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Nos miran. Nos han descubierto. Tan parapetados que estábamos detrás de murallas de conocimiento mientras gastábamos las últimas monedas de prestigio que nos iban quedando en la bolsa. Qué digo gastamos. Más justo sería decir que derrochamos con la inconsciencia de un adolescente el poco patrimonio que habíamos logrado conservar después de tantos siglos de historia, desde que allá por el siglo V antes de Cristo, por citar alguna fecha “oficial”, este joven oriundo de Cos en Grecia, conocido como Hipócrates, se empeñó en pensar que podía proponer un camino que nos mantuviera libres de las tentaciones a las que el humano medio es tan pero tan vulnerable. Hubo por entonces o más adelante, poco importa en realidad hoy, un juramento, votos solemnes y profundos que se fueron desgajando con el correr del tiempo hasta quedar reducidos a meras expresiones de deseo o a lo sumo sugerencias como son las leyes en algunos países que no aprenden las lecciones de la historia, por ejemplo el nuestro.
Así estamos y así nos empieza a ir después de tanto tiempo de hacerle creer a la humanidad que estábamos de pie todo el tiempo para poder frenar el despiadado ataque de la enfermedad y que mientras tanto, entre epidemia y epidemia y en cada resquicio de tiempo que quedaba libre antes de la próxima cirugía nos sumergíamos en los libros de texto o en cualquier fuente de conocimiento que se nos pusiera a tiro porque nuestra obligación era saber todo lo posible porque se suponía que esa era la única manera que teníamos para que las plagas y los flagelos que amenazaban a la humanidad en forma de enfermedades no nos sorprendieran sin armas en la mano. De última, la sociedad nos había entregado el mando en la dura pelea contra los males que desde los confines de la historia se habían encargado de lastimar y matar gente. Era impensado que alguno de nosotros ignorara lo que necesitaba saber para ocupar el sitio que ocupaba, más impensado que no tuviera clara conciencia de su alcance y de sus propios límites y mucho más aún que dejara de hacer lo que sabía que debía hacer, sin importar razones.
Se podrá decir que eran otros tiempos. Tal vez, pero hay cosas que deberían soportar sin mella el paso de la historia, pero lamentablemente, eso no sucede y de un tiempo a esta parte hasta los valores han ido perdiendo calidad y resistencia, de modo que son doblegados por enemigos que en algún tiempo hubieran sido considerados como de poca monta frente a lo que significada ser uno de nosotros y mantener el nombre y el honor en lo más alto para que todos vieran de qué estábamos hechos. Antes no existían ni la industria farmacéutica, ni las gerenciadoras de salud, ni el fundamentalismo de la gestión, ni la burbuja de la evidencia que debemos preservar de cuanta espina pueda cruzarse en su camino por el peligro de que estalle y después sólo quede aire como recuerdo de su existencia. Antes había posibilidades de rastrear la verdad o al menos de acercarse a ella con el juicio y la razón, sin tanto número, tanta fórmula, tanto modo de llegar por caminos intrincados hasta donde esperaban los pacientes que sólo esperaban que nosotros fuéramos capaces de acompañarlos en el viaje hacia el sitio en que probablemente estaban las respuestas.
Esa persona que llegaba a nosotros era capaz de contar una historia y del otro lado, desde nuestro sitio, las percepciones estaban tensas para absorber cada palabra, cada significado, cada pausa y cada silencio que se prolongaba un instante más de lo previsto y a veces obligaba a intervenir para que se replegara hasta que fuera necesario que volviera. Lo dicho y lo no dicho y nosotros formando cada vez más parte de ese relato que incluía todo y que le daba sentido a aquella frase “No hay enfermedades, sino enfermos” que supo decir hace ya más de un siglo el bueno de Claude Bernard. El mismo que sostuvo y no casualmente “Aquel que no sabe lo que busca, no será capaz de entender lo que encuentra”. Frente a nuestros ojos la singularidad del enfermo tomaba un rostro, una voz, una historia que entre otras cosas tenía síntomas que valía la pena tomar en cuenta y se cuerpo único e irrepetible escondía elementos que podían evocarse palpando, percutiendo o auscultando. Historia y examen. Las dos herramientas que tenía a su disposición esa mezcla equilibrada de artista, artesano y científico rebosante de humanidad que teníamos claro que debíamos ser.
Hoy nos miran porque hay cosas que no nos perdonan y se nota que nos han perdido la confianza. No a todos, puede ser, pero los que están en tela de juicio son suficientes como para que repensarnos sea una prioridad porque así no se puede seguir. Gracias a las tropelías que se fueron cometiendo a los largo de los años, hemos sido capaces de convertir a la persona que nos entregaba su salud, el bien más preciado que posee, en jueces que escudriñan nuestros actos porque en la mayoría de los casos los intuyen o los perciben como vacíos de su esencia. Nos miran y se dan cuenta que no hablamos porque no sabemos qué decir ni cómo decirnos. No nos involucramos con los pacientes porque tememos ser más frágiles que ellos y ese temor nos hace miserables o por lo menos mezquinos. Caemos con llamativa facilidad en las tentaciones más impensadas porque tenemos la excusa perfecta: Somos humanos y de paso eso nos da argumento para que se acepte que cometemos errores aunque en este punto estemos aún lejos de reconocernos falibles ante nuestros semejantes y es entonces cuando nos ponemos la máscara del soberbio y pretendemos treparnos a un pedestal que ya perdimos, lo que nos convierte en marionetas patéticas a las que se le notan los piolines y se han especializado en demoler puentes y construir muros para que no haya posibilidad de que un ser humano que sufre se acerque a pedir ayuda porque entre otras cosas, el doctor tiene tantos pacientes que no tiene tiempo de ocuparse de ellos. Ya no somos intocables y hace mucho tiempo que el título que usurpamos nos queda demasiado grande como para que no se haya transformado en una carga.
Nos miran. Sin quitarnos los ojos de encima. Igual que el niño que espera que del árbol caiga la fruta esa que por su pequeñez no puede alcanzar, pero que sabe que tarde o temprano, cuando esté lo suficientemente madura, caerá al piso y ahí sí. ahí le tocará a él darse el banquete.

Miradas 2

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