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– A ver, Mónica. Empecemos de nuevo si le parece
– No lo entiendo, doctor.
– Digo que hagamos de cuenta que usted recién entra al consultorio y yo no le falté el respeto. Yo me olvido que vengo con un día de aquellos, usted no se acuerda que yo le dije mamita y nos ponemos a hablar de Cristian. ¿De acuerdo?
– Pero doctor. Usted debe estar muy ocupado. Los doctores a los que voy siempre están muy ocupados pobres. No tienen tiempo para nada y por eso es que una no quiere molestarlos. Yo los entiendo. Tienen tantos pacientes y trabajan todo el día. A veces me dan un poco de pena los doctores. No tanto ellos, sino sus familias porque no los deben ver nunca.

Las civilizaciones se nutren entre otras cosas de mitos urbanos y esta buena mujer parecía adherir a uno muy difundido que dice en resumidas cuentas que los médicos son una especie de abnegados sacerdotes que andan saltado de templo en templo (léase del hospital a la clínica y de la clínica al consultorio), salvando vida a diestra y siniestra con una mano, mientras que con la otra mantienen la muerte a raya y cuando hay un instante que puede prestarse para el reposo, ahí van ellos buscando el conocimiento, lo último de lo último en los libros de texto, en las revistas médicas, en las páginas de internet o donde sea que se encuentre para poder estar al día como corresponde a tan sagrada y especial profesión. Es algo que está como arraigado en el imaginario de la gente y que los médicos dejan correr porque les resulta conveniente esta pátina de personaje mítico, con algo de sagrado y bastante de misterioso. Pocos pueden sustraerse a la tentación de pensar que en cierto modo, cuando se da que tienen la oportunidad de revertir una situación de enfermedad grave, son algo así como hacedores de milagros, una peculiar mezcla de David Copperfield y Jesús resucitado. Algunos en verdad se lo creen y con ciertas actitudes demuestran que han sido devorados de un solo saque por el personaje. Baste recordar al cirujano que sale del quirófano con la ropa verde empapada en sangre y una bandeja donde se ve un mazacote sanguinolento que corresponde a un trozo de algún familiar nuestro que pudo ser extraído y no molestará más. Me olvidaba y pido disculpas por lo que pudo haber sido una omisión importante aunque involuntaria. El mito urbano también alienta la creencia de que los médicos son capaces de conocer el futuro con una precisión asombrosa, tanto así que se los puede ver palmeando las espaldas de los sufrientes mientras con una voz entre pontificia y condescendiente les aseguran que van a andar bien y que esto no se confunda con una infusión “express” de esperanzas porque en la mayor parte de los casos se trata de disparar una frase vacía de contenido para que el silencio y la obligación de decir la verdad no incomode tanto. Siempre pensé que dar una sola posibilidad de evolución a un enfermo es cuando menos temerario porque esa persona puede andar igual, mejor o peor gracias o pese al tratamiento y cerrar las posibilidades a una recuperación segura o a un tiempo determinado de vida (la famosa frase “le quedan x meses o años”) en cierto modo mancha el deber del médico que es ser honesto con el paciente y esa honestidad, cuando se trata de plantear un pronóstico, debería ser absoluta porque no se trata de salir del paso y posponer el tema para más adelante, no sólo porque a algunos pacientes no les queda demasiado por delante, sino porque el mejor momento de decir la verdad nunca es mañana. Qué sé yo. En una de ésas estoy equivocado y las cosas no funcionan como yo las veo. De hecho, la “corpo” me es tan ajena como una orden de monjes de clausura o una escola do samba, no aprendí jamás a cobrar una consulta y cada vez que intenté abrirme rumbo en el sector privado, fracasé con mayor o menor estrépito. No sé si esta historia tiene que ver con mi falta de flexibilidad para adaptarme a ciertas circunstancias, mi baja tolerancia a las aguas turbias o mi incapacidad manifiesta de mirar sutilmente hacia un costado cuando las circunstancias así lo exigen. Ya decidí que la carne de sapo no va a figurar nunca más en mi menú aunque esa me cueste estar fuera del elenco estable y no aparecer en las fotos de la cena del día del médico. La verdad sea dicha, si por ser como soy debo resignar esas dos cosas, considero que el precio a pagar es bajo y en consecuencia, salvo que los puntos cardinales cambien, me voy a mantener donde decidí estar y aquí me veo, con una madre a la que traté del peor modo y a la que tengo toda la intención de ayudar en una decisión que le rebasa por los cuatro costados y va más allá de estar o no de acuerdo con que su hijo siga tomando la pastillita que lo hace bueno y tan dócil que puede ser domesticado con facilidad. Aquí estoy. Para variar, donde no me han llamado y metiendo la nariz sin que nadie me haya pedido que olfateara, pero forma parte de mi naturaleza y contra eso no tengo qué decir salvo acatar ese mandato supremo que con sus idas y vueltas, sus aciertos y errores, sus éxitos y sus fracasos, me ha guiado a través de más de cincuenta años de historia para llegar a este punto en el que debo decir que estoy en un estado de adaptación que me permitirá en algún momento cerrar el duelo y dejar de llorar lo que pudo ser y no fue. Hay cosas más importantes que esa. Mónica por ejemplo y sobre todo Cristian que no la tiene fácil hoy y nada indica que vaya a ser diferente más adelante. A ellos y sobre todo a él me debo hoy y tengo la intención de clausurar el tiempo hasta que por lo menos asome el contorno de una respuesta que vendría a ser la punta del ovillo para poder empezar por algo.

– A todo esto, Mónica ¿usted vino con Cristian hoy?
– No, doctor. Lo dejé en casa con una prima que me lo cuida cuando salgo a trabajar
– ¿Está en su casa?
– Sí, doctor
– Veo en su ficha que usted vive a una cuadra y media de aquí
– Sí, doctor. A la vuelta, al lado de la carnicería
– ¿Se anima a traerlo a Cristian? Yo la espero.
– ¿En serio?
– Sí, Mónica. Tómese su tiempo y venga con él. Me hace falta concerlo

Cuando salió del consultorio, sentí que era la primera vez que alguien cerraba una puerta y daba toda la sensación de que la había dejado abierta.

Pastillita

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