Home

– Cristian, doctor. Se llama Cristian
– ¿Cómo decís, mami?
– Que mi hijo se llama Cristian
– Ah
– Y de paso. Mi nombre es Mónica, no mami, doctor

Tan menuda y magra que si uno se pusiera en ingenioso podría decir que más que una mujer, parecía un modelo a escala. Otra cosa era apenas empezaba a hablar. Con un par de palabras se sacudía la pequeñez y la aparente fragilidad y se las asacaba de encima como si fueran pelusas. Respeto. Eso era lo que ganaba a fuerza de mirar a los ojos y hablar con tono pausado, experta como era en aguantar prepotentes, infelices y desgraciados de toda clase que se creían dueños de un mundo que la incluía a ella como parte del mobiliario. Hacía ya un buen tiempo que se había decidido a no tolerarlo más. Desde su marido en adelante. Todos empeñados en pasarle por arriba. Su marido lo había conseguido hasta que un día ella se hartó, por fin le puso la denuncia en la comisaría, peregrinó de juzgado en juzgado y al final, después de casi un año, consiguió que le prohibieran acercarse a menos de quinientos metros de ella o de los chicos que eran tres y los tres le tenían el mismo terror porque él se había ocupado de enseñarles de la peor manera quién era el que mandaba en esa casa. En ese tiempo Franco tenía seis y era el mayor, después estaba Luciano de tres y Cristian que recién tenía seis meses y ya se sobresaltaba apenas escuchaba la voz de su padre y hasta parecía que se daba cuenta que había llegado por el modo particular que tenía de abrir la puerta de calle. Habían sido años duros para Mónica que a lo sumo hizo lo que pudo con lo que le había tocado en suerte por decirlo de alguna manera. No era una historia más complicada que otras que se conocían en el barrio porque en esos lugares parece que se junta la gente a la que Dios no tiene ni dentro de un eventual plan B por si acaso necesitara milagros express para atraer ovejas a los rebaños diezmados por los Evengélicos, los mormones, los testigos de Jehová y alguna que otra secta que anda por ahí, además de la incompetencia, la necedad y el atraso de siglos en la Iglesia que ayuda bastante a que los fieles huyan despavoridos buscando otros credos más confortables y sin tanta historia de represión y culpa, sin contar lo que además se ha ido escondiendo durante siglos y ahora sale a la luz. Eso tampoco ayuda. Lo cierto es que en el barrio de Mónica, las historias complicadas con final abierto eran moneda corriente, así que nadie podía esconderse en la ristra de desgracias que le correspondía arrastrar por la vida para justificarse. Había como un pacto secreto en el que se nivelaban las calamidades y sólo se permitía la queja a partir de un punto. Un marido golpeador, borracho o no, un hijo perdido por el paco, una hija que por dos pesos a los quince años se vende en la terminal de ómnibus no alcanzaban para calificar a una familia como merecedora del derecho a la compasión. La cárcel o la muerte de uno de los suyos en manos de la policía o de alguna banda rival podían ser consideradas a la hora de definir quiénes estaban más abajo en la escalera del infierno. Mónica, en este sentido, anduvo toda la vida por el medio porque lo único que tenía para ostentar era un marido borracho, mujeriego, vago y golpeador con el que se había escapado de su casa poco después de cumplir los dieciocho porque a su papá se le daba por las mismas diversiones y ya habían pasado por eso sus dos hermanas mayores y Mónica supo que o se iba o le tocaba a ella de un momento a otro.

– ¿Y qué le pasa al nene … a Cristian?
– Vengo por la receta de la pastillita que le dan los neurólogos en el hospital
– ¿Pastillita? ¿Qué pastillita?
– Esta, doctor. Metilfenidato se llama. Me le aprendí el nombre de tanto repetirlo
– ¿Y sabe usted para qué le dan este medicamento?
– El neurólogo me dijo que Cristian es muy distraído y que con esto podía andar mejor en la escuela. No lo toma todos los días, doctor. Sólo cuando tiene clase y parece mentira, pero sólo con eso puedo mandarlo a la escuela tranquila sabiendo que no se va a meter en problemas porque además de distraído, es peleador y vuelta a vuelta me llamaban para que lo buscara de la escuela porque se había agarrado a piñas con un compañero. Por cualquier cosa, doctor, se largaba a pelear y yo ya estaba cansada y hasta me daba mucha vergüenza porque me hacían sentir las maestras que era culpa mía todo lo que le pasaba al Cristian. No me lo decían, pero yo no soy tonta y me daba cuenta que pensaban eso porque en el barrio todo se sabe y a ellas seguro que le habían ido con el cuento de mi marido, del juez y todo eso, así que un día me decidí y lo llevé al hospital para que lo viera el neurólogo. Dos o tres preguntas me hizo y se dio cuenta qué tenía el Cristian. Igual le hicieron una tomografía que gracias a Dios salió normal y un montón de análisis que tampoco dieron nada. Parásitos, eso sí. Me dijeron que tenía parásitos y le recetaron un jarabe a él y a los hermanos. Desde ahí, ya va a hacer un año que toma la pastillita y no le faltó nunca. Hoy vine a pedirle a usted doctor que me hiciera la receta porque en el hospital me dan turno de aquí a tres meses, ¿sabe? Y él no se puede pasar tanto tiempo con la pastilla porque se pone malo y el neurólogo me dijo que no podía suspenderla por nada del mundo. Sí o sí se la tenía que dar de lunes a viernes, siempre a la misma hora y sólo descansaba los fines de semana, los feriados y en las vacaciones. Una por día le doy. Con veinte me alcanza para el mes. En el hospital me dan de a cien para que no ande yendo y viniendo. Por favor, doctor, hágame la receta ¿Qué le cuesta?

Pastillita

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s