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Tenía ocho años cuando mi mamá me dio la escalera. Al principio no entendí cómo una escalera podía ser un regalo de cumpleaños, pero con mi mamá nunca se sabía. Ella tenía el don de la sorpresa y yo ahí, en el lavadero de casa, con una escalerita de madera que apenas podía manejar, esperando una pista mínima que me dijera qué hacer, cómo seguía la cosa. Supongo que me habrá hecho una seña con los ojos que en general eran imperceptibles para cualquiera que no fuese hijo suyo y yo la seguí, arrastrando la escalera por los mosaicos de granito del pasillo que llevaba al escritorio, más gracias al orgullo que a la fuerza y ella imperturbable, con el eterno cigarrillo en la mano un par de pasos adelante, sin siquiera mirar cómo me las apañaba con la bendita escalera. Ahora que lo veo después de casi cuarenta años, me doy cuenta que me estaba diciendo que creía en mí y en mi capacidad para solucionar problemas, pero en ese momento, lo que recuerdo es la sensación de que tiraba de un carro frenado con el caballo sentado en el pescante.
Llegamos. En la pared que vendría a dar al norte, espalda a espalda con la alacena de la cocina, estaba la biblioteca. Enorme, de madera de las de antes y repleta de libros con textura y olor a libro. Mamá golpeó muy suave contra el borde de un cenicero de cristal que había en el escritorio de mi papá, cosa que hacía cada vez que tenía algo importante que decir y lo dijo. Como al pasar, me puso la mano en el hombro (todavía llevo el recuerdo del olor a tabaco y a colonia que tenía siempre en las manos). Ahí tenés la escalera. Todos estos libros son tuyos, hasta donde llegues. Tené paciencia, vas a ir creciendo y algún día vas a alcanzar el último estante. Te veo mirarlo. Empezá por los de abajo. Hay cosas fantásticas ahí y yo parado, con mi mano gordita aferrando la escalera y los ojos llenos de libros (ahí pude darme cuenta que era miope porque no llegaba a distinguir las letras de los lomos, pero pensé que era lo normal). Gruesos, finitos, de tapas de colores, viejos y despanzurrados algunos y otros casi flamantes. Los miraba y me miraban. A mí me preocupaba mucho más por dónde empezar que el tiempo que tardaría en terminar de leerlo todo. Yo quería leerlo todo, ya, en ese momento y mi mamá, como de costumbre, se dio cuenta y mirando la biblioteca con sus ojos entre verdes y marrones, me hizo saber que lo importante era acercarme con confianza , sin miedo y dejar que los libros, uno por uno, me fueran eligiendo.
Tomate tu tiempo, me dijo. Vale la pena, Gordo (es la única persona que no me molestó nunca que me dijera gordo), me dijo y yo le hice caso, me acerqué a los estantes arrastrando la escalera y empecé a tantear los lomos de los libros mientras esperaba que alguno me mirara. No pasó más que un ratito y un lomo amarillo de la colección Robin Hood, Sandokan de Emilio Salgari me puso los ojos encima. Tuve que estirar el brazo porque estaba alto y lo saqué con cuidado. Hice como me había enseñado mi mamá. Un par de golpes en la tapa para que se le fuera un poco el polvo y después correr las hojas lo más rápido posible, soplando despacio y ver si alguien había olvidado algo allí. Encontré un señalador de cuerina color marrón oscuro y entre otras dos páginas una flor seca. Me quedé con el señalador porque me hacía falta y como buen hombrecito que era, le regalé la flor a mi mamá.
Subiendo en el tiempo, con otros escalones, con la ayuda de manos en estribo que me impulsaban hacia arriba y me permitían un vuelo que jamás imaginé que existía. Viajé con Julio Verne, viví aventuras con Mark Twain, me fui haciendo médico con A.J Cronin en ‘La Ciudadela’ y en especial con ‘No serás un extraño’ de Morton Thompson. Descubrí crímenes con el bueno se Conan Doyle, de la mano de Sherlock y Watson. Tantas manos llevándome a las alturas, primero como un niño inocente repleto de asombro, después como adolescente tanteando en mi propia historia para encontrar alguna puerta que se abriera o al menos una señal que me indicara dónde quedaba mi lugar en el mundo mientras mi cuerpo se negaba a la armonía y el espejo me devolvía una cara tachonada de granos con la que cada vez me llevaba peor. No sé qué hubiera sido de mí sin los libros que por fortuna no funcionaban como espejos, podían ser más abrigados que la más caliente de las mantas y fueron capaces de protegerme hasta de mis peores enemigos. No tenía por qué preocuparme. Qué me podía pasar si me acompañaban a todas partes García Márquez, Cortázar, Rulfo, Steinbeck y Hemingway y me pavimentaban el camino con historias siempre nuevas y siempre distintas. Saki y Akutagawa. Tantos otros que tengo presentes y ellos saben que los recuerdo, pero no caben en la mezquina superficie de una página en blanco. Sí en el alma, donde se han quedado a vivir desde que me dejaron leerlos. Justo a mí que los estaba esperando. Justo a mí que se me daba por pensar que tal vez no todas las respuestas estén en los libros, pero vale la pena hacer el intento de buscarlas mientras tanto van naciendo en el trayecto nuevas preguntas y otra mano en estribo, como un escalón tibio y mullido, ayuda a subir un poco más hacia la cumbre, con tiempo para mirar a los costados y ver al Faulkner, Quevedo, Cervantes, Maupassant, Pérez Galdós, Dos Passos, O’Henry, Bierce y Vidal. Cómo me reí con ‘Viajes con mi tía’ de Graham Greene. Joven, en pleno entrenamiento para poder manejar este asunto de vivir todos los días y pensar en el futuro como una necesidad, tener conciencia de que hay otros que la pasan peor y si uno pierde la perspectiva y la capacidad de saber de dónde viene y dónde pretende ir, la cosa se puede poner complicada. Este fue el tiempo de empezar a tratar con la enfermedad, todavía sin tener demasiado claro que detrás de ella había un enfermo que esperaba que lo reconociera.
Al principio me encandilé con los nombres raros, salté al cuello de los síntomas y perseguí los signos para ponerle nombre a todo lo que se me ponía delante en el consultorio, en la sala de internación o en la emergencia. En ese entonces se me aparecieron Donoso, Carpentier y Chesterton. Por esos años, tuve una invasión rusa, sobre todo con Chejov y Solzhenitsyn con su colosal ‘Pabellón del Cáncer’ que me dejó literalmente de cama. Por entonces, ya me daba la impresión de que la medicina tenía muchas menos respuestas que las que yo creí alguna vez que había, sobre todo a la hora de contestarle al paciente cuando preguntaba ‘¿Qué tengo, doctor?’. Empezaban las evasivas, las vueltas y los trucos del lenguaje para disparar una ráfaga de palabras sin decir nada. Excavaba en mi memoria, iba a los textos, examinaba una y otra vez a los pacientes, pedía análisis para ‘hacer tiempo’ y esperar esa ansiada resolución del acertijo, pero las etiquetas, los resultados, el nombre que tanto anhelaba encontrar, no aparecían por ningún lado. Era evidente que había otro modo de encarar el asunto y fue en ese tiempo que empecé a entender que ‘no hay enfermedades, sino enfermos’ y fue como si se abriera la ventana de una habitación que había estado en penumbras muchísimo tiempo. Tuve en las manos otro modo de ver la medicina y si bien al principio no aparecían las respuestas, por lo menos me desesperaba menos encontrarla y me ocupaba más de acompañar al paciente en la búsqueda que en pegarle una etiqueta en la frente y que pase el que sigue. Fue el tiempo en que se metió Paul Auster en mi vida y me revolvió la cabeza. El, Raymond Carver, Martin Amis y Oliver Sacks me dieron una mano enorme en esa transición que me daba cuenta, era un pasaporte a una suerte de ‘marginalidad médica’, lejos de la ‘corpo’ y libre de hacer lo que me parecía mejor sin conflictos ni explicaciones a visitadores médicos o a proveedores de tecnología o insumos.
Más adelante, pasé por etapas de fundamentalismo gestor y ayudé a que una que otra gerenciadora se llenara los bolsillos, mientras los mismos se mantenían a volumen constante en incluso, de tiempo en tiempo, se aplanaban demasiado para mi gusto. De todos modos, salí de esa trampa lo mejor que pudo y lo suficientemente entero y aprovechable como para caer en otra y mientras seguía andando por los textos y los libros, como no podía ser menos y para no traicionar mi esencia, se juntaron en una esquina de la historia para esperar encontrarme, la medicina narrativa y la seguridad del paciente. No había entre ellas, al menos a primera vista, parentesco alguno, pero yo sabía que tenían mucho que ver, tal vez a partir de un par de citas que me acompañan hace mucho tiempo. Una es de Arthur Bloomfield, brillante cirujano y maestro de la medicina norteamericana que sostenía: ‘Habrá pacientes que no podremos ayudar, pero ninguno al que no podamos dañar’, otra es de un grande de la medicina, compatriota, el doctor Alberto Agrest: ‘Hay que hacer sólo lo que se debe hacer y nunca lo que no se debe hacer aunque se pueda’, refiriéndose a la sensatez en medicina y la tercera es de Francisco ‘Paco’ Maglio: ‘No basta con estar al lado del paciente, hay que ponerse del lado del paciente’. Entendí a través de estos y de muchos maestros más que la respuesta más adecuada a la incertidumbre y al desafío que nos representa un paciente, es enfrentar esa situación con la mente abierta, con ignorancia curiosa y poniendo todo de mí para que esa historia que el otro vive como un trance doloroso, se pueda reescribir en mejores términos, le pongamos la etiqueta que le pongamos para definir lo que ‘tiene’. A partir de esa premisa, de pasar más tiempo entendiendo el sufrimiento que buscando el nombre de la causa, es que el paciente va a estar más seguro en mis manos porque si algo evitaré a toda costa, es hacerle daño. Este es el tiempo de los textos de Agrest, Maglio, Tajer y de la relectura de Fontanarrosa, Tizón, Fuentes, junto con el descubrimiento de Alice Munro y la confirmación de Salman Rushdie y Khaled Hosseini.
Hace un par de meses, empecé a releer ‘Los que vivimos’ de Ayn Rand, de la época en la que la escalera apenas me alcanzaba para llegar a todos los rincones. No lo golpeé porque éste era nuevo y no tenía polvo. Tal vez y sólo tal vez por eso, no busqué entre las páginas por si acaso alguien había olvidado algo allí. Más o menos en la mitad del libro, apenas pasé la hoja, ahí estaba, descansando, una flor seca.

Escalera

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3 pensamientos en “Escalera

  1. Es increíble como logras contar tu historia, tu búsqueda permanente y el alivio cuando encontrás una luz que te señala el camino en el que encontras algunas respuestas…hasta que te surgen nuevas preguntas, por supuesto. El sello de tu madre te sigue siempre, lo que para mí es la mejor manera de honrarla y tenerla siempre al lado tuyo. Me doy cuanta de tu afán por transmitir esto a tus hijos, que seguramente llevaran siempre algunas de tus cualidades, entre las que destaco la capacidad de expresar el cariño hacia las personas amadas.

  2. Conmueve el mensaje de tu mamá, que todavía sigue vivo, que marca tu modo de vivir. Mi viejo me regaló libros en mi infancia, pero no tuvo la habilidad o yo no lo registré, para transmitirme el valor de lo que contenían. Ahora los descubro…y es como si en este momento entendiera su mensaje…vos sin dudas siempre has colaborado marcando la importancia de poseer esas lecturas que ya mencionaste, también me siento muy cerca de Agrest y Paco Maglio-Gracias Guille-Abrazo

    • A Virginia y Lucas: Wittgenstein decía ‘Los límites de mi mundo son los límites de mi languaje’. Dentro de ese lenguaje conviven en mí la tensión y el alivio, la vocación de buscar y la tristeza de perder que tantas veces se compensa con la esperanza de que algo nuevo salga al encuentro en cualquier momento. Qué sé yo. Si este lenguaje, estas historias sirven para encontrarlos y para mantener vivos a mi papá y a mi mamá, bienvenidas sean. Como siempre, gracias por estar de ese ‘otro lado’, donde viven los que recogen las botellas de la playa que alguna vez nosotros tuvimos el atrevimiento de tirar al mar. Un acriño enorme

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