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Momento de intentar un balance. Por un lado, reconocer que no había empezado bien con esta mujer que tuvo la mala fortuna de llegar en el peor momento. La verdad es era un mal día y suele pasar que uno se desquita con el primero que puede y hoy le tocó a ella. Por otro lado, controlarme y que no me salga de adentro el loco, cosas que me sucede cada vez que alguien me pide una receta y más todavía si usa el detestado diminutivo “recetita”. Dicho sea de paso, cuando alguien se atreve a sugerirme que necesita un “certificadito”, siento que desde los más remotos confines de mis entrañas toma forma a toda velocidad el hombre verde que hasta el momento pude contener a fuerza de control mental, a mi estructura culposa ancestral que no alienta la violencia y a uno que otro ejercicio de respiración. El caso (este caso en particular) es que enfrente estaba una madre que según lo que yo había alcanzado a percibir, venía por una receta para su hijo Cristian que tenía problemas en la escuela. Parecía una buena mujer aunque esta afirmación tiene como corresponde, más de prejuicio que de conclusión lógica porque muy poca gente ha sido equipada con un detector de malos más o menos preciso y entonces, uno tiende a guiarse por patrones de aspecto que suponemos son efectivos y funcionan, cosa que está bastante lejos de la verdad porque ni el atuendo, ni la cara, ni el largo del pelo, ni el estado de higiene han demostrado ser criterios específicos para poner de un lado a los indeseables y del otro a la buena gente, sin considerar que en el medio, la población de los que no son ni una cosa ni otra va creciendo de manera exponencial. Sin embargo y aún a riesgo de equivocarme y meter la pata hasta el cuadril, establecí que Mónica reunía los requisitos para clasificarla como una buena persona que necesitaba ayuda y de ahí en adelante, pasó que empecé a cuestionarme por qué tenía que hacer una receta de algo con lo que yo no estaba de acuerdo (eso me decía el angelito) y por el otro lado, si no la hago yo, el del boliche de al lado o los del “centro médico social” de aquí a la vuelta que cobran dos mangos con cuarenta la consulta. Esos seguro que van a estar bien dispuestos porque en dos minutos despachan el asunto (eso me decía el diablito). Por algo ha venido a tu consultorio (de vuelta el de blanco con alitas), en una de ésas está buscando alguien que la oriente. Vos ves qué complicada es su historia y cómo viene sufriendo la pobre. Seguro que la mina te quiere forrear y se las da de pobre virgencita y vende merca en la casa (sostenía ya un poco caliente el de rojo y cuernos). No son delirios ni escucho voces, por si acaso alguien de por aquí ya está yendo a buscar un chaleco de fuerza. Nada de eso. Lo que sucede es que las internas de mi conciencia se deciden en voz alta y punto. He de decir que la mayoría de las veces hay empates técnicos y al menos tengo la ilusión de decidir yo y tanto el de blanco como el de rojo, como buenos agentes a mi servicio, no oponen mayores reparos. Este fue el caso y decidí que no iba a hacer la receta sin averiguar un poco más la historia de este changuito y de su familia para ver si en definitiva estaban tomando un medicamento porque lo necesitaba o porque nadie se había tomado el trabajo de buscar una respuesta menos peligrosa. Suele suceder que la gente va a los consultorios a buscar que el médico escuche lo que les pasa y se van con un manojo de recetas, pedidos de estudios y derivaciones a especialistas. No pocas son las ocasiones en las que salen de ver al doctor peor de lo que entraron, con más dudas (o dudas más grandes), con la sensación de que no se les ha dedicado tiempo y con la casi plena certeza de que ahí adentro, el señor de delantal o de ambo no entendió una sola palabra de lo que ellos trataron de decir y como el sistema médico encima funciona (en algunas cosas) con precisión suiza y una lubricación óptima, no pocos pacientes se convencen de que la culpa de que no los entienda el médico, de que no les dé más de diez minutos y de que se la pase mirando la pantalla de la computadora la tienen ellos, los que consultan porque molestan, van a cualquier hora y lo sacan al doctor de sus ocupaciones. Me hice una composición de lugar. Era la última paciente, no tenía nada importante que hacer el resto de la tarde y el día estaba demasiado lluvioso y frío, así que no pintaba como para salir a andar en bicicleta y para completar la alineación favorable de los astros, ya había llegado el médico de guardia, cosa rara en él, casi media hora antes. Con esta realidad que me inducía al altruismo, tomé de determinación de donar al Ministerio de Salud Pública el tiempo que fuera necesario para que mi conciencia médica quedara en paz, pasara lo que pasara con la receta porque debo confesar ahora que estamos en confianza que esa droga, el metilfenidato, me hace mucho ruido por varias razones. Una es porque deriva de las anfetaminas (en realidad, “es” una anfetamina, refinada y suavizada, pero anfetamina al fin) y que yo sepa o al menos de donde yo vengo, uno de los riesgos (hay muchos) de las anfetaminas es que puede provocar adicción y esto en un niño de menos de diez años no es un dato menor. La segunda razón es que percibo que en muchos casos (demasiados, tal vez), se indica la droga sin conocer al paciente y en tercer lugar porque se tiende a definir el trastorno de atención dispersa con hiperactividad (es la indicación principal del metilfenidato) conforme al nefasto DSM (creo que andamos por el número cinco) y que para no aburrir, define a estos niño como pacientes que se distraen con facilidad, con inquietud motora, conducta impulsiva y perturbadora y problemas asociados como: trastornos específicos de aprendizaje, rechazo por los compañeros, problemas familiares, repetición de curso, baja autoestima, y agresividad. A juzgar por esta descripción, debería haber máquinas dispensadoras de metilfenidato en las escuelas, situadas estratégicamente en la entrada del buffet, al lado de los bebederos y en los baños porque la mayoría de los niños que yo conozco encajan en esta descripción con sus más y sus menos y gracias a Dios, muy pocos pretenden solucionar esos disturbios de persona en crecimiento transitando por un entorno hostil con una pastillita. Pero no basta con esto, en el DSM IV (manual estadístico de trastornos mentales) , página 104 si no me equivoco, se describe al niño con atención dispersa del siguiente modo (menciono algunas manifestaciones).

A menudo el niño …

No presta atención suficiente a los detalles, incurre en errores por descuido en las tareas escolares
Tiene dificultades para mantener la atención en tareas lúdicas
Parece no escuchar cuando se le habla directamente
Tiene dificultades para organizar tareas y actividades
Evita, le disgusta o es renuente en cuanto a dedicarse a tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido (como trabajos escolares o domésticos)
Extravía objetos necesarios para tareas o actividades
Se distrae fácilmente por estímulos irrelevantes
Es descuidado en sus actividades diarias
Mueve en exceso manos y pies o se moviliza de manera permanente en el asiento
Habla en exceso
Tiene problemas para esperar a que le llegue el turno
Interrumpe o se inmiscuye en tareas de otro

No me quedaba otra que intervenir porque esto que estaba leyendo me dio vuelta la cabeza.

Pastillita

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