaba cuando escuché los golpecitos en la puerta del consultorio. Descarté que fuera Berta, la enfermera de la tarde porque tiende a derribar la puerta a puñetazos cuando se toma la molestia de golpear. Deben ser Mónica y Cristian, pensé aunque mirando el reloj, me di cuenta que había pasado muy poco tiempo, pero como me dijo que vivía aquí a la vuelta, tal vez ya había tenido tiempo de llegar. Como me choca que me griten desde adentro de un lugar cerrado, hice lo que hago siempre. Me levanté de la silla y fui hasta la puerta, abrí y allí, efectivamente, estaban ellos, arreglados como para misa de domingo (expresión ésta que delata mi edad). Ella mirándome a los ojos y el changuito con la vista fija en el piso.

– Adelante. Por favor, pasen
– Gracias, doctor. Cristian, hijo, saludá al doctor
– No hace falta Mónica. Déjelo que ya va a saludar. Tomen asiento
– No sé por qué este chico me salió tan corto …
– A ver, Mónica. Nos tranquilicemos. Todos en algún momento somos un poco cortos. ¿Cuántos años tenés, Cristian?
– Tiene diez, doctor

Quienes practican religiones monoteístas sostienen que su dios es el único ser omnipresente de su universo y eso ocurre porque no han logrado hasta el momento definir la magnitud y extensión de una madre ejerciendo plenamente sus facultades y más aún con un hijo a su merced, listo para recibir esa especie de sobredosis de amor y protección que tiene como único fin evitar que el pequeño sufra, objetivo que como todos sabemos, jamás se cumple y es así que esa conducta materna muchas veces y sin la menor intención, logra el efecto opuesto. Mónica me hizo acordar al papá de Nemo, ese pez marlín de la película “Buscando a Nemo”. La cosa es que este buen pez, por una desgracia familiar que no viene a cuento, tuvo que hacerse cargo de un hijo con algún defecto congénito y de entrada mostró todo el arsenal de recursos de sobreprotección, sosteniendo que no quería que a su hijo le pasara nada. Una simpática pececita azul llamada Doris, le contestó muy suelta de cuerpo que si a alguien no le pasa nada, es muy difícil que le pase algo y aquí estamos, mirando el delicado equilibrio que se debería alcanzar para no llenar demasiado los espacios, sin que por eso se los deje vacíos porque convengamos que una cosa es tan nefasta como la otra.

– A ver, Cristian. Me gustaría charlar un poquito con vos. Digo. Si no te molesta
– No. No me molesta
– ¿Vas a la escuela?
– Sí
– ¿A qué grado?
– Quinto
– ¿Y cómo te va?
– En lengua y matemáticas muy bien y en otras más o menos
– ¿En cuáles decís que te va más o menos?

Se quedó mirando el techo. Con los ojos clavados en una mancha de humedad que parecía estar desde siempre en uno de los ángulos del consultorio y que con el tiempo había ido adquiriendo interesantes tonalidades pastel en la gama de los verdes y que ofrecía al observador atento, una sucesión de complejos contornos que evocaban seguramente una infinidad de imágenes. De tanto en tanto, esa mancha atraía mi atención hasta el punto de ser un objeto que me invitaba a dejar por un momento el mundo y sumergirme en la provocación de sus formas inconclusas que abrían un abanico de interpretaciones. Lamentaba en esas circunstancias no tener una formación sólida en salud mental porque era como disponer de un test de Rorschah ahí, al alcance de la mano y sin los cartoncitos. Qué cosa lo que uno se pone a pensar cuando se deja llevar sin rumbo fijo y levanta vuelo como un globo de gas.

– Ahí, doctor. en la punta esa de color negro. ¿Ve? Parece la cabeza de un caballo

Pastillita

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